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Lunes, 25 de enero del 2010

LENGUAJE QUE TE HICIMOS MAL…

Mientras que algunos estudiosos en el tema opinan que hay una mediocridad aplastante del lenguaje, sobre todo en los medios de comunicación, otros difieren al decir que no hay una decadencia del lenguaje y que el cambio del mismo es el necesario cambio de una instancia viva.


El lenguaje es parte de nuestra identidad. Con él nos identificamos, nos comunicamos, nos expresamos, opinamos, elegimos, denunciamos, nos liberamos. El escritor alemán Thomas Mann había dicho: «Grande es el misterio del lenguaje; la responsabilidad ante un idioma y su pureza es de cualidad simbólica y espiritual; responsabilidad que no lo es meramente en sentido estético. La responsabilidad ante el idioma es, en esencia, responsabilidad humana».

Toda nación se constituye alrededor de su lenguaje. Cada país tiene su característica lingüística que lo hace único. Cruzamos los Andes y nos encontramos con la tonada chilena; atravesamos el Río de La Plata y nos encontramos con el «tú sabés» (sic) tan particular de los uruguayos. Los argentinos, además, tenemos dentro del mismo territorio diferencias en la manera de hablar. Los cordobeses con su tonada y los porteños con su lunfardo, se disputan el cetro cultural de la Argentina. Pero están las interminables «eses» de los santiagueños, la tonada guaraní del Litoral, la cadencia norteña, la suavidad del Sur.

Y el lunfardo, claro. Ese lunfardo que fue traído por los inmigrantes y que, según Borges bastardeaba el idioma, introduciendo en el habla «culta» las expresiones verbales «canalla» y «hermético» del submundo carcelario. Es interesante recordar, para ilustrar el tema, que un elevado número de palabras que provienen del lunfardo son de origen italiano: «bagayo, fiaca, mufa, yirar, yeta», y muchas otras.

El presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Barcia, hace una comparación poco feliz al decir que «el lenguaje es una mujer golpeada».

Ivonne Bordelois, ganadora del Premio Ensayo 2005 de La Nación, aseguró que «la lengua no es parte de la cultura, porque trasciende culturas en espacio y en tiempo». Hoy podemos disfrutar de la lectura contemporánea y a su vez leer romances medievales del siglo XIX.

La extensión del español

Al hablar del español estamos hablando de una lengua oficial en veinte países que participan en organismos internacionales. El español es una de las seis lenguas de trabajo de las Naciones Unidas, y en la Unión Europea es una de las once lenguas comunitarias.

La España del siglo XX ha perdido las cuatro batallas lingüísticas fundamentales que separaban el dialecto peninsular del habla general latinoamericana: el voseo (reemplazo del «tú» por el «vos»), el loísmo (reemplazo de «le miro» por «lo miro»), el seseo (ausencia de distinción fonética entre «caza» y «casa») y la pérdida del «vosotros» por el «ustedes». Sin contar la infinidad de arcaísmos, indigenismos y regionalismos aceptados por la Real Academia Española.

Cuando se le preguntó al presidente de la Real Academia dónde se habla el mejor español, respondió: «Depende. Si se trata del mejor español arcaico, en los llanos altos de Bolivia; si se habla del más puro dentro de la modernidad, en Colombia».

También agregó algo curioso y a la vez verdadero: «Es ridículo pensar que desde España, donde residimos menos del diez por ciento de la totalidad de los hispanohablantes del mundo, podemos regir el destino del español».

Por otro lado, bien sabido es que el inglés ha invadido a los países hispanohablantes, sobre todo el nuestro. Buenos Aires es una de las capitales latinoamericanas donde más se han importado términos ingleses: sales, outlets, parking.

Como una señal de elegancia, de superioridad, se contratan baby-sitters, chateamos y mandamos e-mails. Para pedir comida llamamos al delivery, hacemos marketing, contratamos a un personal trainer y somos fashion si estamos a la moda. Ah, claro, y está todo lo que es cool.

Un estudio reciente señala que un hombre culto en la Argentina maneja entre tres mil y tres mil quinientas palabras frente a cien anglicismos; un universitario de 25 años, entre mil doscientas y mil quinientas frente a setenta anglicismos; pero un adolescente usa alrededor de seiscientos vocablos y posiblemente sesenta anglicismos. Esto nos muestra que mientras la extensión del vocabulario decrece, el porcentaje de anglicismos va subiendo.

El inolvidable Fontanarrosa decía en un texto: «En esta época de globalización, aggiornate o quedás afuera. Argentina no es la misma. Ahora es mucho más moderna. (…) Los chicos leían revistas en vez de 'comics', los jóvenes hacían asaltos en vez de 'parties', los empresarios hacían negocios en vez de 'business' y los obreros a mediodía sacaban las fiambrera en lugar del 'tupper' (…) Las cosas, en otro idioma, mejoran mucho y tienen mayor presencia».

Coincido con Ivonne Bordelois cuando dice que no es el lenguaje lo que está en crisis. Los que estamos en crisis somos nosotros, al permitir que esta garantía de nuestra identidad sea saqueada permanentemente. Pero nos queda el consuelo de la poesía, corona más alta del lenguaje. El premio Nobel de Literatura J.M. Coetzee honra a este estilo literario: «Es por eso que les animo a que lean a los poetas que devuelven al lenguaje ese ser viviente y eléctrico».

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