Noticias del español

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| Josep María Espinas
elperiodico.com, España
Martes, 14 de octubre del 2008

PASIÓN POR LAS LENGUAS Y LAS PALABRAS

Me apasionan todas las lenguas y todas las palabras. Dicho así, con esta rotundidad excesiva, alguien puede pensar que soy un experto lingüista. No es cierto. Una cosa es el conocimiento y otra la afición. Simplemente, las lenguas me atraen, me seducen, me intrigan. Mi dominio lingüístico es muy reducido: se limita al catalán, al castellano, y me atrevería a decir que al francés. Y soy consciente de que nunca voy a saber bastante.


De otras lenguas tengo cuatro nociones, y como mi fonética en cada lengua es discretamente aceptable, quien me escucha suele creer que sé más de lo que sé.

Digo algunas frases en alemán, en euskera o en gallego y el vasco, el gallego o el alemán que tengo enfrente se dispara. Tengo que pararlo. Quizá mi acento resultaba apreciable, pero lo que he dicho, suficientemente correcto para engañarle, es exactamente esto: «Lo siento, pero no sé hablar su lengua, solo cuatro frases». Las que permiten iniciar un mínimo contacto.

Me he referido al francés. Lo estudié muy mediocremente en el bachillerato, pero lo he ido mejorando y me siento cómodo y seguro con él. Lo he aprendido bastante en los libros, en las canciones de Brassens y otros, en la práctica de las traducciones y los viajes. Partiendo de una base: yo pertenezco a la generación francófila, del mismo modo que hoy hay una generación anglófila. En mi adolescencia escolar, el inglés no existía y la lengua europea era el francés. En aquella posguerra de clausura dictatorial, un cierto conocimiento del francés suponía una conexión con el mundo exterior. Cruzar la frontera y oír francés y hablarlo nos hacía sentir un poco internacionales y más libres.

El inglés siempre me ha parecido una lengua un poco plana al lado de los sonidos matizados del francés, de sus matices fonéticos, de la articulación musical de sus frases. Cada lengua tiene su melodía, y la francesa tenía para mí una sugestión y unas acentuaciones diversas y seductoras. Cuando pasaba la frontera, quedaba atrás la fonética castellana, más rotunda, más lineal, más regular. El francés y el italiano «cantan» más. El castellano es un tambor, el francés un pequeño órgano, con muchas sonoridades e inflexiones.

A mucha gente le da vergüenza hablar una lengua que habla mal. Tal vez creen que tienen capacidad para aprender, pero piensan que no pueden llegar a la perfección. A mí me ocurre lo contrario. Me gusta aventurarme. Del mismo modo que me gusta caminar por paisajes desconocidos.

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