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| Caius Apicius

¿LO DELICADO ES EL NOMBRE?

«Si es o no invención moderna / vive Dios que no lo sé; / pero delicada fue / la invención de la taberna.»


Así lo dejó escrito, en el siglo XVI, el poeta sevillano Baltasar del Alcázar en su poema La cena. Ha pasado su tiempo, han cambiado, y cómo, las tabernas… y ahora resulta que lo «delicado» es buscarles otro nombre, seguramente porque las tabernas han tenido una fama no precisamente halagüeña.

Una taberna, nos recuerda el Diccionario, es un 'establecimiento público, de carácter popular, donde se sirven y expenden bebidas y, a veces, se sirven comidas'. No pierdan de vista el matiz «de carácter popular». Insatisfechos con esa definición, acudimos al Diccionario del uso del español, de María Moliner, que se explaya más: una taberna, escribe, es un 'local público modesto donde se vende vino y otras bebidas, especialmente para beberlas en él; y, en algunos casos, también comidas'. Subrayemos lo de «modesto»… porque a continuación doña María añade: 'también se llaman así algunos de esta última clase (los que dan de comer, recordemos) frecuentados por personas no precisamente modestas'.

Y eso que doña María Moliner falleció en 1981… porque habría que ver lo que diría hoy de nuestras tabernas. Claro que… a lo mejor no decía nada, porque ya casi ninguna se llama taberna; parece que el nombre desmerece la categoría —o presunta categoría— del establecimiento. Lo que está claro es que los precios de ahora no son, precisamente, ni «modestos» ni «de carácter popular», de modo que hay que buscarse otra denominación.

Muchos de ustedes recordarán la eclosión de lo que se dio en llamar bares de copas. A muchos, entre los que me incluyo, nos pareció una redundancia innecesaria; por esa regla de tres, podríamos hablar de librerías de libros. Pero luego, pensándolo bien, vimos que el nombre estaba bien puesto. Un bar de copas pasó a ser un local de horario más nocturno que diurno, en el que se bebían justamente copas —no de vino, por desgracia— en un ambiente marcado por el volumen de la música, que hacía imposible toda conversación; en eso se diferenciaron de aquellos acogedores y cómodos pubs en los que la música era un agradable fondo que permitía charlar, que era a lo que se iba.

Vinieron luego los bares de vinos. Los saludamos con entusiasmo. Lugares en los que se podían beber vinos de muy distintas procedencias y categorías, sin tener que someterse al capricho del propietario de un bar convencional y a sus conveniencias. Cierto que el precio del vino en un bar de vinos se fue disparando poco a poco, pero siguieron valiendo la pena, porque la oferta subió en calidad y cantidad de opciones. Quiten ustedes las citadas referencias del DRAE y Moliner a la categoría social del establecimiento… y verán que estamos, pura y simplemente, hablando de tabernas.

Que algunos dieron en llamar enotecas. Chapeau para el primero. Pero… nunca me gustó mucho; y, en efecto, si van al Diccionario, verán que el sufijo -teca, procedente de un vocablo griego que vale por caja, significa 'lugar en que se guarda algo'. No creo que haya nada más contraproducente para un tabernero que guardar sus vinos y, como mucho, montar con ellos una exposición… en lugar de venderlos. O sea: enoteca tampoco me vale.

Viene ahora un hijo de la crisis: el gastrobar. En cuanto le ponemos a algo el prefijo gastro- parece que la cosa empieza a sonar a alta cocina. Bueno, un gastrobar es, digamos, un bar de tapas en el que se sirven platos de cocina elaborada, de lo que se suele entender, y ahora no entraremos en si con razón o no, por alta cocina. Fueron una respuesta que algunos cocineros dieron a la actual crisis: bajar precios, servir tapas y raciones y esperar que su nombre —el de ellos— y el dado al establecimiento hagan que la afluencia de público les sea rentable. Sinceramente, el nombre no me parece afortunado… aunque sé que es muy probable que acabe triunfando, porque padrinos, y de los muy mediáticos, no le faltan.

Qué quieren que les diga. Sigo prefiriendo llamar a las cosas por su nombre, sobre todo si el nombre es tan ilustre literariamente como el que nos ocupa. De manera que al establecimiento en el que se sirven vinos, preferentemente para beberlos allí —en tiempos de Baltasar del Alcázar la gente «bien» mandaba a la taberna a comprar el vino para casa, no para beberlo allí—, y se puede comer algo, sean tapas o raciones, no es para mí ni un gastrobar, ni una enoteca, ni un wine bar —qué horror—, ni siquiera un bar de vinos. Es, sencillamente, una taberna; todo lo elegante que se quiera y se pueda, pero una taberna.

Sí, taberna, como cantaba el propio Alcázar, que no era un tiquismiquis, «porque allí llego sediento; / pido vino, de lo nuevo; / mídenlo, dánmelo, bébolo / págolo… y voyme contento». Que es, esto último, de lo que se trata. (Efe)

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