Noticias del español

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| Efaín Osorio
La Patria, (Colombia)
Miércoles, 13 de agosto del 2008

PELEÓN-PELIÓN; EFIGIE-ESFINGE; INJERIR; ARRANCAR (OTRA VEZ)

Entonces, lo que hay que inculcarles a los niños es que no sean 'peliones' sino 'peliadores', cuando la causa es legítima y lo amerita.


En el libro Voces fatigadas, de Álvaro Marín Ocampo, están asentadas algunas palabras «con fidelidad a su tradición oral, a su pronunciación natural, de acuerdo con su fonética propia», como lo expresa el autor en su Mensaje al lector ocioso. Por ejemplo, 'chilinguiar' por 'chilinguear', 'carameliar' en vez de 'caramelear' y 'chorriao' en lugar de 'chorreado'. Esta última muestra es clásica, porque en ella no sólo se sustituye la 'e' por la 'i' sino que, además, se elimina la 'd' en la pronunciación, como en los famosos 'calentaos mañaneros', elaborados con arroz y fríjoles del día anterior fritos.

Es un fenómeno folclórico, consagrado por costumbristas de la categoría de Tomás Carrasquilla y Rafael Arango Villegas. Todas las mamás alguna vez les dijeron a sus hijos: ¡Dejen de peliar! Y a los niños buscapleitos siempre les dijimos 'peliones'. Pues bien, en la sección «Línea Directa» de LA PATRIA de hoy (VIII-1-08), don Cecilio Rojas pidió que se les enseñara a los niños que no se dice 'peliones' sino 'peleadores'. Parece, por el contexto, que don Cecilio anatematiza el término 'peleón'.

Pero nuestro idioma tiene estos dos adjetivos: 'peleón-a' y 'peleador-a'. El primero se aplica a las personas bravuconas, buscapleitos y camorreras; el segundo, en cambio, a quien pelea en algún combate, por alguna causa o que es aficionado a pelear. El primero tiene siempre un sentido peyorativo o, mejor, despectivo; el segundo, no. Entonces, lo que hay que inculcarles a los niños es que no sean 'peliones' sino 'peliadores', cuando la causa es legítima y lo amerita.

Era la Esfinge (la de Tebas, porque hay representaciones diferentes de esta rareza) un animal mitológico y fabuloso, con la cabeza y el busto de mujer, las garras de un león, el cuerpo de un perro, cola de dragón y amplias alas de ave. Cuenta Hesíodo que esta Esfinge les proponía a los caminantes la siguiente adivinanza: «¿Cuál es el animal que anda en cuatro pies por la mañana, en dos al mediodía y en tres por la tarde?». Y daba muerte a quien no acertara. Edipo fue el único que logró resolver el acertijo: «El hombre —le respondió—, porque en la infancia gatea; de adulto camina en dos pies; y en la vejez, apoyado en un bastón».

Edipo recibió el premio (la corona de Tebas), y la Esfinge se precipitó en el averno. Traigo a cuento esta trilladísima leyenda, porque un corresponsal de LA PATRIA, Jaime de Jesús Salgado, al hablar de las estatuas de El Libertador, las llama 'esfinges', y lo hace nueve veces. ¡Nueve veces! (Correo abierto, VIII-4-08). Él, por supuesto, quiso decir 'efigies', que son representaciones en mármol, yeso, cemento, óleo, lápiz, etc. de algún personaje importante, especialmente religioso. La impresión que recibí de este embrollo no me la causó el confundido señor Salgado, porque es imposible saberlo todo, sino la indiferencia y el descuido del periódico, que no corrigió tamaño gazapo.

El editor —digo yo— debió ponerle, cada una de las nueve veces, el elocuente 'sic' (así, tal cual) para salvar su responsabilidad y conservar la autenticidad de la misiva; o, mejor aún, consignar al final la siguiente «nota de la redacción»: Confundir 'efigie' con 'esfinge' es como decir que es lo mismo Tomás de Aquino que De aquí no 'tomás'.

Los editoriales del periódico capitalino El Tiempo son una fuente generosa y permanente de material para éste, mi espacio semanal. En el del 2 de agosto, «Cuarenta años de cisma», dice: «Pero una enorme mayoría decidió que el Vaticano no tenía que injerir en la intimidad de la alcoba…». Contra la lógica de la gramática y su belleza, hay muchos periodistas y escritores en general que luchan a brazo partido por despojar a los verbos pronominales de su naturaleza. Pasa tiro por tiro con el verbo 'iniciarse', pasa frecuentemente con el verbo 'destacarse', pasa casi siempre con el verbo 'aplicarse', y en esta cita pasó con el verbo 'injerirse'.

¡Suerte aciaga la que los persigue! Ello es que el verbo 'injerir', como transitivo, significa «Injertar plantas. // 2. Meter una cosa en otra. // 3. Introducir en un escrito una palabra, una nota, un texto, etc.» (El Diccionario); como pronominal, según la misma fuente, es «Entremeterse, introducirse en una dependencia o negocio», acepción esta última aplicable en la frase citada, que debió ser redactada de la siguiente manera: «Pero una enorme mayoría decidió que el Vaticano no tenía que 'injerirse' en la intimidad de la alcoba…». Para entenderlo mejor, echemos mano de un verbo sinónimo, y escribamos: «Pero una enorme mayoría decidió que el Vaticano no tenía que meter en la intimidad de la alcoba…». ¡Qué burrada, señor!

Titular de primera página de LA PATRIA: «Uribe arranca su séptimo año» (VIII-7-08). ¿De dónde lo arranca? Échele una miradita, titulador, a mis QUISQUILLAS de la semana pasada. El verbo 'arrancar' ahí es transitivo y, por lo tanto… ¡Usted tiene que saber!

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