Noticias del español

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| Màrius Serra
La Vanguardia (Barcelona, España)
Jueves, 23 de febrero del 2006

OTRA CORRECCIÓN ES POSIBLE

No es lógico prescindir de los lingüistas y quejarse del empobrecimiento de la lengua.


Entre los sobresaltos que provocó la manifestación del sábado hubo uno

más bien colateral. En su flamante diario digital, Pasqual Maragall

publicó el domingo un post que empieza «Considero raonable que milers i

milers de ciutadans expressin la seva actitud» y acaba recordando el

bombardeo de Gernika. El presidente rubrica sus reflexiones con un

topónimo (es lógico) y la fecha (redundante tratándose de un diario

digital). Este domingo debió de escribirlo desde Rupià [población de la

comarca del Baix Empordà/Bajo Ampurdán), porque se leía: «Al Baix

Empodrà (sic), diumenge, 19 de febrer del 2006». [Al Baix Empodrà, leído

fonéticamente equivale a «el bajo podrá conmigo».] El error de tecleo en

el nombre de la comarca produjo una metátesis espectacular, digna de

figurar en los manuales de retórica junto a los clásicos «àguila-àliga,

egua-euga o xicallaquitxalla». Al desplazar la R de Empordà, Maragall

construyó sin querer una frase inquietante, homófona de «el baix em

podrà». Este desliz tipográfico propició un hilarante juego especulativo

por parte de los sagaces humoristas del espacio Alguna pregunta més? de

Catalunya Ràdio. A las ocho, Carles Capdevila ya se preguntaba por la

identidad de esa persona de baja estatura que podría con Maragall. Las

hipótesis más verosímiles apuntarían hacia el ministro Montilla, aunque

podría haber más candidatos. Descartados por el centímetro tanto

Zapatero como Rajoy y apartados de la primera línea Pujol y Aznar, la

discusión se centraría en comparar estaturas entre Maragall y sus

rivales: ¿Mas? ¿Bono? ¿Carod? El equipo APM volvió a la carga a eso de

las diez en su repaso de la prensa. Y entonces, por arte (digital) de

magia, la metátesis ampurdanesa se deshizo y «Al Baix Empodrà» devino

«Al Baix Empordà».

Ésa es la grandeza de ambos medios. La radio, por su trascendencia

social; internet porque, a diferencia de los medios impresos, permite

corregir erratas sin dejar rastro. Sin embargo, no se puede corregir con

garantías sin contratos dignos para los lingüistas, unos profesionales

cada vez más arrinconados que son básicos en el tan cacareado fomento de

la lectura. Para que los textos de periodistas, novelistas, ensayistas,

traductores, crucigramistas e incluso poetas nos lleguen dignamente los

correctores deben ser más valorados. No es lógico prescindir alegremente

de ellos en nombre de los costos de producción y luego quejarse del

empobrecimiento de la lengua. De cualquier lengua. Debemos exigir el

máximo dominio del instrumento a los profesionales del lenguaje, pero

nadie es infalible. Un texto debe ser siempre revisado por más de una

persona. El lenguaje verbal es un instrumento demasiado complejo. ¿No

exigimos controles de calidad en otros ámbitos? ¿No se revisa el trabajo

de arquitectos, juristas e ingenieros? Resulta paradójico que, mientras

se lava la imagen de los cuerpos policiales, los correctores aún carguen

con el sambenito de ser la policía (represiva) de la lengua. Y no. O no

siempre. Una buena corrección juega a favor de cualquier texto.

Aparte del weblog presidencial y de las hilarantes antologías de erratas

que proliferan en la red, deberíamos visitar más a menudo un weblog que

reivindica la figura del lingüista como addendaetcorrigenda. blogia.

com. Ya verán que es un espacio combativo, a cuyas críticas por fortuna

nadie escapa, como este columnista ha podido comprobar.

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