Noticias del español

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| Cecilia Ansaldo Briones
eluniverso.com, Ecuador
Sábado, 23 de enero del 2010

NUEVA GRAMÁTICA DE LA LENGUA ESPAÑOLA

Soy favorecida con un par de los primeros ejemplares de la Nueva gramática, que llega al país.


Desde que se presentara de manera oficial, en Madrid, en los primeros días de diciembre pasado, he vuelto a meditar en las implicaciones de hablar, discutir, escribir sobre gramática. La palabra es ingrata para gran cantidad de personas, más por incomprensión o por culpa de algún mal profesor que «atormentó» la infancia con clases engorrosas. Sin embargo, estudiar gramática es un excelente ejercicio para la inteligencia. Conducido con acierto, es estudio que siembra hábitos mentales, depura la expresión.

El esfuerzo de la Asociación de Academias de la Lengua Española para concretar la labor que la ocupara durante once años, ha sido ímprobo. El resultado impresiona desde por su apariencia física —dos enormes tomos que pesan cinco kilos en atractiva estampa amarilla— hasta por convocarnos a una lectura reflexiva que debe emprenderse en el marco de los viejos conocimientos y la constante práctica del idioma. Resulta significativo para los ecuatorianos que el Esbozo de una nueva gramática de la lengua española, —que nos ha sostenido a los estudiosos desde 1972—, se haya presentado en Quito, en el VI Congreso de la Academia, bajo la égida del venerable Dámaso Alonso. Ahora, con una versión problemática por llamarse «nueva» (ya se discute sobre un nombre, cuyo sentido el tiempo se encargará de arrebatar), nos aprestamos a una revisión que pone en jaque la dedicación de los «profesionales de la lengua» (maestros, periodistas, toda persona que use el idioma como herramienta de trabajo).

A los académicos se les han presentado algunos problemas muy interesantes desde el punto de vista teórico. ¿Desde dónde escribir una gramática en nuestro tiempo? No se puede renunciar a la base clásica que da cuenta de una lengua que es derivada del latín y otros afluentes, así como tampoco a los incontables aportes de la lingüística y las ciencias del lenguaje. Por tanto, han optado por «conjugar tradición y novedad». Tampoco han caído en el simplismo de imponer normas —que tendrían que atenerse a un uso modélico— cuando el español es código de muy variadas comunidades. Entonces nos proponen «interpretar la norma como una variable de la descripción», es decir, a aceptar que las construcciones gramaticales tienen forma e historia y están moldeadas por la necesidad y los ambientes.

Por tanto, vale admitir que la variación lingüística es una realidad que hay que aprender a manejar. El hablante adecua su discurso según tiempo, espacio y nivel social. Lo ideal sería tener claro que las variaciones están a su servicio y no —como ocurre generalmente— lucir dominado por un único registro en razón de un uso endeble y pobre de la herramienta comunicadora.

No se consigue dominar un idioma estudiando gramática, eso lo sabemos todos. Las facetas lectoras, dialogantes, de consumo selecto, contribuyen enormemente a ser un buen usuario, pero se requiere de algo más. Algo que yo llamo la «conciencia de lengua» —que sería equivalente a la conciencia de raza o de género— es decir, a una actitud lúcida y vigilante, aprehensora y memoriosa ante el habla y escritura de los demás, para aprender donde haya la oportunidad y corregir donde sea necesario.

Nada de mecanicismos con la lengua española. ¡Conciencia, pura conciencia!

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