Noticias del español

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| José Belmonte Serrano
La Verdad (Alicante)
Jueves, 5 de octubre del 2006

ORTOGRAFÍA PARA OPOSITORES

Tiene aún sentido que en el siglo XXI, es decir, en el siglo de las incertidumbres y del fin de las ideologías, se sigan respetando las viejas reglas de ortografía? La pregunta no sólo sale a relucir, una y otra vez, en los foros universitarios; el debate también está en la calle, y mucho más entre quienes tratan de poner el conocimiento a un lado y la escritura a otro, de ahí que, con mucha frecuencia, los alumnos pregunten a su profesor cuál sería en realidad su nota de no haber existido esa docena de faltas de ortografía, como si fuera posible partir una moneda por la mitad para doblar su valor.


García Márquez, hace unos años, en un congreso internacional sobre la lengua española, en su irónica línea habitual, cuestionó el valor de la ortografía, animando a los académicos que redactaban las gramáticas a unificar ciertos sonidos, como la be y la uve, a desterrar, de una vez y para siempre, la temida hache, a dejar que el hablante, que es creador y auténtico dueño de la lengua, se expresara a sus anchas, sin cortapisas de ninguna clase, amparado únicamente en su propia intuición, en su deseo de comunicarse con la mayor eficacia posible. Pero parece que sólo se trataba de un juego. Una manera de llamar la atención. O una provocación típica del autor de Cien años de soledad, quien, con posterioridad a sus incendiarias palabras, ha publicado algunos otros libros en los que emplea una ortografía perfecta, una gramática impecable, la misma a la que nos tenía acostumbrados desde sus tiempos de joven reportero en El Espectador de Bogotá.

En estos últimos años, la ortografía, lejos de caer en el descrédito, se ha convertido en el principal agente discriminatorio de estudiantes y, sobre todo, de opositores. Una simple falta de ortografía, un descuido a la hora de poner una sencilla tilde, es suficiente motivo para no conseguir una de las ansiadas plazas de profesor de educación infantil, primaria o secundaria. Los componentes del tribunal que juzga a esos chicos y chicas, al contrario de lo que sucedía hace un tiempo, como en mi época de opositor, leen ahora los ejercicios con el propósito no sólo de averiguar los conocimientos teóricos de quienes se presentan, sino, asimismo, con la intención de juzgar si manejan con soltura y propiedad la lengua, donde una falta podría convertirse en la sentencia de muerte de una ilusión fraguada durante meses y meses de estudio.

El horno, ciertamente, no está para bollos. Ni son buenos tiempos para la ortografía. Todo cambia, nuestros gustos, nuestras costumbres, nuestro propio rostro cuando nos atrevemos a mirarnos al espejo que dicta sentencia, menos la ortografía. Y no sabemos con exactitud la razón de este empeño. Los jóvenes escritores, por ejemplo, tan iconoclastas en sus declaraciones, tan atrevidos e innovadores en sus fórmulas literarias, adoptan una actitud muy ortodoxa en materia ortográfica. La fórmula puede haberse transformado, haberse introducido en la novela o la poesía un lenguaje más de la calle, la viva voz de la gente que nos rodea, pero a la hora de plasmarlo en el papel regresa la vieja fórmula de antaño, acaso para que no se interfiera ruido alguno en nuestra comunicación, para estar completamente seguros de que quien está al otro lado ha conseguido entendernos. ¿Qué más se puede pedir? La presencia en todos los escaparates de las librerías de una obra titulada Ortografía para opositores invita a la reflexión. E invita a plantearnos el hecho de que, una vez que se haya entendido que se trata de un fenómeno al que, por el momento, no se le encuentra una airosa salida que nos convenga y convenza al mismo tiempo; con el que, en fin, habrá que acostumbrarse a convivir como si se tratara de una fórmula más de cortesía que distingue a los hábiles de los torpes; a los que saben buscarse la vida de aquellos otros que temen la cornada de una baca.

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