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| Ana Mendoza  (Agencia Efe)

Los académicos rinden homenaje al alfabeto en «Al pie de la letra»

Como si de un juego se tratara, los académicos de la Lengua glosan las letras de los sillones que, «por azar un poco misterioso», les ha correspondido ocupar y lo hacen en un libro singular, ampliado ahora con nuevos textos, que tiene que ver con «el mundo de la quimera, la fantasía y la erudición».

Portada del libro. Foto: ©RAE

Portada del libro. Foto: ©RAE

De azar, quimeras y fantasías hablaba hoy José María Merino, al presentar en la sede de la RAE Al pie de la letra. Geografía fantástica del alfabeto español, publicado por la Fundación José Manuel Lara con testimonios de 67 académicos, algunos ya fallecidos, y que, por primera vez, se pone a la venta. Las ilustraciones son del argentino Óscar Astromujoff.

Las ediciones que vieron la luz en el 2001 y en el 2007 tuvieron carácter no venal y circulación muy restringida.

Este «hermoso libro», como lo calificaba hoy el director de la RAE, José Manuel Blecua, forma parte de la conmemoración del III centenario de la Academia y constituye «una ingeniosa aproximación» a la letra de cada académico, señalaba Darío Villanueva, secretario de la RAE, que en su letra, la «D» mayúscula, se ha permitido el lujo de no utilizarla a lo largo de todo el texto que firma.

Las letras, dice Manuel Seco en el capítulo de la «A», «son las manos y los pies de nuestros mensajes escritos. Sin ellas no existiría nuestra cultura».

Para Luis Goytisolo, la «C» está en «palabras de la vida» como «cuerpo, corazón y cerebro», y forma parte de «palabras fuertes» como «carajo, culo o cojones», términos que «todo el mundo dice pero que a muchos escritores les da un no sé qué escribir».

Al «culo» alude también Camilo José Cela en su defensa de la letra «Q», por la que siente una «insólita reverencia» ¿El motivo? Pues que esa letra, «léase cu, mayúscula, es la silla académica donde cada jueves asiento mi cu, tradúzcase culo, y ya se sabe que de bien nacidos es ser agradecidos».

Miguel Delibes, que ocupó el sillón «e», decía que quienes se dedican a la narración, aquellos que construyen «historias de hombres, paisajes y pasiones», responden mejor «al título de hombres de palabras más que al frecuente y pomposo de hombres de letras».

Esa misma «e» minúscula es para el latinista Juan Gil «tan “excelente” como “excepcional”, ya que, sin “español”, no existiría la RAE».

José Hierro se mete en el interior de la «G» y escribe: «Miradme. Admiradme. Envidiadme. Desafío el riesgo de parecer vanidosa vestida de gala».

Para su sucesor en ese mismo sillón, José Manuel Sánchez Ron, nadie negará que la «G» «domina todas las Gracias, ni que tiene Gusto (…). No es Guerrera, aunque podría serlo, pero sí Guapa. Y también es, ¿cómo negarlo?, un poco Gorda».

La novelista Soledad Puértolas («g») sorprenderá a más de uno con diez poemas en los que está muy presente la letra de su sillón.

Como decía Martín de Riquer, la «H» es la letra que «más antipatías ha suscitado», algo en lo que coincide Blecua, el actual ocupante de la «h» minúscula, que termina su elogio con una greguería de Gómez de la Serna: «El hambre del hambriento no tiene “hache”. ¡Con filigranas al hambre verdadera! El “ambre”, si es verdadera “ambre”, se ha comido la hache».

Claudio Rodríguez decía que la «I» «suena a algo susurrado, a algo que no acaba», y su sucesor, Luis Mateo Díez, fabula sobre «la I de la Imaginación».

Para el aragonés Pedro Laín Entralgo, ninguna letra mejor que la «jota» minúscula que le correspondió en la Academia, una letra que a Álvaro Pombo le molestó que fuese la que presidiera su sillón: «¿Acaso tengo yo —dije entre mí— cuerpo de “j”?»

La «m» del sillón de José María Merino le sugiere palabras que hacen «resonar un eco singular en la literatura y en la vida», como madre y música, mar, melancolía, memoria, mestizaje, mito o muerte.

Carme Riera («n») termina así su glosa: «De la “n” minúscula me gustan muchas cosas, pero la que más, su forma de puente, ahora que tanta falta nos hacen en nuestro país».

A Antonio Muñoz Molina le encanta la «u» minúscula de su sillón. Va bien con su carácter y «aparecía en los cuentos de miedo» que le contaban de niño.

Este «sorprendente libro» termina con el testimonio de Francisco Ayala, para quien fue «una ironía amable y zumbona» ocupar la letra «Z» porque, como le sucede a muchos andaluces, canarios y muchos latinoamericanos, la pronunciaba de forma seseante. Dejó de preocuparle el asunto cuando vio que la RAE considera correcta esa pronunciación.

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