Noticias del español

| |

| Carlos Sandoval
elsalvador.com, El Salvador
Lunes, 9 de abril del 2007

POLITIZACIÓN DEL LENGUAJE

Resulta paradójico que mientras la Constitución Política ordena a los poderes del Estado velar por la conservación del idioma español, los diputados traten, en forma contumaz y machacona, de desnaturalizarlo. Pues al escuchar los debates, peroratas, soflamas —algo que ni por error se parece a la oratoria parlamentaria— siente uno decepción, tristeza, desencanto por el maltrato que le dan al lenguaje de Cervantes.


La palabra diputado viene del latín «deputare», estimar, juzgar, considerar; cortar, podar. A su vez podar, procede del latín «putare», cortar, limpiar, considerar, pensar, estimar, juzgar, valuar, elegir. En su significado actual, el diputado es la persona elegida para que represente a los electores en el órgano legislativo. Es decir, se trata de una función importante, decisiva, para la democracia. No cualquiera puede representar a los electores, pues se requiere cultura, honradez, sapiencia (no erudición) para juzgar, valorar los problemas de la comunidad. La política es preocupación por el bien de los ciudadanos.

Sin embargo, la política es ahora sinónimo de intriga, engaño, simulación, hipocresía. Por esto, tal vez, los requisitos para optar a una curul, según la Constitución Política, se limitan a la honradez y a la instrucción, con el agregado de notorias. Pero es bien sabido que en «Tonylandia» todos somos honrados e instruidos mientras no se nos demuestre lo contrario.

Todos somos instruidos, «ilustrados», porque llevamos tatuajes, dibujos, ilustraciones en el cuerpo, como diría Ray Bradbury. Estos requisitos contrastan con los que le exigen, por ejemplo, a una señorita, porque ésta debe ser diplomada, con facilidad de palabra, buenas relaciones, hablar inglés, saber computación, un poco de archivo, contabilidad, solvencia de buena conducta y «good look», de preferencia.

Lo anterior quiere decir que los requisitos para representar los intereses del pueblo son tan fáciles de adquirir que no hace falta ni escuela ni licenciatura ni maestría ni doctorado. Por el contrario, estos títulos pueden ser un estorbo, pues como dijo Napoleón, «gobernar no es filosofar». Los únicos méritos indispensables son verborrea, audacia y ambición. Ya lo dice el sabio refrán: «suerte te de Dios que el saber poco te vale». Me salió largo este introito, pero era necesario explicar uno de los motivos por el cual cualquier parroquiano puede ostentar a la calidad de legislador o sea, a la potestad de crear leyes.

No tengo la menor duda de que el feminismo, promotor de la igualdad de los derechos entre los sexos, es el que ha originado la politización del lenguaje. El fin es, desde luego, elogiable, plausible; pero el medio no es el adecuado, pues debe ser consecuente con los fines que se persiguen. No es correcto que el feminismo, por tratar de reivindicar sus derechos, desnaturalicen el lenguaje. Porque la lucha de nuestras «contracongéneres», es un atentado de lesa cultura.

Para que no se les invisibilice exigen un lenguaje lleno de barras (os/as, do/da, o/a, el/la, ese/esa), del signo @, la medida de peso, popularizado por la informática en las direcciones de correo electrónico (niñ@s, [email protected], [email protected]), de desdoblamientos (diputados y diputadas, compañeros y compañeras, gobernantes y gobernantas). Según estas reglas cuando Jesús dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí», estaría discriminando a las niñas, lo que sería una blasfemia el solo pensarlo. La RAE dice que, en los sustantivos que designan seres animados, el masculino gramatical se emplea para designar a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexo. Por ejemplo, la frase: «Los hombres prehistóricos vivían como animales», no excluye a las mujeres.

Es claro que cuando se trata de formar el femenino de profesiones, títulos, cargos o actividades humanas, solamente se sustituye la -o por la -a: ministro/ministra. Pero no siempre, hay excepciones. Por ejemplo, piloto, modelo o testigo no se pueden feminizar: pilota, modela o testiga. Tampoco se debe decir: «La ministra es miembra del partido», pues el sustantivo «miembro» es un epiceno masculino que se usa con independencia del sexo del referente.

El lenguaje español contiene muchas dudas y entuertos y para despejarlas, lo más prudente es atenerse a las normas de la Real Academia Española, pues es la única institución que «limpia, fija y da esplendor» al bello idioma de Cervantes.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: