Noticias del español

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| Magí Camps
La Vanguardia, España
Sábado, 22 de agosto del 2009

LENGUAJE HUECO

En la época de la tele en blanco y negro, el hombre del tiempo solía echar mano de frases como: «Caerán precipitaciones en forma de nieve» en el tercio norte de la Península, ¿recuerdan? Una frase de seis palabras en lugar de una única palabra: «nevará». La retórica, en el sentido negativo de la palabra, siempre ha sido enemiga de la claridad comunicativa.


Cuando uno va al médico porque tiene anginas, el facultativo diagnostica que padece amigdalitis. La palabra precisa denota conocimiento, pulcritud en el habla, preocupación por una buena comprensión del receptor, en definitiva: inteligencia. Pero la era de los medios de comunicación de masas ha modificado este rasero: ya no se trata tanto de recurrir a la palabra precisa, como de hablar dando la sensación de que sabemos mucho, dominamos la cuestión y disponemos de todas las soluciones necesarias. Lo que se conoce como palabrería, bla-bla-bla o, en versión refrán, mucho ruido y pocas nueces. En eso han caído numerosos programas televisivos de entretenimiento.

Pero el tsunami del hablar mucho y decir poco ha llegado ya hace tiempo a la clase política. Alguien se puede preguntar dónde están los grandes oradores de antaño, pero tampoco es eso. No es necesario recuperar aquellas entonaciones inflamadas, aquellos cuerpos avanzados hacia el vacío, aquella retórica que también, en ocasiones, tenía más envoltorio que contenido.

El problema de hoy no es tanto el tono, a veces monótono hasta el adormilamiento, como la gramática. Y de la gramática, dos aspectos: la sintaxis y la semántica. De la primera, ¿quién se atreve hoy con una buena frase subordinada compleja? ¿Cuántos, en el espacio bilingüe que es Catalunya, saben hilvanar un cuyo de manera espontánea?

Sin embargo, donde la cuestión deviene dramática es en la semántica. La pobreza léxica en la que nadamos ha alumbrado un fenómeno que, aunque no es nuevo, sí que es preocupante, porque la población afectada es gente de carrera. El fenómeno funciona del siguiente modo: al oír una palabra al vuelo de sonido atractivo, incluso evocador —pero de la que se desconoce el significado—, el sujeto en cuestión la memoriza y, a las primeras de cambio, la suelta impunemente. El resultado es que nadie entiende nada, pero como el emisor parte de la base de que quienes lo escuchan son de menor inteligencia que él, piensa que el hecho de que no le entiendan añadirá un aura de sapiencia a su figura. El engaño cuela, evidentemente. Porque entre los receptores algunos tomarán el relevo para repetir la misma palabra desubicada en un efecto multiplicador de la estulticia. Pero para los que conozcan el sentido preciso, la pretendida aura más bien serán unas orejas de burro.

Entre las estrategias más viejas de la publicidad reina la máxima de que cambiarle el nombre a algo ya existente —en especial si no ha funcionado comercialmente— lo convierte de un modo mágico en algo nuevo. El Ayuntamiento de Barcelona, por ejemplo, no poda los árboles, sino que hace «actuaciones en el arbolado». Cualquier día veremos a una troupe de saltimbanquis a sueldo del consistorio saltando de árbol en árbol. Y aún otra frase magnífica: «pacificación del tráfico»; ni que los ciudadanos condujeran carros de combate por las calles de la ciudad. O la sostenibilidad. Al lado de los ascensores sostenibles y la arquitectura sostenible cualquier día inventan unos sostenes sostenibles.

Las figuras retóricas como la hipérbole o la auxesis —el empleo de un término altisonante en lugar de la palabra pertinente— deberían reservarse para propósitos más nobles que el de enredar al personal.

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