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| Alejandro Páez Varela
eluniversal.com.mx, México
Miércoles, 25 de noviembre de 2009

NI MORRALES, NI GUARACHES, NI MOTA

A Héctor Varela Unive (1952-2009)


Hace unos días me desperté con unas ganas enormes de escribir sobre los chamizos. ¿Ha notado esos arbustos que salen en las películas del Viejo oeste, que cruzan rodando la calle principal del pueblo justo cuando el sheriff le dará su merecido a cierto matón? ¿Los recuerda? Esos son los chamizos. Cuando estaba niño los perseguía con cerillos de palo mientras daban vuelta. Arden en segundos. Se vuelven bolas de lumbre, y como metáforas de lo efímero son demoledores. Si se topan con un llano de quelites (siempre secos para entonces: lo chamizos sólo ruedan en invierno), la tierra se pinta de rojo por unos minutos. Un tapete rojo.

Mi hermano me contó que no son originarios del norte de México. Ni siquiera del sur de Estados Unidos, del Wild West. Alguien más me dijo, o leí que son de la tundra y que en algún momento de hace dos siglos o más, el Departamento de Agricultura estadounidense se los trajo para alimentar ganado. En países con inviernos largos crecen apenas unos centímetros y son carnosos. Sueltos en el desierto, con el sol de aliado, se estiran rápido como en sus lugares de origen; se secan en cuanto llega el invierno y se desprenden del suelo para rodar y soltar semillas. Pero se salieron de control. Crecieron más y ahora no se desintegran con facilidad. Recorrieron kilómetros y millas dejando su simiente. Conquistaron ambos países. Se adueñaron además de Hollywood y, a Dios gracias, de los llanos cerca de mi casa en Ciudad Juárez, en donde Ale The Kid estaba atento de cualquier aventura.

He buscado la historia formal del chamizo. Seguro con pocas ganas, porque no la encuentro. El Diccionario de la Lengua Española dice que la palabra proviene de chamiza o hierba. Algo vaga, la descripción; peor es nada. Dice que el término se refiere a un árbol medio quemado o chamuscado, a un leño que ha sufrido el mismo destino, a una choza cubierta por chamiza o hierba, o a un tugurio sórdido de mal vivir. (Si me piden escoger, me quedo con la última descripción). Eso significará chamizo para un madrileño, un sevillano o un barcelonés. Muy ilustrativo.

Entré al sitio de la Academia Mexicana de la Lengua. Encontré que si buscas algo, cualquier palabra, te mandan al Diccionario de la Lengua Española. Me llamó la atención que no tuviéramos un recurso propio de búsqueda, aunque sí hay una liga que lleva a una enorme lista de consejeros, asesores y/o funcionarios. Gente muy connotada, sí. Hallé una lista de insignes ancianitos (así imaginé a los que no conozco) que podrán ser miembros de todos consejos; podrán decidir las becas y premios de los escritores en este país y, además, podrán acumular el poder que se requiere para aplastar a un ignorante (como yo), pero no saben, a juzgar por el resultado de su buscador, qué significa una palabra que se usa en más del 50 % de la nación mexicana.

Por razones similares, pensé, no había una sola línea en los libros de texto con los que estudié primaria sobre dos indios pocamadre: Victorio y Ju. Les cuento una historia muy breve: Tanto los persiguieron los gobiernos de México y Estados Unidos que una tarde de invierno el coronel Joaquín Terrazas sorprendió a Victorio en el sur de Chihuahua, y le dio muerte. Fue una batalla espectacular, sangrienta y valiente, de finales del siglo XIX. El indio Ju, realmente enojado, hizo saber que atraparía al mayor Juan Mata Ortiz, jefe de la campaña militar, y lo quemaría. «Para ti, no cuchillo, no bala. Para ti lumbre», le mandó decir. Así lo hizo. Lo quemó vivo. No lo celebro pero me gusta el arrojo, la valentía. Me hubiera gustado más que estos mexicanos valientes también fueran parte de la historia oficial. (Alguien ronca en la SEP mientras escribo).

No soy indigenista. No uso morrales de lana y jamás tuve unos guaraches o fumé mota con amigos de Coyoacán. Pero en mi casa se presumen tres fotos: la de Victorio, la de Ju y la del indio Cochice. Hermosos como chamizos. De ninguno de ellos supe por los libros de texto, en donde tampoco explican por qué la mitad del país come tortillas de harina, por ejemplo.

Ahora que busco la palabra chamizo entiendo por qué no está: porque gran parte de la historia quedó en manos de viejitos rancios (me imagino a los que no conozco) que llenan páginas y páginas de cargos de instituciones aguadas que no sirven ni para una búsqueda en internet.

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