Noticias del español

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| Maruja Torres
El País, España
Domingo, 15 de febrero del 2009

PALABRAS EN COMPAÑÍA

Deberían pesar las palabras, pesar siempre y en el sentido literal del verbo, es decir, resultarnos grávidas, obligarnos a elegirlas y merecer el esfuerzo de buscarlas, de sostenerlas y, quizá, utilizarlas? Algunos pensamos que sí.


Por extraordinario que resulte pulsar una tecla o varias en el ordenador, y que esos gestos nimios abran el mundo de los diccionarios que las tecnologías ponen a nuestro alcance, las palabras tienen derecho a una vida secreta —Isabel Coixet les hizo curar pesares— y, sin embargo, tranquila, alineada, solemne, por así decirlo. No quiero imaginar que vocablos como lealtad, melancolía, paradoja, berenjena o magnitud floten en esa cosa extraña y sin límites -pero sometida a la fragilidad del apagón- que convocamos al buscarlas en la Red. Imaginar que vagan en la nada cibernética sin saber dónde ponerse exactamente, apresurándose cuando se las llama, dándose codazos para pasar la una antes que la otra, constituye una pequeña pesadilla de escritor que no puedo evitarme sufrir. Ocurre igual cuando, escribiendo en el ordenador, me vence la pereza y, en vez de acudir al librazo de tapas duras en busca de un sinónimo, le doy a la tecla secundaria del ratón para ver con qué es Microsoft capaz de sorprenderme. Casi siempre termino avergonzada de mí misma, yendo al Casares o a cualquiera de los otros a pedirles perdón. Perdón y palabras.

Pinchándolas, picándolas —como si de tapas de bar se tratara—, pescándolas. Las palabras, que son a la vez guardianas del orden y mensajeras del caos, quizá viven, mientras nos esperan, en una angustia parecida al despilfarro de uno mismo, a la ausencia de metas claras. ¿Les interesaré? Ese ejército de dedos que se precipita hacia el teclado de los respectivos ordenadores ¿experimenta un interés más que funcional por este o aquel término? ¿O es el suyo un simple ejercicio de virtuosismo, en el mejor de los casos, o de pasar trámite, en el peor? Prestas las palabras para denunciar —opresión, ocupación, explotación, bombardeo, víctimas, inocentes, verdugos, colonizadores, terrorismo de Estado, terrorismo ciego, despidos, expedientes de regulación de empleo—, ¿deberán conformarse con elucubraciones como ésta, supuraciones menores que sólo aspiran a tratarlas con un poco de banalidad, un poco de belleza?

Pero ¿por qué no? Ya que ellas resultan tan a menudo consuelo, compañía, repartidoras de bálsamos, cajoncillos con tesoros ocultos, que saltan cuando se oprime un resorte, y compañeras del viaje, ¿por qué no rendirles un espacio como éste, para que se enreden y desenreden como bandadas de mariposas incapaces de controlar la luz? Ah, las palabras amigas.

No crean que no he advertido, en el párrafo anterior, una redundancia. Compañía y compañeras. Mi primer impulso al descubrirla ha sido darle al botón secundario del ratón: disciplinadas, han comparecido asociación, reunión, sociedad, agrupación, conjunto, corporación, entidad y consorcio. Uf, qué plano, qué chato, redundo de nuevo. Pero no era sólo un primer impulso debido a la desidia. No, más bien retrasaba el momento feliz de acercarme al libro en donde las palabras calientan sus nidos, en donde construyen ciudades y países, agrupadas alfabéticamente, en una demostración de grandiosa heterodoxia, pues veamos lo que sucede al buscar «compañía», que como definición es «efecto de acompañar», «persona o personas que acompañan a otra u otras», y que en el capítulo sinónimos remite a la mucho más mullida y amistosa palabra «acompañamiento»: una deslumbrante retahíla que incluye espíritu de clase, concomitancia y adhesión.

Mas veamos lo que ocurre, insisto. Y es que no se puede retener su mirada, una no sabe cómo ordenarle a sus ojos que se concentren en la palabra buscada, ah, no, las hurtadillas están en el diccionario para algo, para ser usadas. Y es así, a hurtadillas —aunque hay quien preferiría utilizar «de reojo»— como me fijo en un término que hasta hoy no había conocido. ¡Companaje! Companaje (escrito con g en el diccionario, pero Microsoft -que siempre se escribe a sí mismo con mayúscula- no me lo acepta), para el cual no encuentro sinónimos si le doy al ratón, pero que en el libro, en el diccionario de sinónimos y de ciudades y de países y de avenidas y atajos y callejas, quiere decir: «Companage, lo que se come para acompañar al pan; como queso, fiambres, cebolla, etcétera».

Emocionante, ¿verdad?

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