Noticias del español

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| Bernardo Acosta
Diario Hoy (Quito, Ecuador)
Miércoles, 9 de Mayo del 2007

LENGUAJE Y ÉPOCA

Nuestro lenguaje es dinámico. A alguien se le ocurrió utilizar la palabra «joder» como sinónimo de fastidiar o destrozar. Y así este neologismo fue entrando en nuestro coloquio al punto que el ex presidente Gustavo Noboa no dudó en pronunciar su célebre «¡nadie me jode el país!», cuando este verbo también significa «practicar el coito».


En un medio donde cualquier excusa es válida, resulta más fácil echar la culpa al resto. «¿Por qué no hiciste los deberes, hijo?», indaga la madre. «Porque la profesora no me explicó bien», responde el muchacho. «¿Cuál es el motivo para invadir Iraq?», nos cuestionábamos la gran mayoría de la humanidad a inicios del 2003. «Porque tienen armas de destrucción masiva», alegaba alguien que necesitaba una cabeza de turco después de que un grupo bélico había burlado la seguridad interna de su país, año y medio atrás. «¿Por qué somos pobres?», pregunta la vasta mayoría de los latinoamericanos. «Por el imperio», responden Chávez y compañía. Así, el coronel y sus acólitos reconocen que «la organización política del Estado regido por un emperador» es la causa de esta aflicción, pero hábilmente logran que esta definición aluda al supuesto abuso de los EE. UU., mas no a su propio proceder. Al entrar en el terreno de la política, un muchacho, como diría Chávez, patentó el término «partidocracia». De este modo, «la tiranía de los partidos» —como se podría entenderlo— y otros nuevos vocablos como «pelucones», «pelagatos» y hasta unos apellidos se sumaron a la vieja lista de las palabras que matan el debate, donde destacan «oligarquía» y «neoliberal». Solo basta con tildar a alguien de «mafioso» para que todos sus argumentos pierdan valor. Esta clase de simplificaciones convierten al mundo en un polo norte y otro sur, opacando así una esfera más compleja, compuesta por diferentes latitudes. En vez de debatir y fomentar el uso de la razón, con este lenguaje el gobernante ha profundizado esa práctica tan nociva de descalificar y atacar a las emociones.

«La reactivación productiva» es una oración tan incrustada en nuestra dicción que resulta tan común como errada. Como no se puede reactivar lo que nunca estuvo activo, el término «reactivación» solo se aplica a una economía en recesión. A pesar de que la economía ecuatoriana no ha estado en recesión en lo que va del milenio y actualmente registra el nivel de producción más alto de su historia, populistas y charlatanes de la economía recurren al uso constante de esta cláusula trillada. ¿De qué reactivación hablarán? ¿Querrán decir crecimiento?

Los informes del último trimestre del Banco Central alertan de que «existe una disminución de la velocidad de crecimiento económico». Parece que pronto, finalmente, habrá que «reactivar» la economía. Entonces, con los fondos de reserva que dejó la «partidocracia», pero ya libre de ella, observaremos si el «imperio» es tan eficiente para salir de la recesión como parece ser para entrar en ella, o si este no es más que el inicio de otra época «jodida».

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