Noticias del español

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| Antonio Cerrillo
La Vanguaria, España
Sábado, 22 de agosto del 2009

PALABRAS INSOSTENIBLES

El uso excesivo, eufemístico o publicitario arruina el significado de nuevos términos.


El uso excesivo o publicitario ha desvirtuado muchas palabras. Se las banaliza, se les quita su carga semántica y quedan como un trapo sucio. Se podrían citar muchos ejemplos; pero el primero es la palabra sostenible.

Hay términos que mueren al poco de nacer. Y uno de ellos es, sin duda, éste. Para muchos, es ya una palabra cadáver, aborrecible porque, a fuerza de ser utilizada, ha perdido todo su valor y su frescura inicial. Hoy, todo es sostenible. La economía tradicional, que pugna por un crecimiento sin freno, quiere ser sostenible (menuda contradicción), y analistas políticos utilizan la idea de desarrollo sostenible como sinónimo de «desarrollo sostenido». También la nueva arquitectura es sostenible (y no sólo gracias a los buenos cálculos de estructuras que hacen los ingenieros).

El empleo generalizado del término procede de la expresión «desarrollo sostenible», introducida en el informe Bruntland (1987), fruto de los trabajos de la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (1983). Sin embargo, su apogeo llegó con la Conferencia de la ONU sobre Medio Ambiente y Desarrollo de Río de Janeiro de 1992. El desarrollo sostenible incluye las vertientes ambiental, económica y social, y alude a la necesidad de impulsar un desarrollo compatible y respetuoso con la naturaleza y que sirva de pivote de un modelo económico capaz de satisfacer nuestras necesidades presentes sin hipotecar las de las generaciones futuras. La naturaleza es el principal capital y no puede haber un progreso armonioso si explotamos más recursos de los que pueden ser repuestos.

Pero el vocablo ha muerto de éxito con tanto exceso. Una marca de ascensores se presenta como sostenible en su publicidad (lo cual no se sabe si es una garantía o una redundancia); un urinario para lavabos públicos diceque también lo es (porque reduce el consumo de agua y los productos químicos, no porque haya que aguantarlos mientras se hacen las necesidades); una marca de helados dice ser sostenible (pero no el merengue, sino el frío que lo sujeta); y hasta un periodista de televisión, al informar sobre el Fòrum de les Cultures, dijo que la delegación india había traído «su comida en avión porque es más sostenible» (pero no aclaró si era porque la transportaban en una cesta o porque procedía de una producción vegetariana de proximidad). Algunos políticos de Barcelona han utilizado las palabras hasta 24 veces en una intervención de 15 minutos en un pleno municipal. En fin… Entre todos, la han matado.

Unos, a fuerza de querer demostrar que estaban muy puestos en el asunto, la han dejado nauseabunda y hueca.Y otros, tal vez unos enemigos agazapados, la han manoseado tanto que parece que quisieran combatirla neutralizando su carga de cambio de valores. Jordi Bigues, un ecologista histórico ve, en cambio, algunas ventajas en su uso, pues «ha servido para acercar el término a personas ajenas a la preocupación ambiental». En cambio, el economista Joan Martínez Alier, que nunca creyó en ella como ariete léxico de una economía ecológica, juzga que es la historia de un fracaso anunciado y que la palabra inglesa se tendría que haber traducido por sustentable no por sostenible. ¿Y si empleamos las palabras perdurable o duradero?, ¿nos servirían?, ¿alguien lo sostiene?

Periodistas responsables

Aunque la clase política, las instituciones y las entidades son las responsables del alumbramiento de términos como los aquí analizados, los medios de comunicación también tienen un alto grado de responsabilidad. De hecho, la Real Academia Española, además de las obras literarias, se nutre de la prensa —especialmente escrita— para tomar el pulso al idioma y actualizar sus obras de referencia. Por ello el periodista tiene la obligación de actuar de filtro y neutralizar la palabra desubicada que emplea el personaje público, y sustituirla por el término preciso. Si repite como un loro lo que ha oído, contagiará a toda la sociedad. En este sentido, la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) revisa constantemente los medios de comunicación en busca de virus lingüísticos para advertir al periodista desprevenido, con el objetivo de atajar a tiempo el contagio a otros hablantes. Los comunicados se pueden consultar en la web Fundeu.es y también son difundidos por Efe.

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ECOTASA. El concepto ecotasa (propio de la fiscalidad ambiental) se emplea para penalizar, desmotivar o reducir una actividad indeseada gravándola con un sobrecoste. Pero empezó a ser usada cuando el gobierno balear instauró en el 2002 una tasa por la estancia turística (un euro por noche) para obtener ingresos para sus espacios naturales. Expresiones como ecotasa no sirven porque van asociadas a la idea de un coste extra impopular. En cambio, si decimos «impuesto por contaminar» todo el mundo lo entiende a la primera como algo justo y necesario. Y sin ecos negativos.

VALORIZACIÓN ENERGÉTICA. El Área de Barcelona ha aprobado recientemente un nuevo plan metropolitano que amplía la incineración de residuos como forma de tratar la basura, pero esta palabra no sale en el acuerdo. Es una palabra tabú. Sus promotores utilizan la expresión eufemística «valorización energética». Lo hacen porque la incineración de la basura incorpora en su fase final el aprovechamiento del calor residual para producir electricidad. Por eso, hablan de «valoración energética». Pero hablar de valorización y olvidarse de la incineración no es casual, sino deliberado. Es como si sus promotores escondieran una mala conciencia por recurrir a un procedimiento no muy popular si se tiene en cuenta que es preferible reciclar los materiales, antes que quemarlos para recuperar su valor calorífico.

ECOLÓGICO. Muchos publicistas se han apropiado de la palabra ecológico como un botín de guerra. Para ellos, todo es ecológico (desde los edificios sin aireación hasta los coches sucios subvencionables). Es el imaginativo mundo de la publicidad.

El mismo abuso hizo un daño terrible al consumo de productos ecológicos o biológicos en España. La aparición de un yogur bio provocó una gran confusión. Y la población desconfió de los productos biológicos. Muchos han visto aquí un intento de hacer fracasar el desarrollo del sector de la alimentación más sana. Por suerte, la falsa propaganda se prohibió y las cosas han vuelto a su cauce. Lo cierto es que ecológico, biológico y orgánico son sinónimos en este contexto, y garantizan que los alimentos son etiquetados como tales por los consejos reguladores autorizados, que hacen inspecciones para controlar que las frutas y las verduras no sea tratadas con insecticidas, ni los animales alimentados con productos que los contenían.

Desconfíe, pues: sólo crea en que algo es ecológico si lo marca el sello. Y esperemos que las empresas del sector energético y de automoción cumplan el código de buenas prácticas en la publicidad al que se han comprometido con el Ministerio de Medio Ambiente.

IMPLEMENTAR. El 99 % de la población no utiliza esta palabra; pero en los medios escritos, y, sobre todo, en el lenguaje político es un hit (perdón por el anglicismo): implementar es poner en funcionamiento, aplicar métodos, medidas para llevar a cabo algo. ¿Por qué hay que implementar soluciones desconocidas, cuando tenemos a mano la opción de ponerlas en práctica de forma comprensible?

MOVILIDAD. Cuesta entender el éxito de esta palabra entre los planificadores de las infraestructuras y las comunicaciones. Hizo fortuna en el estudio de los viajes por motivos laborales, personales y demás. Se dejó de usar la palabra transporte, pues sólo incluye los trayectos en vehículos motorizados, mientras que el términos movilidad abarca los movimientos en bici o a pie. Los ayuntamientos tienen concejales de movilidad y el Govern creó una secretaría correspondiente. El éxito le llegó —claro— al hacerse «sostenible». Pero no cuaja en el lenguaje popular. Para la mayoría, la movilidad la recupera una persona que estuvo lisiada; y si es laboral, sigue siendo una consigna amenazante, con sutil presión, para ejecutar los planes de la empresa en tiempos revueltos.

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