Noticias del español

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Magí Camps

La Vanguardia.com

Viernes, 16 de noviembre del 2012

PALABRAS QUE DESAPARECEN


Las palabras son seres vivos: nacen, viven y mueren. Algunas gozan de una larga vida, pero otras desaparecen antes de tiempo, bien porque lo que nombran ya no existe, bien porque otras palabras las sustituyen.


Cuando en la península Ibérica convivían moros y cristianos, algunas de las palabras de la variante árabe que hablaban los primeros entraron en el latín vulgar que hablaban los segundos —o ya en unas incipientes lenguas románicas, como el castellano y el catalán—. Hoy tenemos algarrobas, almacenes, azúcar, azafrán, acequia y algodón gracias a aquellos préstamos léxicos que entraron en nuestras lenguas latinas. Las mujeres se teñían el pelo con alheña mientras cocinaban alcuzcuz. El almuédano que se subía al alminar fue expulsado de la Península en el siglo XVII. Ahora muchos musulmanes han regresado, hablando la misma lengua evolucionada que hablaban entonces, como nosotros hablamos lenguas que son hijas o casi nietas del latín. Han vuelto algunos musulmanes, pero no hemos recuperado todas las palabras relacionadas con sus costumbres y su religión. Como cada día estamos más conectados, las palabras que empleábamos y que dejamos de lado ahora las utilizamos pero mediante el francés. Ya no decimos alcuzcuz, sino que comemos cuscús (y durante un tiempo, hasta que adoptamos ortográficamente la palabra, comíamos cous-cous). Las mujeres ya no se tiñen el pelo con alheña, pero sí se hacen tatuajes de henna, y el almuédano que bajó del alminar ahora ha regresado llamándose muecín y se ha subido a un minarete.

En este ejemplo, es muy clara la secuencia histórica de los hechos: la desaparición en nuestro entorno social y cultural de personas y cosas que denominábamos con palabras de origen árabe que habíamos adaptado a nuestra lengua hace que se haya perdido el uso de esas palabras y que queden guardadas en los diccionarios. Cuando vuelven las personas y las cosas, sólo los estudiosos saben cómo se las conocía antiguamente. En cambio, para la mayoría de los hablantes ha sido necesario recurrir al francés para volver a nombrarlas. Si la formación humanística de la población hubiera sido un componente básico de sus estudios, al llegar estas nuevas oleadas quizás habríamos sido capaces de llamar a las cosas por el nombre que ya tenían en nuestra lengua. Pero en la cadena de cultura faltan algunos eslabones.

Aparte de este caso, hay muchos otros aspectos que pueden influir en la desaparición de palabras que hasta un momento determinado los hablantes habían utilizado con naturalidad. A grandes rasgos, hay dos razones: o bien aquello que las palabras denominan ha dejado de existir, o bien la aparición de nuevas palabras arrambla las existentes. Un ejemplo del primer caso es el del alcuzcuz, porque dejamos de comer este plato. Para un ejemplo del segundo, basta con una moda: antes hablábamos de ropa deportiva o ropa informal y ahora decimos casual, en inglés, que es más cool.

Los expertos que Es ha consultado coinciden aún en un tercer culpable: la simplificación de la lengua, es decir, la disminución del caudal de palabras que utiliza un hablante, la pérdida de vocabulario. Mercè Lorente, directora del Institut Universitari de Lingüística Aplicada (IULA), de la Universitat Pompeu Fabra, pone unos cuantos ejemplos “prestados de la actividad de ir a comprar, en concreto en expresiones fijas de cantidades”. Utiliza como referencia la ciudad de Barcelona y su entorno, y las generaciones de van de los 30 a los 50 años. Sus ejemplos están tomados de la lengua catalana, pero son prácticamente igual de válidos en la castellana: «Solemos oír paqueteramotiratrozo, pero no otras palabras más precisas como: un manojo (manat) de cebollas tiernas, una ristra (rast) de ajos, un ramillete (pom) de flores, un fajo (feix) de leña, un puñado (grapat) de cerezas o de avellanas, una lonja (llenca) de tocino”. La doctora Lorente añade las fracciones: está la habitual un poco de, y ya no oímos: una brizna (bri) de azafrán, una pizca (pessic) de sal, una rebanada (llesca) de pan, un trago (glop) de vino, una tableta (rajola) de chocolate, que es distinto de una onza (presa) de chocolate».

Alberto Gómez Font, flamante director del Instituto Cervantes en Rabat, la capital de Marruecos, coincide en la sustitución y en el hecho simplificador: «Las palabras casi siempre las abandonamos al poner en su lugar otras recién llegadas, a veces tomadas de otras lenguas y a veces creadas sobre las ya existentes o al menos emparentadas con aquellas. En otras ocasiones lo que ocurre es que (sobre todo con los verbos) se tiende a lo facilón, a los términos comodines, con el consiguiente empobrecimiento léxico».

Los términos comodines son aquellas palabras que denominan muchas cosas y que borran la riqueza léxica que matiza las diferencias, como hemos visto en los ejemplos de Lorente. Es el caso del verbo generar, que ilustramos en estas páginas. 
El prestigioso e incansable lexicógrafo José Martínez de Sousa apunta otras razones y pone algunos ejemplos del castellano: «Hay palabras, llamadas obsolescentes, que se encuentran en proceso de desaparición, pese a que aquello que designan sigue vivo. ¿A qué se debe este fenómeno? Pues no lo sé. Se me ocurre que puede tratarse del mismo fenómeno que afecta a las modas en general. Pienso, por ejemplo, en voces como endilgar en el sentido de encaminardirigir, o dar de mano con que se indicaba la suspensión del trabajo, y asaz por muy. Hay también frases o formas de decir que pasan de moda y su uso actual resulta pedante, como Para mí tengo que…, Yo de mí sé decirles que…».

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