Noticias del español

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| Vicente Quiroga
huelvainformacion.es, España
Lunes, 27 de octubre del 2008

MARÍA MOLINER

EN una época como la que vivimos en que el lenguaje se ve tan limitado, tan insultantemente menguado, prostituido, tan discriminado en algunas regiones cuando no directamente postergado, anulado y proscrito, cuando se patea en una jerga de extraña procedencia y de giros tan bastardos, uno a veces no tiene más remedio que volver a las fuentes más dignas y nobles de nuestro idioma, tan honrosamente enriquecido por autores, escritores, poetas, ensayistas y nobles hacedores de una expresión que ha extendido tan distinguido linaje coloquial a enormes y lejanas latitudes del mundo.


De vez en cuando ante la sombra de la duda uno recurre al Diccionario y recuerda con un inevitable regusto filológico o lexicográfico a María Moliner. Nunca agradeceremos bastante a la eximia lingüista aragonesa su titánico trabajo para lograr algo tan difícil como es adecuar la lengua al uso. Sobre todo si se utiliza con altura de miras y nobles propósitos. No como ahora que se recurre a eufemismos espurios para disfrazar la autenticidad de los términos. Yo citaba aquí hace unos días a Albert Camus, que escribía: «nombrar equivocadamente las cosas es contribuir a la desgracia del mundo». Y añadía por mi parte: y poner por tontos a los ciudadanos.

Llama la atención aquella parte de su vida en la que, ausente su marido, Fernando Ramón, de su casa de Madrid al hacerse cargo de la cátedra de Física de la Universidad de Salamanca, ella aprovechaba las horas de la tarde para trabajar intensamente en el Diccionario, tarea que le llevó quince años recogiendo las palabras en fichas y cuartillas que escribía a máquina. En una de las pocas entrevistas que concedió en su vida, a propósito de esta obra insigne decía: «El Diccionario de la Academia es otra cosa, enseña lo que significan las palabras, pero no cómo ni cuándo se usan».

Sobre cuestión tan compleja María Moliner añadía: «Mi diccionario enseña como se usan las palabras, en qué caso se usan, qué palabras hay que sustituir a la primera que le viene a uno a la mente, cuando ésta no expresa exactamente lo que se quiere decir, incluyendo las frases existentes para expresar la misma idea».

Ejercicio complicado para tanto iletrado como hoy abunda, sobre todo en el ámbito de la política activa, al que no le importa lanzar proclamas públicas, aunque cometa errores de expresión imperdonables. Como decía un buen amigo: «Hablan con faltas de ortografía». Si sólo fuera eso…

Cuarenta y dos años después de la aparición de esta obra magistral, María Moliner, la mujer que abrió el debate en la Academia de la Lengua, vuelve a ser noticia y su diccionario está más vivo que nunca, ya que en estas fechas sale el texto digital de la tercera edición y el primer María Moliner abreviado con 45.000 entradas. La versión digital 3.0 avanza porque no se queda en el omnipresente Windows sino que amplía su espectro para los usuarios con un amplio repertorio de búsquedas.

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