Noticias del español

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| Óscar Domínguez
Periódico La Patria (Manizales, Caldas - Colombia)
Miércoles, 17 de enero del 2007

MÍNIMA DEFENSA DE LA ORTOGRAFÍA

En lo único que no se debe exigir ortografía es en las cartas de amor. Nada menos romántico que una perfumada esquela, llena de exactitudes ortográficas y exquisiteces gramaticales.


La detestada ortografía es finalmente el traje de luces de las palabras. Sin ella, las palabras quedan como en paños menores o, lo que es peor, con los calzones abajo, «antanasmockisadas».

Cada palabra tiene su propia arquitectura. Una vez construidas las casas de las palabras —que podríamos llamar frases— las ideas se van a vivir en ellas, como esos conversadores empedernidos que no sólo se sientan en la palabra sino que le hacen el amor.

De tanto pronunciar y escribir palabras terminamos familiarizándonos con su estructura. La ele, por ejemplo, siempre será una consonante eréctil que se sentirá cómoda en medio de una orgía de vocales, llenas o débiles. Como en Eulalia.

Aun para quienes no hemos tenido nunca buena ortografía, ésta se convierte en el Everfit del idioma. A veces uno tiene la ortografía que desearía para sus enemigos. En mi caso, los correctores del periódico me tienen que ayudar a saludar con hache (hola!), porque tiro a lapo escribo ola; me colaboran con bautizo, cuando 'bautiso' gentiles y con el verbo amacizar que, escrito con ese, jamás llegará a la tierra prometida de la intimidad de la pareja 'atarzanada'.

Este aperitivo para discrepar en do mayor de la propuesta hecha alguna vez por el Nobel de Aracataca de enviar la ortografía al cuarto del rebrujo. Y de aplicarle la vasectomía a ciertas tildes que hacen el amor a distancia sobre vocales esdrújulas que con la propuesta de Gabo se quedarían vírgenes para siempre, sin probar de sal. Discrepo, entre otras razones, porque si a uno le dio tanta lidia «no» aprender ortografía, sería más difícil olvidarla.

Claro que la propuesta de don Gabriel —que este año está celebrando 80 de juventud, 40 de la publicación de Cien Años de Soledad y 25 del Nobel— ha empezado a abrirse paso de vieja data en las facultades de comunicación social, o sea, de periodismo, donde consideran que la ortografía es hereditaria como la artritis y la pecuela y no se estudia como materia.

Debería ser 'superhipermegaobligatoria'. Como la ética y la escueta taquigrafía, la única que puede decretarle la muerte a la grabadora que nos está haciendo la mitad del trabajo a los periodistas sin que la invitemos a almorzar. O a un motel.

Eso sí, en lo único que no se debe exigir ortografía es en

las cartas de amor. Nada menos romántico que una perfumada esquela, llena de exactitudes ortográficas y exquisiteces gramaticales.

Sospecho que si hubiera tropezado con novias con excelente ortografía estaría solterón, desvistiendo damas, ojalá non sanctas.

Las cartas de amor son escritas con el alma y el alma nunca fue la escuela a estudiar la vilipendiada ortografía en verso de Marroquín.

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