Noticias del español

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| Lucila Castro
La Nación (Argentina)
Lunes, 27 de agosto del 2007

PARA RESPETAR LA ORTOGRAFÍA, A VECES HAY QUE CAMBIARLA

«Recientemente se publicó en la fe de erratas la corrección de un supuesto error de la nueva revista cultural, en la escritura de la palabra biempensante. Esta escritura, aparentemente la correcta, me sorprendió y, como no se decía en qué había consistido el error, busqué el texto en la revista, pensando que tal vez hubiera una errata en la fe de erratas y que lo que se daba como correcto era el error original. Pero no: en el texto original la palabra estaba escrita con ene . Yo también la hubiera escrito con ene , pues interpreto que está formada por bien y pensante. Si es así, ¿por qué biempensante tiene que escribirse con eme?», pregunta Marcelino López Regueiro.


Cuando en la escuela se enseñaba a leer y escribir, los niños de primer grado aprendían una regla ortográfica rimada que nunca olvidaban: «Antes de pe y be, siempre eme pondré». Esta regla no es caprichosa: las consonantes nasales (como la eme) toman el punto de articulación de las consonantes orales que las siguen. Como la pe y la be son bilabiales, la nasal que la precede también es bilabial, es decir, es una eme.

Pero el lector seguramente conoce esa regla y no vacila cuando escribe pampa o tambo. Su perplejidad en este caso se debe a que, siendo tan claros los elementos que componen la palabra biempensante, cuesta concebir que no conserven su grafía original.

Cuando se añaden prefijos o sufijos, o se construyen palabras compuestas, los elementos que forman esas palabras conservan su grafía original en la medida en que no resulten secuencias de letras que quebranten las reglas ortográficas generales. En caso contrario, deben hacerse las modificaciones que exijan las reglas.

Por ejemplo, si a un sustantivo con zeta en la última sílaba le agregamos el sufijo –ito para formar un diminutivo, la zeta deberá cambiarse por ce porque delante de i lo normal es escribir ce y no zeta: lápiz, lapicito; pieza, piecita. Lo mismo en un verbo terminado en –zar, en las formas en que la terminación empieza con e: emplazar, emplace. En un verbo en –car, en esos casos la ce debe cambiarse por cu: aplicar, aplique. Y en un verbo en –ger o en –gir, la ge debe cambiarse por jota en las formas cuya terminación empieza con o o con a: recoger, recojo, recoja; dirigir, dirijo, dirija .

Lo mismo sucede cuando se agregan prefijos. Por ejemplo, delante de consonantes bilabiales, los prefijos in– y con– deben escribirse con eme: imponer, compadre. En posición inicial, la vibrante siempre es doble y se escribe simple, pero si se añade un prefijo y queda entre vocales, debe escribirse doble para que se entienda que se pronuncia doble: rogar, prerrogativa; rabia, antirrábico.

Y el mismo tipo de modificaciones ortográficas deben hacerse cuando se forman palabras compuestas: correveidile (de corre, ve y dile), donjuán (de don Juan ), guardarropa (de guarda ropa), también (de tan bien), tampoco (de tan poco), sambenito (de san Benito), biempensante (de bien pensante).

Disputa innecesaria

«Desde hace un tiempo, sostengo un debate con un compañero de trabajo, de nacionalidad hondureña: él sostiene que a los naturales de Jamaica debe llamárselos jamaicanos y yo le muestro noticias del diario, donde aparece la forma jamaiquinos. ¿Podría resolver esta disputa?», solicita Gustavo Araujo desde Rosario.

No hay motivo para disputar: los dos gentilicios son correctos.

Griegas como las calendas

Desde Tambores, departamento de Paysandú, Uruguay, escribe Eduardo Escudero Rolón: «En la edición del viernes 17, en la nota titulada "San Martín y Bolívar: dos ideas distintas para América", el embajador Abel Posse dice: "la adolescente hija de una amante del libertador se acercó a él como una vestal griega"».

«Humildemente creo que las vestales, sacerdotisas de la diosa Vesta (en la mitología griega se la llamaba Hestía), son romanas, tan romanas como las calendas y, por lo tanto, las vestales griegas son tan inexistentes como las calendas griegas.

«Pero si me equivoco, tal vez el diario convenza al distinguido autor del texto para que revele, en otra nota, la información que él tenga sobre qué particulares formas de acercarse tenían las vestales griegas».

Tiene razón el lector. Vesta es la diosa romana del hogar (familiar y de la ciudad). La diosa griega correspondiente es Hestía. Los nombres Vesta y Hestía son en origen la misma palabra, con los cambios fonéticos correspondientes a una y otra lengua, pero aunque las dos diosas personifican el mismo concepto, el culto romano era completamente diferente del griego. Las vírgenes vestales, únicas sacerdotisas mujeres del culto oficial romano, no tenían equivalente griego.

En cuanto al modo de acercarse de la muchacha, que, según cuenta Posse, le colocó a San Martín una corona de laureles y oro, tal vez su exceso de desenvoltura le haya impedido al autor compararla con las auténticas vestales romanas, cuyas maneras debían concordar con la altísima dignidad de su estado.

Negación de sustantivos

«En la edición del 30 de julio, en la respuesta a una consulta, usted escribe: "La salida o no del dinero es anterior a la negación del hecho". Tengo entendido que el adverbio es la parte invariable de la oración que sirve para calificar o determinar la significación del verbo, del adjetivo o de otro adverbio, pero nunca la de un sustantivo (salida), por lo que le transmito mi duda: ¿esa oración es correcta?», escribe Enrique Diez, abogado. Es cierto que el adverbio se define como modificador de verbo, adjetivo u otro adverbio, pero el adverbio no también puede negar sustantivos. El Diccionario de la Real Academia Española define así este uso: 'Denota inexistencia de lo designado por el nombre abstracto al que precede'. Y en el Diccionario panhispánico de dudas, de la Academia, se lee: 'Se antepone a sustantivos o adjetivos abstractos, denotando inexistencia de lo designado por ellos: Es partidario de la no violencia; Su actitud no beligerante le granjeó las simpatías de todos. Se escribe separado y sin guion intermedio». En este sentido, puede hablarse de «la no salida del dinero».

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