Noticias del español

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| Jose Luís González, profesor de Literatura
www.elcomerciodigital.com, España
Sábado, 28 de agosto de 2010

NOMBRES EXACTOS DE COSAS

Si le da a usted por leer esto, quizá recuerde los versos que Juan Ramón Jiménez publicó cuarenta años antes de recibir el premio Nobel: «Inteligencia, dame / el nombre exacto de las cosas». Y por seguir en zona lírica, posiblemente comparta conmigo que se trata del clásico poema donde la fama de las primeras líneas tapa la hermosura grandiosa del texto íntegro.


Versos fieles a la emoción son los que Juan Ramón hacía ensancharse luego: «Que mi palabra sea / la cosa misma, creada por mi alma nuevamente. // Que por mí vayan todos / los que no las conocen, a las cosas; / que por mí vayan todos / los que ya las olvidan, a las cosas; / que por mí vayan todos / los mismos que las aman, a las cosas. // ¡Inteligencia, dame / el nombre exacto, y tuyo, / y suyo, y mío, de las cosas».

Una alumna, un poco repipi ella, soltó una vez en un aula: «No me extraña que el tío pidiera precisión léxica si luego escribía «cosas» y no «objetos», «enseres», «artículos», «factores», «realidades».». Ganas de no pararse a entender, por limitarse a desovillar palabras y tener fe miope en los sinónimos. Si para comunicarnos tuviéramos que distinguir «olmos» de «alisos» o de «chopos» en la ribera de un río y no valernos de salvoconductos como esa palabra inmensa como un bosque que es «árbol», podríamos dar en locos. Lo cómodo del lenguaje es su carácter convencional, su pacto, su quedar de acuerdo.

En ese poema de casi cien años intactos, JRJ se refería más bien al Espíritu, a la Comprensión, y no al cociente intelectual o a los inquilinos de los diccionarios o los sillones de la Real Academia. Es cierto que, por circunstancias, a Juan Ramón no lo eligieron miembro de la Docta Casa. No vale esa excusa imberbe de que lo hubiera pasado regular allí, en las reuniones de los jueves, con su peculiar ortografía de la jota. Sólo con fijar en el esplendor de una pared blanca este poema suyo para que los sabios lexicógrafos no perdieran de vista ese afán de exactitud, Juan Ramón hubiera hecho un buen papel. Como el que siguen desempeñando los académicos del siglo XXI con el Diccionario.

A las pruebas me remito: han adelantado unas fichas, unas papeletas, este verano. Y anuncian que la siguiente edición impresa aparecerá en 2013 y que saldrá con enmiendas, adiciones y supresiones que ya pueden consultarse por internet (http://buscon.rae.es/draeI). Parecido trasiego de alteraciones y cambios, defunciones y nacimientos, salidas y entradas habrá ocurrido para entonces en mi portal. Mi portal de casa, quiero decir. (La Academia incorpora esta nueva acepción de 'portal', después del significado navideño de 'belén': «Espacio de una red informática que ofrece, de forma sencilla e integrada, acceso a recursos y servicios»).

Que el Diccionario de la Real Academia Española, el DRAE, acoja los nombres exactos y recientes de las cosas —y a esto iba yo— tiene su mérito, aunque haya de perdonarse la impuntualidad. Pero que les dé a las palabras la exactitud de la definición es otro asunto. Por ejemplo, no sé si usted adivinará a la primera a qué se refieren los académicos con esto: «Pedazo corto de tripa lleno de carne, regularmente de puerco, picada y adobada, el cual se cura al humo». No dice ni de qué color es, pero habrá descifrado usted, sobre todo si no es charcutero de profesión, que se trata de la voz 'chorizo'.

Precisamente quienes más recurren al diccionario coinciden en ser los que más críticas disparan contra sus hacedores. Como ocurre, sin ir muy lejos, con el metro y los transportes públicos. No cuadra siempre la exactitud de las definiciones académicas. Eso le pasa —y podrían multiplicarse los casos— a la definición de 'adulterio'. Aunque tampoco hace falta haberlo experimentado en las propias carnes para desconcertarse de la acepción, choca que, a principios del siglo XXI, 'adulterio' era el 'ayuntamiento carnal voluntario entre persona casada y otra de distinto sexo que no sea su cónyuge'. Ahora, también comienzos del XXI, resumen las Academias que consiste en la 'relación sexual voluntaria entre una persona casada y otra que no sea su cónyuge' y que ya sólo afecta a dos. Por lo menos, aún no obligan a hacerlo.

Nombrar va por un lado y definir voces es otro cantar. Seguro que nadie en su sano juicio se fía de preparar una mermelada ciñiéndose a lo que trae el Diccionario sobre ese sustantivo, y preferirá conseguir los ingredientes y las proporciones de una receta como Dios manda.

Iba a mencionar también el meticuloso, ardoroso cariño con que la Academia define rarezas como 'amomo', 'esteatita' o 'vitácea' y la sosería con que despacha, por ejemplo, 'blues' o 'periodismo' o 'plato' o 'madre'. Pero lo dejo.

Cierro jugando con aquel vocablo amplio que repetía Juan Ramón en su poema: 'cosa'. Y me deslumbra el prodigio de que, uniendo esa palabra baúl (o ataúd) y un simple adjetivo como 'mala', la expresión «cosa mala» significa 'mucho, en cantidad'. Y en el Diccionario consta, por supuesto.

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