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| Carlos Sandoval
El Diario de Hoy, El Salvador Jueves, 3 de enero del 2008

MENUDENCIAS GRAMATICALES

Me había quedado a media miel. Temas del diario acontecer, me tenían atrapado. Pero ahora vuelvo a las menudencias gramaticales para aclarar algunos presuntos gazapos.


El ciberlector Marco Tulio Díaz me envía un largo escrito que comienza: «He leído detenidamente el artículo que usted publica este día (14/12/07) en El Diario de Hoy, intitulado RESPETO A LA PALABRA y no he podido resistir a la tentación de enviarle precisamente algunas palabras. No acostumbro a perder el tiempo escribiendo a columnistas de periódicos, pues es suficiente el que malgasto en leer los escritos que publican; pero ahora, al ver su frase: Se abole una ley y se aboga un derecho, de inmediato he recordado una reciente lección que una filóloga española me dio». Y la lección consistió en considerar un grave error emplear «abole», tercera persona del singular abolir, pues es un verbo defectivo.

Según la gramática, se llaman verbos defectivos los que no pueden conjugarse en todas las formas de la conjugación. El verbo abolir, por ejemplo, sólo se conjuga en aquellas formas en que la terminación empieza con «i»: abolimos, abolí, aboliré. Por consiguiente, no puede decirse abolo, abola, abole, etc. Esta regla la mantienen muchos lingüistas reconocidos como Rafael Seco, María Moliner y Joaquín Añorga.

Sin embargo, el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española (2005) —la única institución con autoridad para fijar normas lingüísticas— dice que la voz abolir, aunque tradicionalmente se ha considerado verbo defectivo, ya que solían usarse sólo las formas cuya desinencia empieza por i, hoy se documentan, y se consideran válidas, el resto de las formas de la conjugación: «Se abole la pena de muerte» y «Los nuevos poderes abolen la soledad por decreto». Como se ve en estos ejemplos, es verbo regular: abolo, aboles, etc., y no abuelo, abueles, etc.

El Diccionario panhispánico de dudas no dicta normas definitivas y terminantes sobre el uso de la lengua española. Además de que ésta es cambiante, también es supranacional. Está constituida por un conjunto de normas. La función principal de la Real Academia Española es la de buscar una base común, estándar, para que los hispanohablantes nos entendamos mejor.

Otro ciberlector, don Andrés Paredes, dice que es incorrecto usar la expresión «lapso de tiempo», pues es un pleonasmo. Sin embargo, el DRAE registra —desde bastantes ediciones atrás— esta redundancia como una expresión común y corriente del idioma. Y el Diccionario panhispánico de dudas sostiene que es frecuente y admisible el uso de la locución «lapso de tiempo». Esta maraña se explica recurriendo al ancestro de nuestro idioma. La voz latina «lapsus» tuvo en aquel idioma los sentidos de «deslizamiento», «caída», «paso», «transcurso». Parece lógico, entonces, que la expresión «lapsus temporis» (el transcurso del tiempo) pasara literalmente al español como lapso de tiempo.

La última menudencia va contra la politización del lenguaje. Nuestros legisladores tienen la costumbre de hacer alusión a uno y otro sexo en sus discursos: diputadas y diputados, niñas y niños, compañeras y compañeros. Pero olvidan que cuando los sustantivos designan seres animados, el masculino gramatical no sólo se emplea para referirse a los individuos del sexo masculino, sino también para designar la clase, esto es, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexo. Dice el mataburros que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva.

Por razones políticas contravienen las normas de la gramática.

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