Noticias del español

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| Alí Medina Machado
Diario el Tiempo (Venezuela)
Miercoles, 22 de Febrero del 2006

LOS CUATRO JINETES DE LA LENGUA

Cuatro jinetes tiene la lengua, nuestra lengua materna: el verbo y el adverbio; el sustantivo y el adjetivo; los dos primeros sirven para la narración, los otros dos para la descripción y, los cuatro, sirven para la argumentación, que es saber codificar y decodificar. En estos procesos está la lengua viva, la de la comunicación.


El mundo está allí delante de nosotros, nos reta y nos conmueve. ¿Cómo narrarlo?, ¿Cómo describirlo?, ¿Cómo comprenderlo si no es con la argumentación de nuestro propio pensamiento? Estas preguntas son muy interesantes porque tenemos que internalizarlas y operar después con el instrumento de la lengua. La comprensión del mundo será la que nos permita hacer nuestra propia lengua.

A ver, tratemos de explicar este embrollo: la narración es eminentemente dinámica, por lo que su discurso tiene que ser también dinámico, activo, lleno de verbos y de adverbios, porque estas formas morfológicas tienen la virtud del movimiento. Todo es un tiempo que se activa y actúa: vivo, juego, como, trabajo… todo temporalmente es un transcurrir que lo dicta la palabra verbal. El verbo propone y el adverbio dispone; el verbo es la acción y el adverbio fija esa acción en el tiempo y en el espacio: Jugué mucho ayer.

Trabajé con entusiasmo en la oficina: «Un comunicador eficiente no se conforma con la narración escueta de los hechos sino que los precisa y afina con circunstancias localizadas y con sutilezas de modo que matizan su visión del suceso en particular.» (CAMPOS: 14)

Pero, vámonos a la descripción, a ese otro campo de nuestro trabajo lingüístico. Ahora no hay movimiento sino quietud: si la narración es la guerra del lenguaje, la descripción es la paz, la pacificidad del elemento nominal. Ahora aquí son los nombres y los adjetivos los que van a realizar el trabajo en un espacio concreto o determinado. En la descripción estamos delante de los objetos y las cosas a las que los adjetivos les acrecientan sus características y pormenores. El adjetivo es a la descripción lo que el adverbio a la narración: adjetivar por un lado y adverbiar por el otro hasta el logro de un lenguaje bien expresivo.

Y llegamos ahora a la tercera y más compleja pata de nuestro trípode lingüístico, que no es otra cosa que la argumentación, el lenguaje argumental. Y aquí si es verdad que hay que echarle ganas, porque argumentar es tener nuestra propia visión de las cosas mediante las estructuras lógicas del pensamiento: la lengua, ese potens mental en ebullición para imponer razonadamente nuestro punto de vista, el manejo de nuestras ideas, juicios, opiniones, etc., que nos permiten exponer, presentar, argumentar, razonar y demostrar nuestro propio ideario.

Se es un competente usuario y oficiante de la lengua cuando se sabe narrar, describir y argumentar. Con el lenguaje accedemos al mundo social y somos competentes para el entrenamiento social. Y todo eso se logra con la palabra, con el juego de la palabra que constituye el léxico de nuestro lenguaje; del código convertido en habla para el necesario mensaje comunicativo.

La palabra, entonces, es el puente que nos lleva a la vida exterior, que nos hace competentes para nuestra actuación social, y que nos da las capacidades necesarias para comprender y entender el mundo, a pesar de sus vastas complejidades. Y, ¿cómo es eso? pues que es el uso de la palabra lo que nos permite ser competentes en la producción y competentes en la comprensión, lo que se explica a través de las áreas del lenguaje: hablar y escribir son las áreas de la producción, mientras que leer y escuchar lo son de la comprensión. En estas últimas áreas, juntas, está el quid porque «su carácter es eminentemente hermenéutico y capacita al oyente-lector para decodificar correctamente diferentes tipos de texto y asignarles grados de coherencia» (Ídem: 15).

Debemos entonces ir hasta nuestra cotidianidad desde ese léxico pasivo amontonado en nuestro potens mental, muy parcialmente usado, lo que nos impide narrar, describir y analizar el mundo, a un amplio y creciente proceso de adquisición de vocabulario, es decir, a un léxico que dice y crea a través de la lectura; pues, una vez obtenido el hábito lector, todo se irá desarrollando, y crecerá entonces el mundo a nuestro alrededor en la medida en que crecerán por igual, nuestro valor y liderazgos sociales.

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