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| José Miguel Larraya (El defensor del lector)
El País (Madrid)
Domingo, 25 de febrero del 2007

MANDÍBULA DE CRISTAL

El periodismo encaja mal las críticas. Tiene, como algunos buenos boxeadores, la mandíbula de cristal. Y por eso se protege. Los que tanto opinan, analizan, matizan, critican, reprueban, alaban y juzgan a los demás lo hacen, a veces, con faltas de ortografía. Y llegan los lectores, apasionados o no, y preguntan: ¿qué explicación tiene que este problemano se haya resuelto o, al menos, paliado cuando viene siendo criticado desde hace años, Defensor del Lector tras Defensor del Lector? ¿Cómo es posible tanta incuria, tanta dejadez y tanto descuido, tanta indiferencia, en suma?


Digo esto porque me lo escriben los lectores, porque la queja más reiterada que se recibe en el Defensor del Lector sigue siendo la relativa a la cantidad de errores, erratas o faltas de ortografía que aparecen en el diario. La relación de lectores que en estos meses han hecho llegar sus quejas sería larga, y los ejemplos, muy variados.

Confieso que es un tema incómodo para cualquier periodista que admita que el idioma es nuestra principal herramienta de trabajo. Y lo malo es que el problema se acepta con una cierta, aunque incómoda, resignación. Como si fuera inevitable. Algo así como los accidentes de tráfico.

Recojo arbitrariamente algunos nombres de lectores que han hecho llegar sus quejas: Francisco Javier Álvarez García, con más de quince años de correspondencia con distintos defensores del lector; Fernando Corbalán, profesor de matemáticas y divulgador, que escribió sobre los errores que aparecen en gráficos, estadísticas y porcentajes. Una relación, en fin, descuidada con las cifras y los números.

El tono de las críticas no siempre es mesurado, pero tal vez la carta de Ricardo Génova resume el espíritu de la mayoría: «El motivo de mi correo es transmitirle mi malestar ante las continuas faltas de ortografía que se cometen en EL PAÍS desde hace algún tiempo. Creo recordar que hace un tiempo esto no ocurría, pero tengo que decir que últimamente se hace complicado leer un artículo sin encontrarse, además de con numerosos errores tipográficos, con inconcebibles faltas de ortografía».

«Creo que este tipo de errores son inaceptables y le restan calidad al diario. Además, creo que con los correctores lingüísticos de que disponen las aplicaciones informáticas actuales son fácilmente subsanables, lo que no exime a los redactores de la obligación de tener un mayor conocimiento de la ortografía de nuestra lengua y, por lo tanto, de no cometer estos errores».

El problema de los errores y las erratas es obviamente mayor en las primeras ediciones. En las siguientes se van corrigiendo. Y son los lectores de esas ediciones —Europa y Nacional— los que más quejas presentan.

Pero la pregunta que formulan los lectores sigue sin ser respondida.

¿Es éste un problema que no tiene solución? ¿Qué medidas se toman para paliar el problema?

El Defensor ha hecho una pequeña encuesta entre redactores, editores y correctores en busca de respuestas y lo que ha encontrado básicamente han sido explicaciones o, sencillamente, excusas. Pero también alguna sospecha y una duda. ¿Está descendiendo el nivel de formación de los periodistas, pese a haberse elevado a rango universitario los estudios de periodismo? ¿Podemos los periodistas, los periódicos, prescindir de los correctores?

La primera y obvia explicación y, posiblemente, única excusa para este problema es la urgencia. Se escribe deprisa, al límite del cierre de la edición. Los nuevos sistemas informáticos permiten al periodista apurar al máximo los plazos de entrega de sus textos. Esta costumbre, no siempre justificada y que a veces lo único que esconde es una deficiente organización del trabajo, propicia que se escriba con más erratas y errores.

Los nuevos sistemas informáticos cuentan con correctores lingüísticos y cualquier redactor puede, en pocos minutos, someter su texto a prueba. Pero, evidentemente, ningún sistema automático garantiza la limpieza del texto. Corrige los errores de bulto, ofrece alternativas, pero exige un poco de atención. Jamás distinguirá entre «sabia», «savia» y «sabía» y deberá ser el periodista el que tome la decisión.

¿Podemos los periodistas vivir sin correctores profesionales, esa red de seguridad que cada día se hace menos tupida, ese gremio que parece condenado a la extinción?

La respuesta empresarial es que los periodistas deben ser correctores, que es inaceptable que un profesional cualificado pida auxilio para que alguien limpie su trabajo u oculte sus carencias.

Este Defensor tiene dudas. La existencia de una sección de corrección no exime a los redactores de la obligación de tener un mayor y mejor conocimiento del idioma; no puede ser ni excusa ni coartada para la negligencia profesional que supone escribir con faltas. Los periodistas debemos asumir nuestras obligaciones y aceptar que se nos exijan responsabilidades. Lo que está en juego es la calidad del periodismo, la calidad del diario, una condición esencial para competir con otros medios, no sólo escritos. Los correctores han sido y son una garantía de que el talento que puedan contener las páginas del diario no se vea empañado por erratas y errores. Los que tenemos que corregir el problema somos los periodistas y la única solución, en mi opinión, es la disciplina que en este país siempre se ha tomado más como un castigo que como una virtud.

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