Noticias del español

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| Josep María Espinàs
www.elperiodico.com, Cataluña
Viernes, 19 de fabrero del 2010

MISTERIOSOS TICS DEL LENGUAJE

Reconozco que estoy anticuado: no me gustan las palabrotas. Me da la impresión de que el uso de las palabrotas ha ido extendiéndose tanto, y con tanta naturalidad, que incluso la idea de palabrota ha dejado de tener significado. El diccionario la define como «palabra soez». Esto significa, en teoría, que hay palabras o expresiones que no están consideradas como correctas y que no está bien visto pronunciarlas en público.


El otro día, en el autobús, una chica de aspecto muy agradable, vestida con buen gusto, hablaba por el móvil con alguna amiga suya. Al parecer, estaban eligiendo un lugar donde encontrarse. Porque la chica, de repente, dijo a dos palmos de mi oreja: «¿A las nueve menos cuarto? ¡De puta madre!». Era como si hubiese dicho «de acuerdo, muy bien, magnífico».

No es que yo tenga una curiosidad morbosa por las conversaciones de autobús. Lo que ocurre es que, para no tener que dar caminatas que, a mi edad, ya son demasiado largas, cojo más autobuses que antes, y si antes, yendo por la calle no eran frecuentes las situaciones en que podía oír cómo hablaba la gente, el espacio cerrado convierte al autobús en un auditorio de excelente sonoridad. Simplemente, y sin pretenderlo, descubrimos que la gente habla mucho. Y cómo habla.

«De puta madre», y perdonen que repita la expresión, es una forma de hablar que probablemente se ha ido extendiendo, aunque mi experiencia personal no tiene pretensiones de estadística. Pero sí creo que se ha puesto de moda decirlo, como si se tratara de llevar un determinado tipo de pantalones. Esta tendencia tiene una característica particular: la expresión a la que me refiero se adopta de una forma inconsciente; se dice sin pensar en lo que se dice.

Es el mismo automatismo que lleva a otras personas a exclamar «me cago en Dios», aunque no crean en la existencia de Dios. Existen modos de explicarse que se convierten, no se sabe por qué, en tics del lenguaje, como hay gestos que también son tics. Pero reconozco que todavía no me he acostumbrado a la espontaneidad con la que una tierna muchacha —o quien sea— une, supongo que inconscientemente, la idea de madre con la idea de prostitución.

Vuelvo al principio: estoy anticuado. No sé ponerme al día. O, si lo miro positivamente, todavía hay cosas que me sorprenden.

Lo que pasa es que, como mi oficio se basa en el lenguaje, no puedo evitar interesarme por las novedades que se producen.

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