Noticias del español

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Dr. José Juan García

www.diariodecuyo.com.ar

martes, 24 de enero del 2012

POBREZA EN EL LENGUAJE


Toda lengua se asemeja a la vitalidad de un cuerpo. Cuanto más ejercicio, más fuerza y desarrollo. Si a ello le sumamos la integridad del crecimiento que no sólo es físico sino espiritual, nos hallamos ante el hombre maduro. Pero tenemos desde hace rato un problema no resuelto con el lenguaje. Y reclama solución adecuada.



 


De acuerdo a un cálculo de la Real Academia Española actualizado al 2010, mientras «un ciudadano medio utiliza entre 500 y 1.000 palabras» del idioma español para comunicarse cotidianamente, los jóvenes usan sólo un 25 %, «algo más de 240 palabras».

 

El castellano, que en 1992 celebrara sus 500 años de ordenamiento con la Gramática de Nebrija, cuenta con casi 100.000 vocablos, o sea que, de ese marco amplio de posibilidades, sólo se utilizan un 0,03 %.

 

Hay también otra constatación palpable: un joven argentino que logra el ingreso a la universidad, ha de hacer no poco esfuerzo para empezar a obtener «estado universitario». O sea, capacidad de lectura, comprensión, intelección, razonamiento, asociación de ideas y memoria.

 

Ahora bien, ¿qué significa esto? Al empobrecer su lenguaje, ¿los jóvenes empobrecen también su pensamiento? Ésta es la cuestión que nos interesa dilucidar. Y pensamos que a menos lenguaje, menos distinciones y matices, menos ideas que dialogan y más eventuales desentendimientos sin sentido. Manejar un número mayor de vocablos favorece una mejor expresión y comunicación. Los problemas se ahorran en buena medida con buena comunicación.

 

En no pocas ocasiones, los miles de mensajes de texto que pueblan los celulares juveniles, empobrecen la morfología de las palabras, y dificulta luego la redacción del texto formal.

 

Octavio Paz, premio Nobel de literatura, decía que «la misión más alta de la palabra es el elogio del ser». Claro, para sacar de la zona oscura la realidad y transferirla a la luminosa zona del entendimiento, está pues el lenguaje. Recordemos por un momento el oficio del poeta: ¡cuánto elogio del ser hay en la poesía! Cuánta creación de belleza desde el lenguaje florido. El poeta desentraña el misterio, avisora el resplandor de luz aún en las sombras. Le agrega un «plus» de realidad a lo creado por Dios. La palabra, en las manos del poeta, encuentra una duplicación de sus fuerzas, pues van más allá del límite de lo indecible en un discurso racional. Lo inefable encuentra pues su decir en la magia del poeta.

 

No podemos dar a entender con esto que todos han de gustar necesariamente de la poesía, pero sí valorar los colores del lenguaje que asume el que canta la vida.

 

El presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Barcia, afirmó con énfasis hace poco: «Cuando no hay capacidad de expresión se achica el pensamiento. Lo vemos todos los días con jóvenes que no leen, que no saben escribir correctamente y terminan con un lenguaje empobrecido».

 

El lenguaje es dinámico, no un resto fósil que queda anclado en el tiempo. Las palabras están llenas de vida y ante ella se abren las posibilidades. Una vida toma forma no cuando está determinada, encorsetada, sino cuando ante ella se despliegan oportunidades, aperturas, posibilidades. En ese sentido, hay «neologismos» que aclaran y amplían el horizonte de comprensión, a condición de entender qué se está diciendo con las nuevas palabras.

 

Leer y hablar es vivir en la posibilidad de enriquecerse siempre. Dios mismo para comunicarse con el hombre, no ahorró palabras, poemas y matices.

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