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| María Luisa García Moreno

Palabra en combate: «Una obra de arte y algo más»

En los siglos XVI-XVII, la artillería experimentó importantes innovaciones que redundaron en una mayor efectividad.
Las piezas comenzaron a construirse de bronce —del italiano bronzo, «cuerpo metálico que resulta de la aleación del cobre con el estaño y a veces con adición de cinc o algún otro cuerpo»– y de una sola pieza, lo que redujo el escape de gases que se producía entre la caña y la recámara.

Además eran de avancarga o antecarga –se cargaban por la boca–, lo que abreviaba la operación y eliminaba las roturas de las cuerdas que causaban frecuentes accidentes. También aparicieron los muñones –«cada una de las dos piezas cilíndricas a uno y otro lado del cañón, que sirven para sostener este en la cureña y le permiten girar en un plano vertical a fin de arreglar la puntería». Por esta época, se mejoró la fabricación de la pólvora mediante el perfeccionamiento de la proporción de los ingredientes.

Subsistieron, con pocas variaciones, las piezas de ánima –«en las piezas de artillería y en toda arma de fuego, en general, el hueco del cañón»– lisa, hasta bien entrado el siglo XIX, en que apareció el ánima rayada.

Fue en estos tiempos que los montajes adoptaron la forma de ruedas y cureña –de curueña, «armazón compuesta de dos gualderas (‘cada uno de los dos tablones o planchas laterales que son parte principal de algunas armazones, y sobre los cuales se aseguran otras que las completan’) fuertemente unidas por medio de teleras (‘cada una de las tablas que unen y afirman las gualderas’) y pasadores, colocadas sobre ruedas o sobre correderas, y en las cuales se monta el cañón de artillería»–. En las gualderas iban las muñoneras, sobre las que apoyaban los muñones.

Entonces la Artillería acompañaba a los ejércitos en las batallas campales y se necesitaban piezas ligeras y de mayor alcance; para ello se construían con tubos muy largos para aprovechar al máximo la fuerza de los gases producidos en la combustión de la pólvora. Así surgió la culebrina, pieza característica del siglo XVI, de calibre reducido y gran longitud de tubo; aunque a principios del siglo XVII dejaron de fundirse, quedaron en las dotaciones de las plazas fuertes hasta mucho después.

Alrededor del primer cuarto del siglo XVI, apareció el cañón, de mayor calibre, bronce fundido, ánima lisa y avancarga, pieza que caracterizó la artillería del siglo XVII. Las bocas de fuego, como se les llamaba, en su exterior eran primorosas obras de arte, que podían llevar formas caprichosas como cabezas de dragón; divisas o leyendas; el nombre del fundidor, el lugar y la fecha de fundición; el escudo y el nombre del monarca; el escudo del Gran Maestre o capitán general de artillería y su nombre, y, además, el nombre del cañón.

Las culebrinas y cañones utilizaban balas macizas de hierro, y también otras envueltas en estopa que se incendiaban e iluminaban el campo, llamadas balas de fuego.
El cañón, como arma de combate, constituyó un hito que revolucionó la artillería y definió su actual concepción.

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