Noticias del español

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| Paloma Leyra
Gaceta de los Negocios (España)
Viernes, 22 de febrero del 2008

«NO ME INTERESA LA LENGUA COMO BANDERA, IMPORTA MÁS ENTENDERSE»

Gregorio Salvador, lingüista y académico.


Tiene 80 años y asegura que, hasta hace muy poco, sus alumnos eran su espejo. Las ventajas de la docencia, dice, es que uno siempre habla para gente joven. Eso y tres hijos, catorce nietos y tres biznietos. Pura vida.

¿Qué es la lengua?

Lo que nos da la posibilidad de ser lo que somos: animales lingüísticos. Nos permite explicar el mundo con palabras, dar señales al otro y comunicarnos, todo eso es asombroso.

Usted defiende la unidad lingüística por encima de las identidades.

Sí, es un presupuesto, pero no me interesa la lengua como bandera, es más importante entenderse. Dicen que todas las lenguas son iguales, pero sólo lo son potencialmente, porque ponen de relieve una condición humana, que es la condición de seres hablantes. Pero fuera de eso, es muy importante el número de hablantes de una misma lengua. No es lo mismo poder entenderse sólo con 400 personas que con cuatro millones.

¿Y tratamos bien el idioma?

Yo creo que sí. Entre los que llamamos «usuarios distinguidos», los que emplean el idioma como herramienta de trabajo constante, la cohesión es absoluta. Luego hay tendencias centrífugas, pero éstas hoy prosperan poco en este mundo intercomunicado.

¿Le irrita el lenguaje del móvil?

No, no tiene mayor importancia, es un fenómeno que se produce para ahorrar tiempo. En los siglos XVI y XVII existía la necesidad de escribir con rapidez: la llamada «letra procesal», que no hay quien la entienda.

¿Cómo resumiría su vida?

Sólo con una frase: He sido afortunado. En la vida hay un porcentaje de posibilidades de suerte y otros momentos en los que tomar una decisión o no influye en el resto, yo he estado acertado, o me ha sonreído la fortuna.

¿Es lo que escogió ser?

En el año 45 me matriculé en la facultad de Filosofía y Letras, donde entonces no se matriculaba nadie. La gente pensaba que otras carreras tenían más posibilidades de bienestar futuro, como Derecho, que tenía muchas salidas. Pero si uno ve cinco puertas, debe escoger por cuál salir.

Su sillón de la Academia es la letra «q». ¿De qué?

De querencia. Tengo apego al lugar en el que estoy, y también a los sitios donde he vivido y a mis recuerdos. Pero, sobre todo, a mi mujer, con la que llevo casado 54 años , y a mis hijos, mis nietos y mis biznietos.

Qué alegría.

Desde luego. Yo, cuando veo a esas personas que renuncian a tener descendencia, pienso que van a pasar una vejez muy triste. Ellos son el futuro, aunque yo ya no esté, ellos se quedarán aquí, y con ellos, la lengua. Hay quien dice que el idioma es algo que se forma ya desde el vientre materno. El funcionamiento del cerebro es asombroso, aunque de él todavía sepamos muy poco.

¿Lo sabremos este siglo?

Yo creo que no lo veré. Yo ya estoy en actitud tranquila de la persona que ha cubierto su vida, digamos que a estas alturas ya no me voy a malograr.

Y el sentido del humor, ¿qué le ha dado?

Bueno, si no es por el sentido del humor no habría llegado a los 80 años. Eso, y caminar hora y media cada día.

Libro de familia

Gregorio Salvador tiene muchas vidas. Nacido en Cúllar, Granada, en 1927, vivió una infancia digna de novela: huérfano de madre a los seis años, vivió la guerra en Galicia. Era un niño que recogía vacas en una aldea y leía todo lo que caía e sus manos. Luego fue un brillante estudiante, catedrático, académico de la Lengua y tiene una numerosa familia. Está casado con la filóloga y escritora Ana Rosa Carazo desde hace más de medio siglo. Ella, hoy ciega, sigue escribiendo poemas con la memoria de la mano. El penúltimo, Libro de familia, es un cálido homenaje a los suyos. A sus palabras.

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