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Martes, 11 de noviembre del 2008

LOS ACADÉMICOS SON GUAYS

La Academia de la lengua ha aprobado dar entrada a «pen drive» y a las siglas «USB» como forma de «acercar el diccionario al mundo actual». Pero, ¿suponen incorporaciones como las citadas una prueba de que la institución permanece atenta a los usos y abusos que se dan en la calle o representan, por el contrario, una claudicación ante la constante invasión de términos y expresiones foráneos?


¿Por qué llamarlo pen drive cuando queremos decir memoria extraíble?

Nunca he sido un purista en el uso del lenguaje. Que una lengua vive en un constante proceso de transformación es algo evidente. Sin ese carácter diacrónico el latín no hubiera evolucionado hacia «dialectos» como el español, el catalán, el francés, el italiano o el rumano; ni el castellano de Nebrija habría adquirido los matices de los que goza el español que hoy por ejemplo se puede escuchar en las calles de Málaga o en un café de Buenos Aires.

Para evitar esas rupturas y que no se produjeran las dispersiones lingüísticas que siguieron a la «tenebrosa corrupción» del latín —que dijera el gran gramático (entre otras muchas cosas) chileno Andrés Bello—, nacieron las academias de la lengua. Había que limpiar, fijar y dar esplendor al idioma, y por encima de todo, conseguir que todos los pueblos que habían llegado —por la fuerza en muchos casos— a adoptar la lengua de Cervantes como vehículo de relación y conocimiento, pudieran seguir haciéndolo ad infinitum, con sus particularidades y localismos propios, con sabores y acentos diversos, pero sin perder de vista un momento que, aunque rica y plural, hablaban o escribían el mismo idioma. De esta labor se han encargado durante siglos los académicos de los distintos países —todos ellos deudores de una manera un tanto poscololialista, de los señores «de la española»—, sufridos defensores de la unidad de nuestra lengua que han vivido siempre con un ‘ay’ en el pecho ante la constante irrupción de anglicismos, galicismos, y otros cismos y cismas que amenazaban al español como otrora los bárbaros hicieran con un latín que, incluso en tiempos de la República romana, no era ni mucho menos uniforme.

Durante estos últimos 500 años el español se ha transformado, ha adoptado nuevas formas y usos, ha dejado en el camino otras, se ha enriquecido con aportaciones de otras lenguas y se ha empobrecido también al renunciar a utilizar su propia ‘voz’ ante la imposibilidad de acallar la ajena. Y nada de esto ha sido traumático. Es la cultura misma ramificándose en torno a un tronco común que une a más de cuatrocientos millones de personas más que cualquier ideología, bandera o candidato a la presidencia pudiera hacerlo. Además, como subrayó George Steiner en uno de sus lúcidos ensayos: «El verdadero problema no radica en el número de palabras disponibles, sino en el nivel en que utiliza el lenguaje el uso corriente actual».

Razón, esta última por la que, pese a esta manga ancha a la que he aludido más arriba, uno no pueda dejar de sorprenderse por ciertas decisiones que adoptan nuestros académicos cada vez que deciden darle un nuevo meneo —ellos lo llaman revisión— al diccionario. Para solaz de todos, estas novedades son convenientemente aireadas por los medios de comunicación quienes, víctimas con frecuencia de las invectivas de nuestros doctores de la lengua, aprovechan estas ocasiones para contarnos, con no poca sorna, cuáles son esas últimas voces que han conseguido obtener el visto bueno de sus señorías y poder lucir así su sello de «yo soy español, español, español» —aunque me escriba bluyín—.

En este caso, entre las últimas adquisiciones del Diccionario Académico se encuentran joyas como pen drive (definida como 'dispositivo portátil pequeño de almacenamiento de datos') y las siglas USB (a la sazón, Universal Serial Bus, 'toma de conexión universal de uso frecuente en las computadoras'.) Insisto: que determinadas palabras o expresiones procedentes de otros idiomas, del inglés en este caso, terminen —especialmente las relacionadas con las ciencias y las nuevas tecnologías— incorporándose al español, me parece un fenómeno perfectamente lógico. Ahora bien, que se les plante tan escasa resistencia abriéndoles de inmediato las puertas del diccionario, ya no me satisface tanto. Principalmente, porque existen otras voces propias que podríamos intentar promover antes de entregarnos atados de pies y manos. ¿O por qué motivo juzgamos inadecuado utilizar lápiz digital o memoria extraíble, expresiones de uso frecuente, en lugar de pen drive y su imprecisa fonética para un hispanoparlante? Y, del mismo modo, ¿por qué no conexión universal, o toma de conexión o puerto digital o qué se yo en vez de unas siglas cuyo significado, por si fuera poco, todos desconocemos?

La Academia justifica estos fichajes en la voluntad de «innovar» de sus miembros, una capacidad para la que parecen especialmente dotados algunos prebostes de nuestro idioma, caso de José Manuel Sánchez Ron, historiador de la Ciencia encargado de proponer pen drive, iniciativa que, por supuesto, le agradeceremos eternamente por lo que tiene de transgresora y super 'cool' y molona que te cagas.

Dice José Manuel Blecua, secretario de la Academia, filólogo, hijo y hermano de filólogos, que «el camino que precede a cada palabra que se añade al Diccionario es muy complejo». Así lo creíamos hasta que a estos venerables señores les entró este súbito afán (en mi pueblo se dice azogue) por no parecer unos carcas. Como esos jubilados alemanes con gorra y zapatillas de deporte a juego que montan en bici, rebosantes de ardor juvenil, por los paseos marítimos del sureste español.

Desde luego que no hay nada más simple —que creo que aún significa lo contrario de complejo— que bajar los brazos y dejar que la gente se exprese como mejor le convenga sin tener que atenerse a norma ni código alguno. De acuerdo, pero luego que no me vengan con monsergas sobre lo mal que hablamos los españoles, sobre las perversiones del lenguaje periodístico y sobre lo mucho que ustedes se preocupan por nuestro patrimonio lingüístico.

Una cosa es que yo le diga a mi mujer que es «superfashion of death», y que ella me entienda, y otra es que ambos pensemos que eso es español. «La salubridad del lenguaje —dijo también Steiner— es esencial para la conservación de una sociedad viva.» Y si la respuesta a la invasión de términos ingleses pasa por limitarnos a «legalizarlos», ya podemos también ir ahorrándonos los millones de euros que gastamos en llenar el mundo de institutos Cervantes en los que, al fin y al cabo, no se les enseñará a los estudiantes el español claro y preciso, sino la lengua de David Beckham (suponiendo que Beckham sepa lo que es un pen drive).

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