Noticias del español

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| Enrique Ramírez Capello
La Nación (Chile)

¡PIDO LA PALABRA!

La palabra -libre, creadora y refrescante- entra en la pretérita sala del Senado. Viene renovada, asida a la tradición académica y restaurada por los alientos de la geografía, la sociedad y la edad. Transita con los aportes de un brioso pescador de Iquique, un pulcro empresario de Puerto Rico o un inagotable conversador de los bares de Madrid. Filólogos, periodistas y escritores se apoderan de ella. La limpian, difunden, aman. A ratos, la extravían o destrozan.


En Cuba trepan a la guagua; en Chile a «la micro»; en Argentina al colectivo; en Venezuela al camión. La propuesta neutra y homogénea, de acuerdo con el castellano culto formal, es autobús. ¿Recámara, pieza, dormitorio o cuarto? Es la búsqueda y la tesis del Diccionario panhispánico de dudas, de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española. Editado por Santillana, se presentó en el ex Congreso. Rastrea la unidad y la diversidad del idioma de más de 400 millones de personas. Va del dogma de la norma a las respuestas matizadas. No impone de manera categórica: desaconseja vocablos por desusados y advierte cuál es la forma mayoritaria y preferible.

El panorama es amplio: lengua escrita frente a oral; lengua literaria frente a habla corriente; lengua esmerada en comparación con la informal, coloquial o familiar. Más aún: habla culta en contraste con el habla popular o vulgar, y la rural. Valores, costumbres, creencias. Acciones, experiencias, ideales y sentimientos. Solemne, reflexivo y tolerante, Víctor García de la Concha -presidente de la Asociación de Academias de la Lengua Española- precisa: «Las Academias se han ido abriendo cada vez más a la sociedad, a la calle, porque en la calle se hace el lenguaje cuya norma e imperio está en manos del uso.

Multiplicamos por eso las ventanillas de consultas que ahora nos llegan a diario -no es exageración- a centenares; ensanchamos las ventanas para escrutar también a diario, mediante programas informáticos adecuados, centenares de periódicos, y abrimos los oídos, en los registros de nuestro corpus oral, a las emisiones radiofónicas y televisivas».

El idioma se comparte. El escritor considera que, sin consultar diccionarios, es «un acróbata sin red». Con ironía y nostalgia evoca que gracias a ellos supo de Colón, las mariposas, los rinocerontes y el hígado. De música, gastronomía, historia. O de los chilenismos, en la acuciosa investigación de Zorobabel Rodríguez.

El Diccionario panhispánico de dudas ayuda a escribir, a vivir, a respirar. A entendernos en Puente Alto, Caracas y Sevilla.

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