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| Eduardo Badía Serra
diariocolatino.com, El Salvador
Martes, 20 de octubre del 2009

OPINANDO SIN POLÍTICA (556)

Los salvadoreños somos muy dados al uso de frases hechas que vamos acomodando progresivamente por medio de nuestro lenguaje al código simbólico peculiar nuestro. Por eso es que hay tantos salvadoreñismos.


Muchos de nuestros intelectuales han tenido la paciencia y el método para estudiar estos salvadoreñismos y ordenarlos para publicarlos ya así en densos y simpáticos libros que todos parecemos disfrutar en nuestros momentos de ocio. Roque Dalton, de quien todos hablan pero a quien pocos conocieron, los utilizó profusamente en su obra y en su hablar cotidiano.

Matías Romero, en su libro Diccionario de salvadoreñismos, nos habla de andar en aguas, del fondillo, de ser justamente una pichichuela, de bajarse una catizumbada de mangos, del arroz con tunco, y de muchísimos más. Antecedentes los hay, y muchos y muy finos, en nuestra rica e insuperada literatura costumbrista que floreció a mediados del siglo pasado, con Ramón González Montalvo, Arturo Ambrogi, Napoleón Rodríguez Ruiz, T. P. Mechín, el mismo Salarrué, y otros.

Pero también a los salvadoreños nos encanta apropiarnos de extranjerismos, a los cuales somos muy aficionados, por supuesto no tanto como a la selecta pero también en gran proporción. Y una vez nos apropiamos de ellos, casi que los hacemos exclusivos, a grado tal que, acomodados a nuestro decir y sentir, van apareciendo en nuestro típico lenguaje como otros salvadoreñismos más.

En el campo empresarial y de los negocios se da mucho esto último: Hablamos en plena propiedad de outsorsing, de establecer alianzas estratégicas, de offshore, de empowerment, y así, de tantos otros términos que las recetas de rabí de los gurús de la economía y de las finanzas mundiales nos han venido a dejar.

Antes, por ejemplo, llamábamos a las bases constructivas, eso mismo, bases; ahora no, ahora les conocemos como infraestructuras. Hay infraestructura académica, infraestructura vial, infraestructura comercial, etc. A los sucesos recientes y muy difundidos por los medios, esto es, a los fenómenos mediáticos, les llamamos con nombres muy singulares. Ahora hay uno muy de moda, extraordinariamente famoso y muy simpático: las cárcavas.

Una cárcava no es otra cosa que un enorme agujero, (hoyo), producido por una crecida de agua o por el hombre mismo; es una zanja, simplemente. En el libro de don Matías no se encuentra, pero como a poco le daremos un significado muy peculiar y nuestro, probablemente sí aparecerá ya en la próxima edición, por supuesto ya salvadoreñizado.

En todos los inviernos, (épocas de lluvia), aparecen siempre las cárcavas, pero en este han sido particularmente profusas, y como han ocasionado muchos accidentes y tropiezos, lógicamente se han hecho famosas. Nuestros medios masivos de comunicación social, (antes, periódicos, radioemisoras y televisoras en el sentido real del término), hablan de ellas todos los días. El asunto del día son las cárcavas.

Las cárcavas, ya hablando en serio, son el producto de la frágil estructura de nuestro suelo, y además, de la deteriorada condición de nuestros sistemas de acueductos y alcantarillados.

Estas tuberías, verdaderos salpores, con un grado altísimo de porosidad, se sobrecargan y ceden a la presión del agua; como no tiene el agua salida libre, va minando y saturando el suelo hasta que, ya presionada, lo vence y emerge a la superficie después de haber provocado un enorme hoyo subsuperficial. Si usted no anda con sus seis sentidos activados, ya se fue adentro de la cárcava, de lo cual no saldrá bien librado.

Durante el terremoto de 1986, los edificios cedieron no porque fallara y colapsara su estructura sino por hundimiento; simplemente, la «cafetalera», el «rubén darío», el «BCR», y tantos otros, se hundieron. Cedió el suelo, debido a las inmensas cárcavas existentes, y a las que el sismo les provocó una salida inmediata y brusca.

Una cárcava es una especie de contusión, una herida sin solución de continuidad, que se va infectando progresivamente hasta que, por progreso natural o provocada por la cuchilla, sale a la superficie y corrige su condición infecta. La abertura de una cárcava, pues, puede verse como una solución natural que evita el agravamiento del asunto, esto es, que la cárcava se haga más grande y se transforme en un megahoyo, como ya les decimos, en vez de decir que se transforman en un gran hoyo, como hubiera sido lo mejor.

San Salvador está asentado sobre una enorme cárcava. Esto lo sabe todo el mundo.

[…]

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