Noticias del español

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Magí Camps

www.lavanguardia.com

Lunes, 20 de febrero del 2012

LETRA PEQUEÑA: LA FLAUTA YA NO SUENA POR CASUALIDAD


Los 'yayoflautas' han convertido el instrumento de viento en la hoz o el martillo actuales


Mucha gente los llama despectivamente piojosos, pero la costumbre de bautizar a las tribus —urbanas o rurales— ha hecho que se los empezara a conocer como bongoperros o perroflautas. Lucen una imagen despreocupada, con ropas anchas de algodón, a menudo con rastas, con un instrumento bajo el brazo —un bongo, un tambor, una flauta…—, un andar pausado pero con ritmo y, al lado, indefectiblemente, un perro. 

 

Los dos nombres populares, con una buena carga de desprecio en sus connotaciones, se formaron como palabras compuestas pero no con relación de significado —como aguafiestas o meapilas—, sino por adición de dos de los elementos dispersos que los caracterizan; en ningún caso faltó el perro. Finalmente, los bongoperros perdieron la batalla léxica a favor de los perroflautas.

 

Cuando en La Vanguardia, hace un año y medio, empezamos a trabajar en el libro de estilo en catalán, nos encontramos con que no había un equivalente arraigado para denominarlos. El lenguaje popular, la jerga juvenil, incluso los tacos que se utilizan en catalán son, muchas veces, tomados a la brava del castellano. Con a la brava quiero decir sin adaptación, pronunciándolos, si hace falta, con la fonética castellana.

 

Por ello, a raíz de una lluvia de ideas, y desestimando el quissoflabiol (que aunque intentaba alejarse del castellano no dejaba de ser el mismo calco que gosflauta), Julià Guillamon propuso rastaflauta, un invento que perdía el perro pero que ganaba la rasta, cuya erre mantiene la sonoridad. Y lo adoptamos.

  

Ahora asoman los yayoflautas. Para sus acciones reivindicativas les ha parecido adecuado bautizarse con una palabra que recuerda a los perroflautas. Ellos mismos explican que fue Esperanza Aguirre quien les dio la idea cuando hizo unas declaraciones cargadas de desprecio hacia los acampados en la Puerta del Sol y no se le ocurrió un insulto mejor que denominarlos así. Los jubilados yayofláuticos (invención que aparece en su web) han tomado la palabra que más suena, la flauta, y la han mantenido como lexema de referencia.

 

Teníamos perroflautas, nos ingeniamos los rastaflautes y ahora se suman los venerables yayoflautas, sucesión evolutiva que otorga a la flauta —instrumento dulce por naturaleza— un sentido reivindicativo, de revuelta, de rechazo de la convención establecida. Es la nueva hoz o el nuevo martillo. Y aquí la flauta ya no suena por casualidad

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