Noticias del español

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| Michel Contreras
El habanero. Edición Digital (La Habana, Cuba)
Miércoles, 27 de septiembre de 2006

POR EL BIEN DEL IDIOMA

La frase hecha es al idioma lo que el exceso de azúcar al café, o lo que son los virus a las computadoras. La frase hecha empobrece, afecta, incluso mata. Está de moda, y desgraciadamente la enarbolan los protagonistas de la comunicación masiva, que son precisamente quienes más debieran venerar a la lengua.


Lo que sucede, dicen, es que se trata de un recurso —ramplón, pero recurso al fin— para enfrentar el habitual apremio con que los periodistas deben resolver su crónica, su artículo, su comentario. Esa tesis la sostienen algunos. Sin embargo, la esencia del problema, así lo creo, no reside en la mencionada urgencia, sino en las limitaciones profesionales del que encara el riguroso acto de escribir con el irreverente desenfado de los niños.

Ejemplos hay montones para probar que la premura no alcanza a escamotearle espacios al talento. José Alejandro Rodríguez, Luis Sexto, Rafael Arzuaga, Miguel Terry, Pedro de la Hoz…, redactan cada texto con la espada del tiempo suspendida sobre ellos. Pero jamás se permiten —por respeto a sí mismos y al lector— el grosero facilismo del cliché.

Posiblemente, ahora mismo usted se preguntará a qué viene tanta perorata en torno a los estereotipos del idioma. Y yo, enseguida, le respondo: sucede que la frase hecha está creciendo como la mala hierba. Pasea su desparpajo en los periódicos, y hace su agosto en la televisión, la radio, las asambleas, las entregas de premios, los actos informales y protocolares.

Si cree que exagero, piense en la cantidad de veces que ha leído (u oído) expresiones como «espíritu de vanguardia», «calidad requerida», «futuro luminoso», «fundirse en un abrazo», «demostrar con creces» o «rendir merecido homenaje».

¿Será, quizás, que hay un espíritu de retaguardia, que la calidad no admite otro adjetivo, el porvenir siempre derrocha luces y no hay otra manera de abrazarse? ¿Será que únicamente se demuestra con creces -¡vaya palabra horrible!-, y que existen inmerecidos homenajes? (Y en el supuesto caso de que existan, ¿por qué no se denuncian?)

Hay quienes libran un combate permanente con la originalidad. Le tienen asco. Por eso, Regla nunca pasará en sus cabezas de «poblado ultramarino»", Cienfuegos representará tan solo un «sureño territorio», y Santiago de Cuba se limitará a la condición de «hospitalaria». Si acaso, la definirán como «rebelde».

Yo sonrío cada vez que conozco de un «breve, pero emotivo acto». ¿Insinúa el redactor que un evento de corta duración carece de elementos para conmover? De ser así, a nadie le importaría ver el paso del cometa Halley, y el momento del clímax resultaría secundario en la relación sexual.

¿Habrá —inquiero— un epíteto más manoseado que «sentidas palabras»? Sí, tal vez el de «estrecha amistad», que denota lo angosto, apretado, encogido, ¡estrechísimo!, de la creatividad de quien escribe. ¿Y qué me dice de éste: «insomnes centinelas»? Es la obviedad maestra, el non plus de las perogrulladas. Si está claro: quien vigila no puede dormir, y si duerme, no es ningún centinela.

Ahora bien, el lugar común por excelencia, el que más me sacude y me fastidia, es aquel referido al que muere después de una «larga y penosa enfermedad». Primero, porque uno podría pensar que la persona falleció de cualquier padecimiento prolongado como la hepatitis. Segundo, porque todas las enfermedades son penosas. Y tercero, porque para decir «tumoración maligna» o «cáncer», no hay que andarse con tanta babosada.

Huyámosle a la frase hecha. Al camino trillado. A la monotonía del lugar común. No le rindamos merecido homenaje, por tratarse de una larga y penosa enfermedad.

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