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| El Blog de Librosenred
Lunes, 28 de septiembre del 2009

LENGUAJE Y GÉNERO: EL CASO DE LEMEBEL

La lengua existe, entre otras cosas, como sistema de signos de los que nos apropiamos cada vez que tomamos la palabra (en el habla o la escritura) mediante diferentes procedimientos.


Lo hacemos cuando conjugamos los verbos según nuestra circunstancia y entonces organizamos la enunciación desde nuestro centro yo-aquí-ahora; lo hacemos cuando usamos ciertos índices de tiempo o espacio, como «ayer», «eso», «después» —todas expresiones cuya referencia depende de la situación de habla—; o cuando tomamos, de entre todo el léxico, las palabras y estructuras que más nos sirven para expresar lo que queremos.

Las posibilidades que ofrece el lenguaje son muchas y eso nos da un amplio margen para la elección personal: hay quienes tienen un estilo más barroco y recargado, hay quienes son llanos y breves, hay quienes prefieren un tono coloquial… Sin embargo, solemos usar la lengua de forma previsible y bastante elemental. La mayoría de nosotros innova poco: a lo sumo, sugiere alguno que otro neologismo para dar cuenta de una realidad novedosa (el caso de «chatear»), siempre que consiga una extensa aceptación de parte de los demás.

Pero hay una minoría que se distingue por usar el lenguaje de forma diferente, sorpresiva, inédita: los escritores. Los escritores llevan el lenguaje a sus extremos, lo fuerzan para hacerle transmitir contenidos que antes no había podido decir, lo moldean para adaptarlo a nuevas ideas. Claro que los escritores tienen, además, otras especialidades: deben plantear historias con cierto encanto, cierto ritmo, cierta profundidad. Pero su especialidad es el manejo hábil, y muchas veces audaz, del lenguaje.

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