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| Alexis Márquez Rodríguez
Tal Cual, Venezuela
Viernes, 19 de febrero del 2010

PALABRAS, PALABRAS, SÓLO PALABRAS

En El Siglo de las Luces Alejo Carpentier pone en boca de uno de sus personajes más emblemáticos lo siguiente: «Cuidémonos de las palabras demasiado hermosas; de los Mundos Mejores creados por las palabras. Nuestra época sucumbe por un exceso de palabras». El personaje se refería a la Revolución Francesa, en la cual había participado, y ahora regresaba a su Cuba natal profundamente decepcionado y les contaba a sus parientes lo que había vivido.


La historia demuestra que ese fetichismo de las palabras no fue exclusivo de la Revolución Francesa ni de su época. En todos los tiempos y en todas las revoluciones, auténticas o impostoras, se da siempre ese culto excesivo por las palabras. En general, se da en toda actividad humana, pero en la política destaca al máximo como un fenómeno permanente.

En la Venezuela actual la «palabromanía» es muy notoria y abundante. Un examen volandero de palabras usadas frecuentemente en el ámbito de la política, tanto del lado del chavismo como del de la oposición, nos da un repertorio bastante variado: «oligarquía», «escuálido», «pueblo», «imperialismo», «burguesía», «vendepatria», «bolivariano», «revolución», «lucha de clases», «pírrico», «totalitarismo», «socialismo», «comunismo», «fascismo»…

No todas son de «las palabras demasiado hermosas» de que hablara Carpentier, pero tienen en común el propósito de captar la atención de la gente, bien por el intrínseco poder de seducción de algunas de ellas, bien porque lo insólito de otras produzca una reacción que va del asombro a la arrechera.

Aun así, lo que mejor caracteriza ese vocabulario tan presente entre nuestros políticos es que casi siempre se trata de vocablos mal empleados, unas veces porque se les atribuye un significado que no tienen, otras porque simplemente se desconoce lo que significan. O por ambas cosas a la vez. Abundan los botones de muestra. ¿En qué cabeza cabe que pueda haber sensatez al atribuirle la calificación de «oligarcas» indiscriminadamente a quienes se oponen al gobierno chavista, sin parar mientes en que entre ellos haya gente de las más encumbradas capas de la sociedad, al lado de humildes hombres y mujeres de los sectores más menesterosos?

En un reciente ejercicio de semejante falsificación semántica el mismísimo presidente llamó «fascistas» a los jóvenes estudiantes que con gallardía y limpieza de alma manifestaban en las calles, pacífica aunque aguerridamente, su repudio a diversas políticas oficiales. ¿Tiene acaso Chávez noción de lo que es el «fascismo» cuando comete tamaño exabrupto?

«Fascista» es, por cierto, una de esas palabras que con mayor frecuencia se oyen o se leen en estos tiempos. Una persona que la usa como si fuese un comodín, para achacarle el calificativo a todo el que no esté con el chavismo, es la señora Flores, de quien dicen que es presidenta de la Asamblea Nacional (¡Oh, manes de Ripley!). ¿Ha revisado, siquiera, esta señora el diccionario para saber lo que significa «fascista»? Por el uso frecuente que hace del vocablo se deduce que no.

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