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| Miguel Chavarría
diariovasco.com, España
Lunes, 12 de marzo del 2007

PALABRAS PREVENTIVAS

«En el uso práctico y cotidiano del lenguaje, no se suele llegar a distinguir con claridad lo que es poner atención de lo que es tener cuidado»


En español la palabra atención equivale a cortesía o demostración de urbanidad, consideración o respeto que se tiene con otra persona: «quiero tener una atención con tu madre que tan bien se ha portado conmigo», decía un yerno agradecido. Y no es broma.

Pero, aparte de esto, atención es también locución preventiva que recalca la necesidad de poner especial cuidado en lo que se va a hacer, emprender o afrontar: ¡Atención, paso a nivel! ¡Atención, salida de camiones! ¡Atención, perro suelto! y, en los países donde eso es posible: ¡Atención, vigilancia armada!

Y es lógico que el aviso de poner la debida atención anteceda a la advertencia de tener cuidado. Al fin y a la postre, si no hay atención previa, todo cuidado posterior es imposible.

Sin embargo, en el uso práctico y cotidiano del lenguaje, no se suele llegar a distinguir con claridad lo que es poner atención de lo que es tener cuidado.

Por eso, una y otra palabra han adquirido el mismo sentido de advertencia. Por eso se suele decir: ¡Cuidado, suelo resbaladizo! ¡Cuidado, firme deslizante! ¡Cuidado con el perro! ¡Cuidado con lo que dices! En éste como en otros aspectos, parece que a los hispanohablantes nos da lo mismo ¡Arre! que ¡So! No acertamos a distinguir una cosa de la otra.

Y esto tiene su importancia negativa, porque el pensar que el antecedente es lo mismo que la consecuencia, revela un cierto grado de insensatez y ligereza. No es de ningún modo recomendable esta igualación chapucera entre dos términos que, no obstante su proximidad, tienen significados diferentes.

Pero dejemos la atención y el cuidado y vayamos ahora a las «alertas» de cualquier clase e intensidad. En el sistema casi obsesivo de «paz y seguridad» en el cual está inmerso este mundo violento que gusta pasar por pacifista, nos hemos acostumbrado a expresiones como «alerta ámbar», «alerta roja», «alerta temprana», «alerta precoz» o «alerta avanzada», que se emplean en cuestiones militares y de protección civil. Alerta se nos antoja por eso un vocablo conectado con las altas tecnologías y la gran estrategia, como si estuviéramos en la guerra de las galaxias o aguardando a que pase el cometa que arrastra contra la Tierra una lluvia de meteoritos y lo único que importara fuera el tiempo útil que nos queda para repeler con eficacia fulminante el peligro que está a punto de sobrevenir.

Pero alerta, en sus orígenes, fue un término cinegético que pasó al español procedente del italiano. En este idioma, erta vale tanto como en castellano cuesta o pendiente. Stare all'erta, es estar atento a la pendiente como cuando se está a la caza de la liebre y se espera que la pieza en fuga se dirija, como es habitual en tales criaturas, allí donde es más difícil que le den alcance los cazadores o la acosen los perros y donde el relieve del terreno le facilita la tarea de escabullirse engañando a sus perseguidores.

Es explicable que, de grito de cazadores, alerta haya pasado a ser aviso para no dejarse sorprender, para estar vigilantes, para permanecer con todos los sentidos despiertos. Estar alerta, o estar en alerta, vino a valer tanto como estar preparados ante cualquier eventualidad. Y así, de punto en punto, desde el ámbito campestre de la caza menor, alerta prosperó hasta adquirir el significado general que hoy detenta y que parece de lo más apto para ser incluído en el gran diccionario tecnotrónico de Houston y de la NASA.

En contraste con alerta, la palabra alarma tiene origen por entero militar y significa lo que a través de la palabra se trasluce: ¡tomad las armas, aprestaos, con ellas, al ataque o a la defensa! El inglés, el italiano, el francés y el alemán tienen vocablos semejantes para cubrir el mismo objetivo semántico: alarm, allarme, alarme, alarm, como que todas estas palabras derivan de la española alarma.

En lengua inglesa, en la cual arma se dice weapon o gun, y arm sirve para designar la extremidad anatómica superior a la que nosotros llamamos brazo, el fonema alarm se encuentra como huérfano de proximidades apropiadas dentro de la panoplia de los términos militares. Quizá por eso ha derivado irremediablemente a la sonajería del reloj despertador, a los pitidos de advertencia que salen de ollas, lavaplatos, secadoras y hasta de los telefoninos de bolsillo. Pero aún en lengua francesa, donde la Marsellesa recuerda el origen militar de la palabra en la estrofa que canta aquello de «aux armes citoyens», el verbo alarmer ha tomado su propio derrotero y hoy anda escorado hacia la significación de asustar o meter miedo. Esto último no deja de ser llamativo, digo yo, si se considera que a las armas de defensa personal más comunes se las llama «quitamiedos» en algunos países de nuestra lengua donde la gente está mas avezada al empleo libre de las armas, a diferencia de aquí donde hay más acostumbre de disparar a quemarropa sobre víctimas que carecen de posibilidades de defenderse y responder al fuego. El mote de «quitamiedos», con ser popular, tiene su fundamento en la idiosincrasia humana, pues está demostrado que el simple gesto de empuñar un arma fortalece el ánimo y eleva el sentimiento de seguridad en quien lo hace. ¡Cosas!

Hay una palabra menos empleada que las anteriores y que discurre también por el cauce semántico de poner el ánimo y los sentidos a la espera atenta de lo que venga. Es la palabra caución. En inglés caution es lo mismo que cuidado. Empleada en expresiones como «crédito y caución», en nuestra lengua equivale a garantía, fianza o cautela legal encaminada a asegurar el cumplimiento de una condición o sentencia. Caución, antecedida de pre, tiene el significado de prevención o cuidado anticipado.

No faltan, pues, en los diccionarios palabras que sirvan para advertirnos y mantenernos en vela. Otra cosa distinta sucede en la vida de la comunidad, donde el mañana nos lo están dibujando proyectistas que actúan como al descuido y sin precauciones, pero contando con las temerarias y narcotizantes seguridades de la propaganda que a todos llega y en todas partes nace. Ante tanto guirigay el peligro en ciernes no deja huellas perceptibles. ¿Y a quién le puede importar? ¡Todo irá bien!

Detrás del telón de palabras extraviadas, los gallos afilan sus espolones mientras aguardan que surja el alba incendiada en mil colores. ¡Kikirikí! Me viene a la memoria, no sé por qué, una copla que parece no decir nada: Tres veces me has querido / tres me has negado / ¡Qué buen San Pedro has hecho! / mas no has llorado / Pero aunque callo / puede ser que algún día / te cante el gallo. Versos veredes que no leyeres, lector amigo.

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