Noticias del español

| |

| Antonio José Mialdea
diariocordoba.com
Jueves, 2 de agosto del 2007

LO FEMENINO Y EL ESPAÑOL

Lo mejor que tiene la perplejidad es que carece de límites. Así me lo mostró hace unos días la teóloga Lucía Ramón al enseñarme una «joyita» de nuestro diccionario de la Real Academia. Y es que hoy, en nuestro siglo XXI de tanta cibercultura, cibernética y cibertecnología y en el que además está tan de moda lo español, la lengua española, de la que se afirma su extraordinaria expansión, por la que se celebran congresos internacionales con un fortísimo despliegue mediático, todavía es posible encontrar significados de nuestras propias palabras que parecen no haber avanzado desde tiempos inmemoriales, significados que parecen no haber hallado su cibervía.


Este es el caso de términos como femenino, feminidad o mujer. Vamos a concentrar nuestra atención únicamente en uno de ellos: el término femenino. La cuarta acepción del término femenino dice: 'dotado de órganos para ser fecundado'. Y la sexta acepción: 'débil, endeble'. Para la primera de las acepciones propuestas, si me apuran, podríamos encontrar hasta una justificación puramente biológica; para la segunda, difícilmente se puede encontrar justificación alguna; es más, me parece incluso aberrante el mero hecho de que aparezcan a estas alturas de nuestra historia significados de tal calibre en el que para definir lo femenino se sigan admitiendo estos requiebros ancestrales de nuestra lengua matria que identifican lo femenino con la debilidad. Cierto es que estas dos acepciones concretas, que se tendrían que eliminar del DRAE y conservar si se quiere únicamente en el diccionario histórico del español, nacen en un momento de nuestra cultura occidental en el que mujer y mal designan prácticamente la misma realidad y, por tanto, el nacimiento de estos significados se pudo haber considerado hasta magnánimo si lo comparamos con textos de los siglos XVII, XVIII y XIX en los que se define lo que es una mujer. Sin embargo, a estas alturas de luchas de género y de progreso en la igualdad, no se puede consentir que la lengua no sea precisamente la que contribuya en primer lugar a la consecución de estas cotas. Admitimos que nuestro diccionario oficial vaya con cierto retraso respecto del uso que de la lengua hacemos sus hablantes, pero no podemos pasar por alto lo que ya carece de sentido.

Los filólogos y filólogas tienen mucho que decir a este respecto pero sobre todo no estaría de más que nuestros ilustres y nuestras ilustres académicas de la lengua revisen alguna vez la Carta magna de nuestra lengua y que no se dediquen únicamente a dar el visto bueno a las reimpresiones. Quiero creer que todavía recuerdan la diferencia que existe entre reimprimir y reeditar y que, por supuesto, no se han olvidado del famoso «limpia, fija y da esplendor».

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: