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| Guillermo Fadanelli
eluniversal.com.mx, México
Lunes, 24 de enero del 2011

LOS VANIDOSOS

Cuando alguien me pregunta sobre cuáles serían los cinco libros que elegiría para llevarme a una isla desierta, respondo que no me llevaría tantos libros y que me bastaría con un diccionario.


A partir de este diccionario creo que podría imaginar el mundo nuevamente. Y aunque las islas abandonadas no son lugares apropiados para leer, llevaría conmigo el diccionario de María Moliner. Lo haría por dos razones: la primera es que esta mujer les robó tiempo a sus hijos y a su marido para escribir su obra, como ella misma lo confiesa en la dedicatoria del libro, hecho que reviste al diccionario de una aura dramática que se aproxima a la literatura. La segunda es porque un considerable número de definiciones incluidas en este libro son en realidad brevísimas novelas.

María Moliner describe la vanidad como «la cualidad de la persona que tiene afán excesivo y predominante de ser admirada. Si halagas su vanidad conseguirás de esta persona lo que quieras pues, dadas sus cualidades y su posición, se cree con derecho a la admiración y acatamiento de los demás mostrándolo con su actitud y palabras». Pues bien: Moliner ha creado de este modo una breve novela acerca de la vanidad (los personajes van por cuenta de nosotros). Debido a razones inexplicables las personas vanidosas me son bastante simpáticas. El hecho de que se aprecien tanto a sí mismas y de que un halago represente para ellas un placer incomparable las vuelve ante mis ojos seres extraordinarios e indefensos. Escribió Alberto Caeiro: «porque yo soy del tamaño de lo que veo y no del tamaño de mi estatura».

Un diccionario menos ilustrado —el que publica la Real Academia Española— dice que la vanidad representa la caducidad de las cosas de este mundo, lo cual me parece un tanto determinante. El vanidoso sería entonces un ser que habita la nada; un habitante de la nada. Sin embargo, es justo dicha cualidad la que hace del vanidoso un ser excepcional. Cioran declaró en un ensayo que hacer ejercicio físico le parecía tan vacuo como esculpir un grano de arena. ¿Cómo preocuparse por algo tan minúsculo como el ser humano? ¿Acaso los piojos se creen a sí mismos indispensables en el mundo de las cosas? Así es: tanto los hombres como los piojos desean hacerse presentes a toda costa. Y es aquí donde considero se encuentra la esencia de todo este asunto: la vanidad ayuda a existir a quien, en esencia, no es nadie.

La modestia, en cambio, es una redundancia: como el feo que va gritando a los cuatro vientos que es feo. Quien se rodea de personas modestas corre un grave peligro, pues no sabe a qué hora los modestos revelarán sus verdaderas intenciones. Nunca se sabe en qué momento ellos se decidirán a existir. El que es vanidoso a causa de su belleza o de su poder es casi siempre un pusilánime. Eso no es vanidad, es un alarde ordinario sin ninguna trascendencia. El vanidoso sabe que su valor va más allá de toda duda. No pone en cuestionamiento que el mundo sin él estaría mucho peor. En realidad nos compadece ya que somos sus inferiores —sin importar en qué posición nos encontremos— y jamás lo podremos humillar. Mis mejores amigos son tan pagados de sí mismos que me resultan absolutamente simpáticos. En verdad creo que el mundo sin ellos sería menos habitable. Por el contrario, la vanidad femenina no existe. Eso es una patraña y una contradicción. Además las bellas son por antonomasia desgraciadas pues su belleza día con día va en picada y tarde o temprano terminarán como manzanas podridas. Por eso cuando veo a una mujer hermosa sonreír me entran unas enormes ganas de llorar: la pobre no sabe lo que le espera. Y si lo sabe, ¿por qué sonríe?

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