Noticias del español

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| Róger Matus Lazo
El Nuevo Diario (Nicaragua)
Lunes, 17 de marzo del 2008

MUJER, MACHISMO Y LENGUAJE

La historia de la sociedad humana es la historia de las desigualdades en las relaciones entre hombres y mujeres. De niño, crecemos y nos desarrollamos en un entorno en el que, consciente o inconscientemente, asimilamos de nuestros padres y mayores sus valores. Muchos estudios reafirman el hecho de que los niños desde la edad de tres o cuatro años aprehenden las diferencias sociales y a los siete u ocho años las incorporan como formas de conducta y juicios de valor. A los nueve o diez años, los niños tienen ya una idea estereotipada del varón y de la mujer, que no cambia tan fácilmente.


Nuestra herencia de carácter patriarcal

A lo largo de siglos hemos heredado, sin haberlo superado en mucho, un sistema de valores en el que se evidencia un pretendido dominio del varón y un papel social de la mujer por una parte reducida sobre todo a su condición de madre, esposa y ama de casa y, por otra parte, a un objeto de consumo sexual. En las sociedades modernas, desarrolladas y progresistas, la mujer ha logrado importantes escalones de emancipación; sin embargo, a la par de ser una profesional, sigue asumiendo casi siempre sin la participación del esposo, la responsabilidad del cuido de los niños y en general los quehaceres domésticos.

¿Cómo refleja el ser humano esta cosmovisión, es decir, esta manera de interpretar la realidad? Por medio del lenguaje. Por ejemplo, la historia nos ha demostrado que el empleo de títulos, cargos y tratamientos ha estado condicionado por la valoración social. Una mujer no podía desempeñar el cargo de presidente de la República, y se conformaba con ser «presidenta», es decir esposa del presidente.

La lengua —coinciden muchos filólogos— es un reflejo de las ideas, usos y costumbres de generaciones anteriores. A través de la lengua, muchas veces podemos enterarnos cómo piensa y siente el individuo y el grupo social al cual pertenece. Grandes lingüistas y pensadores en general convienen en que nuestros conceptos, nuestras creencias, nuestra conducta, nuestra manera de aprehender la realidad están determinados de alguna manera por el lenguaje. Heidegger decía que «no somos nosotros quienes hablamos a través del lenguaje sino que es el lenguaje el que habla a través de nosotros».

La actitud machista de los hablantes frente a la lengua

Ludmila Damjanowa en su interesante obra Particularidades del lenguaje femenino y masculino en español (1993), afirma de manera explícita:

Las actitudes lingüísticas no son innatas, sino un resultado de la socialización, o sea, el proceso por medio del cual las personas internalizan juicios, valores, actitudes y expectativas en una cultura específica.

¿Por qué el Diccionario académico registra la palabra «zorra» con la acepción, en sentido figurado, de «prostituta»? Porque seguramente los hablantes han llamado así, entre otras denominaciones, a la «mujer que mantiene relaciones sexuales con hombres, a cambio de dinero». ¿Por qué no llamar zorro, entonces, al «hombre que comercia con su cuerpo a cambio de dinero»? Porque, salvo algún «zorro» escondido en su propio piñal, no hay hombres que se dedican a este «oficio». A la Academia, entonces, no le queda otro recurso que incorporar en el Catálogo Oficial lo que está en uso. Porque la Corporación lingüística —como afirma Zamora Vicente— no dice las cosas que tengan que ser así, no manda. Lo que hace es recoger los usos. Y solamente recoge los usos cuando están realmente arraigados, cuando tienen una valía en la lengua.

De todas maneras, lo anterior no es más que un reflejo de la actitud machista frente al idioma que vale la pena erradicar. Compárese, por ejemplo, la diferencia entre hombre honrado u honesto (hombre correcto en los negocios) y mujer honrada u honesta (mujer recatada, de honor intachable). Un hombre de mundo es el que «trata con toda clase de gentes y tiene gran experiencia y práctica de negocios»; en cambio, una mujer mundana es una «ramera». Un cualquiera es un individuo sin oficio ni beneficio; pero una cualquiera es una mujer de mala vida. Señalemos dos ejemplos tomados del habla nicaragüense: sobrado y entrador. Estos adjetivos, cuando se refieren a un hombre, no aluden en absoluto al sexo. El primero significa «confianzudo» y el segundo se refiere a un tipo «simpático», agradable en la relación con los demás; una mujer sobrada, en cambio, significa que «se ofrece a los hombres», y una mujer «entradora» es aquélla que «se insinúa en sólo la entrada». Por último, piénsese en la diferencia entre puta y puto. (Digámosle puto al oído a un hombre, aunque no lo sea, y veremos cómo sentirá mucho gozo en su interior y hasta sonreirá discretamente en señal de asentimiento o simplemente para hacernos creer que es cierto).

Son formas de conducta —rémoras— que entorpecen nuestro rumbo como seres en desarrollo y que no desaparecen de la noche a la mañana, pero que significan para las sociedades modernas un reto, un desafío insoslayable que se debe enfrentar con inteligencia y decisión.

Nuestro idioma no es machista, sino la actitud que asumimos los hablantes frente a la lengua. A veces, las cosas llegan al extremo, como cuando una mujer le dice a otra: «¡No, hombre!» O cuando un hombre le dice a otro: «¡Es tronco de hombre esa mujer!»

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