Noticias del español

| |

| Miriam Velázquez Rodríguez
giron.co.cu, Cuba
Martes, 26 de octubre del 2010

LÉXICO A LA DERIVA

¡Qué fula! Repite mi hija adolescente cada vez que la corrijo por un mal comportamiento. La misma frase utiliza cuando algo no resulta de su agrado. La acuña en decenas de ocasiones, pese a haberle advertido en muchas de ellas sobre el tono vulgar de esa expresión.


Aún así creo que —para no molestarme— ella intenta no decirla, pero el ¡qué fula!, se escapa, se le va sin proponérselo. Así ocurre desde que en la telenovela cubana Aquí estamos, dicho término transcendiera de ser el modo corriente de nombrar al peso convertible para llamar, además, a quien actúa de manera molestosa o persistente.

No representa mi hija un caso aislado. Los chicos que la rodean, en su mayoría, emplean locuciones similares. El fenómeno no es nuevo. La manera en que se atenta contra el idioma español en nuestro país constituye, desde hace muchos años, motivo de preocupación para sociólogos, lingüistas, pedagogos y para quienes apuestan por el respeto a las normas de la lengua.

Aunque la jerga de adolescentes y jóvenes responde más a su edad que a la cultura, pues con los años esos términos suelen desaparecer de su hablar cotidiano, sí resulta inquietante la pobreza léxica que denotan y denotarán por siempre al no apropiarse de un vocabulario rico en matices y acepciones. Repitirán, asimismo, los mismos vocablos al desconocer otros.

Igual sucede con la dicción. La d entre vocales o al final de las palabras pareciera estar en extinción. Así, por ejemplo, escuchamos está escapa’o, qué vola’o, paré y verda’. Frecuentes, además, los cambios de r por l, o la omisión de la s.

En un artículo publicado en el diario Granma, el 20 de agosto último, el reconocido escritor Miguel Barnet exponía a propósito del tema cómo algunos términos de raíces africanas como asere y ecobio, se usan hoy aquí de manera habitual y no necesariamente en el argot marginal. Forman parte de nuestra cultura, a partir del nuevo valor semántico adquirido. Todo ello dado por ese ajiaco etimológico, fruto de un largo proceso de cocción que nos identifica como comunidad lingüística cubana. Sin embargo, invoca por un equilibrio que dignifique el modo en que hablamos, en que nos expresarnos.

«El mundo de las palabras crea el mundo de los valores y de las cosas», decía. «Y es el espejo donde obligatoriamente nos miramos a diario y también desde donde nos miran». Con esta consideración nos lanza la necesaria piedra de la advertencia sobre un asunto que nos convoca a pensar, a buscar métodos y vías en pos de cambiar el panorama.

Si bien a la ortografía, por su importante función, se le ha intentado otorgar su lugar en los planes de estudio educacionales, igual debiera suceder con la enseñanza del léxico. Pero, este propósito no debe solo circunscribirse a la labor del maestro. Nuestros niños y jóvenes en su hablar reciben la influencia también del hogar y del barrio donde se desenvuelven.

Es, sin dudas, una cuestión que nos atañe a todos, incluidos los medios de comunicación masiva, pues si ciertamente Aquí estamos, tuvo como finalidad mostrar el lado oscuro de la sociedad cubana, quién puede responder hasta cuándo nuestros jóvenes estarán llamando ‘fulas’ a sus propios compañeros.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: