Noticias del español

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| Séneca Paz
elnuevodia.com.ve, Venezuela
Jueves, 2 de agosto del 2007

LOS BRIBONES Y LA BIBLIA

SUELE TILDARSE a España de «país de pícaros».


Su historia y su literatura así parecen atestiguarlo. En cuanto a la lengua, bien podría decirse que el español encumbra con frecuencia, ladinamente, a quienes ejercen la picardía. Baste recordar para demostrarlo la gran cantidad de sinónimos de pícaro (granuja, ladino, perillán, pillo, taimado, bellaco, travieso, tuno, tunante…) del castellano que constituyen lo que podríamos llamar palabras «sol y sombra», es decir, integradas por un valor semántico básicamente negativo (de 'latrocinio, engaño, haraganería'), pero suavizado por otro positivo (de 'inteligencia, sagacidad, astucia') que induce a la afectividad, al cariño y hasta a la admiración cómplice.

El ingenio y la agudeza siempre han sido especialmente admirados por el pueblo español, muy por delante, en la escala de valores, de otros más nobles como la solidaridad o la honradez. Aquí la sabiduría verdadera no consiste en el estudio, sino en el pragmático «saber vivir», en «ser un vivo»; y la lengua así lo revela: llamamos «listo» a quien trepa, se cuela o se enriquece furtivamente, despreciando el orden ético común, y a menudo «tontos» a los honrados. Atribuimos la ciencia de la gramática, aunque sea la parda, a quien manifiesta «habilidad para conducirse en la vida y para salir a salvo o con ventaja de situaciones comprometidas» Y del versado en amaños, artimañas y pillerías decimos que «sabe latín».

En esta misma línea se encuentra el vocablo bribón ('pícaro, bellaco') de etimología sólo a primera vista sorprendente. Se deriva de briba o bribia, que no son sino dos versiones vernáculas de la palabra biblia (¡nada menos!). La Biblia (del griego biblía 'libros') era considerada por los medievales la madre de todos los libros y, por lo tanto, de todos los saberes. Quien la dominaba era reputado sabio, como lo era el conocedor del latín. De ahí que se aplicara, figuradamente, al vivales que se las sabe todas y las utiliza para beneficiarse de cualquier situación sin reparar en los medios, es decir, al pícaro, al truhán, al que conoce al dedillo el manual o la biblia de todos los ardides.

Parece, por lo tanto, que con nuestro idioma solapamos a menudo una latente admiración por los bribones que, por cierto, quizá constituya causa profunda de la proliferación de velásquez alvarayes y otras especies de listillos que saben latín, gramática parda y hasta la Biblia en verso.

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