Noticias del español

| | |

| José María Carrascal
ABC, España
Sábado, 20 de septiembre del 2008

PALABRAS, PALABROS Y PALABREJAS

LA documentada y entusiasta defensa que Antonio Lamela acaba de hacer de nuestra lengua en Del idioma español y su futuro, con ilustraciones de un Mingote en su mejor forma, y que ABC se disponga a proporcionar a sus lectores los mejores diccionarios de la misma, me animan a abordar el uso indiscriminado de términos y expresiones, que están contaminándola como manchas de aceite.


«Puntual», por ejemplo. El Diccionario de la Real Academia Española lo define como 'diligente, exacto en hacer las cosas a su tiempo', y todos entendemos perfectamente cuando alguien nos pide ser puntual en una cita. Pero cada vez se usa más como «específico», «limitado a un momento y lugar». «Un caso puntual» leemos, es decir, sin relación con los demás. Lo que es, sencillamente, una barbaridad lingüística.

Usar el adjetivo «pírrico» como escaso, insignificante, es otra. Lo iniciaron los cronistas deportivos. «Fue una victoria pírrica, por uno a cero», nos sueltan, cuando el término viene de Pirro, rey de Epiro, que logró una victoria tan costosa que acabó costándole la derrota final. «Dícese del triunfo obtenido con más daño del vencedor que del vencido», señala el diccionario. Pero la acepción se ha metido ya incluso por la política. «Resultado pírrico en la votación del Congreso», leemos. Aunque la victoria gubernamental en los próximos presupuestos puede ser pírrica, ya que todos saldremos perdiendo.

«Obsceno» está de moda, e igual nos lo sueltan por injusticia que por salida de tono. Sin duda es influencia del inglés, donde el término tiene una latitud más dilatada que en español. Obscene: 'Actitud tan injusta o inmoral que provoca indignación', lo define el McMillan Dictionary. O sea, «indignante», «grosero». Mientras el de la RAE lo restringe a «impúdico, torpe, ofensivo al pudor», que es como veníamos usándolo. Pero sea porque el sexo lo invade ya todo, sea porque empezamos a hablar inglés sin saberlo, oímos hablar de «política obscena», que es llevar la cosa demasiado lejos, aunque lo que hacen algunos políticos se aproxima a la pornografía.

Algo parecido empieza a ocurrir con «casual». Desde siempre, aplicamos el adjetivo a algo fortuito, imprevisto, que ocurre por casualidad, de donde procede el término. «Un encuentro casual» es el mejor ejemplo. Pero ya circula su versión inglesa, o lo que es peor, falsamente inglesa, pues en este idioma significa «superficial, ligero, usado ya anteriormente», de ahí el casual wear, el vestir informalmente. Pero he leído que a Aznar «le gusta aparecer como un individuo casual», que no sabemos si se refería a su aparición inesperada en el congreso del PP en Valencia o al atuendo que se gastaba.

Lo de «punto y final» es otra de esas aberraciones lingüísticas que han prendido con fuerza. Pues la «y» del medio sobra. Hay el «punto y seguido», que separa una frase de otra dentro del mismo párrafo. Hay el «punto y aparte», que señala el fin del párrafo, pero no del escrito, que se reanuda en la línea siguiente. Y hay el «punto final», sin «y», para el que acaba un texto. Que por extensión, puede aplicarse a dar por terminado una asunto o discusión. Aunque, desgraciadamente, nuestras discusiones no se acaban nunca.

No escribo esta «postal» para darme aires de lingüista, que no soy, ni el tema lo requiere, al tratarse de normas al alcance de cualquiera con una instrucción gramatical mediana. La escribo porque en un momento como el que atravesamos, en el que el castellano-español es objeto de acoso con afán de derribo en las áreas de dominio nacionalista, es una triste gracia que allí donde es nuestro único medio de comunicación, lo estemos barrenando con palabrejas y expresiones que sólo traen confusión al mismo.

Como si no estuviéramos ya bastante confundidos.

Como si no estuviéramos ya bastante confundidos.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: