Noticias del español

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| Lucila Castro
Lanacion.com (Argentina)
Lunes, 14 de Agosto del 2006

«LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR»

Diálogo semanal con los lectores


«Tanto en su respuesta al señor Asher Benatar como al doctor Adolfo M. Aguilera, usted recalcó que el papel de la Real Academia Española no es el de conservar la pureza del lenguaje ni señalar el correcto empleo de las palabras, sino el de registrar e incorporar los usos que van apareciendo con el tiempo.


La experiencia demuestra que el uso que las palabras van adquiriendo es frecuentemente una distorsión del sentido original y que incluso la ortografía se va desdibujando (por ejemplo, ahora se ve seguido "ojear un libro" en lugar de hojear e injerencia en vez de ingerencia). Podría predecirse que, a medida que se generalice el empobrecimiento del lenguaje, ese será nuestro idioma y se perderá entonces la riqueza que lo caracterizaba», escribe Gloria B. Vodanovich Casañas.

«¿Ese fue siempre el papel de la Real Academia o es que ahora se ha resignado al de "registrar el uso de la comunidad hablante"?», finaliza.

Aclaremos, en primer lugar, que la palabra injerencia se escribe con jota porque no deriva de ingerir (el sustantivo correspondiente a ingerir es ingestión ), sino de injerir , que es lo mismo que injertar . Injerir viene del latín inserere (palabra esdrújula) e injertar , de insertare , y en latín insertare deriva de inserere .

En cuanto al «papel» de la Academia, nadie dice que ha renunciado a «conservar la pureza del lenguaje» y «señalar el correcto empleo de las palabras». Pero ¿cómo lo hace? Ni las academias ni los lingüistas en general son autoridades que por decreto dictan normas a las que los hablantes deban atenerse. La norma se extrae, por inducción, de los hechos de habla. Una vez registrado lo normal, es decir, extraídos los principios que rigen el funcionamiento de la lengua, puede señalarse lo anormal, lo que se aparta de esos principios.

El primer diccionario de la Academia, publicado en seis volúmenes entre 1726 y 1739, es conocido como Diccionario de autoridades. Se lo conoce por ese nombre porque los artículos están ilustrados con citas de autores considerados modelos. Las autoridades no son los académicos que caprichosamente redactan una definición o enuncian una norma, sino los autores que, con sus hechos de habla, «autorizan» que la voz se defina así y la norma se enuncie de tal manera.

En ediciones posteriores, la Academia redujo el Diccionario a un solo volumen y eliminó las citas de autores. Pero, aunque no sistemáticamente, sigue incluyendo ejemplos y sus obras normativas se ilustran siempre con ejemplos y citas, no solo para mostrar lo que se considera correcto, sino también para señalar lo que se aparta de la norma. Y su divisa sigue siendo «Limpia, fija y da esplendor».

¿Invasión?

Desde Rosario, escribe Pelayo Ariel Labrada:

«Observo en el Diccionario de la Real Academia palabras como soufflé, souvenir, tour, tournée, calificadas como voces francesas, y sexy, short, slip, show, sport, spray, stand, standing, inglesas, todas impresas en bastardilla. Es evidente que son palabras extranjeras que no han sido castellanizadas, pero me intriga el hecho de que estén incorporadas en el diccionario oficial de nuestra lengua. ¿Qué significa? ¿Está admitido su uso de esa forma?»

Con la incorporación de estas palabras, la Academia reconoce que se usan en el habla corriente. Muchas no tienen equivalentes exactos en español o, si los tienen, han dejado de usarse, reemplazados por las voces extranjeras, y algunas se registran solo en determinadas acepciones (no en todas las que tienen en su lengua original), que son las que se emplean entre nosotros. Por ejemplo, sport, en el sentido general de deporte, ha caído en desuso y así lo señala el DRAE; en cambio, se usa sport y no deporte hablando de una prenda de vestir. Por eso es útil que estas palabras figuren en un diccionario de la lengua española: si las buscáramos en uno de su lengua de origen, nos enteraríamos de su significado en esa lengua, pero no de cómo las usan los hispanohablantes. Pero hay palabras extranjeras que son absolutamente innecesarias y la Academia recomienda no emplearlas. Si no queremos que figuren tantas voces extranjeras en el DRAE, no las usemos.

Sin privilegios

Escribe Juan Pablo Fernández: «En el suplemento Enfoques del día 6, en la nota sobre los decretos de necesidad y urgencia, se utiliza como sinónimo de Constitución Nacional la fórmula "Carta Magna". Conociendo aquel documento inglés del siglo XIII firmado por el rey Juan sin Tierra, ¿no sería preferible utilizar como sinónimo, por ejemplo, "Ley Fundamental"? De esa forma quedaría resaltado el carácter democrático de la Constitución, contra el sesgo autoritario que emana de cualquier decisión unilateral establecida sin debate público, como son, precisamente, los DNU».

La locución carta magna se usa tanto que hasta la Academia la tiene registrada en el Diccionario , definida como «constitución escrita o código fundamental de un Estado». Pero en verdad es una impropiedad histórica, pues aquel documento que los barones ingleses le arrancaron a Juan sin Tierra en 1215, y que garantizaba los privilegios feudales, no es una constitución. Su uso actual nació sin duda del empeño de algún escribidor temeroso de repetir palabras. La expresión ley fundamental es más descriptiva y apropiada. Pero ¿por qué no llamar al pan «pan» y a la Constitución «Constitución»?

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