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| La Gaceta, Tucumán (Argentina)
Lunes, 31 de julio del 2006

LENGUAJE DE LOS MENSAJES DE TEXTO

Es común ver en la calle o en los colectivos personas con la mirada fija en el celular y con rápidos movimientos del pulgar. En el país, se envían 18 millones de mensajes diarios; un fenómeno que da vueltas al mundo.


Son las palomas mensajeras del siglo XXI. Sirven para no tener que bajar del auto a tocar el timbre. Para saludarse en la cancha. O para encontrarse en un boliche. ¡Ah! y también, para hablar. Pero, por sobre todas las utilidades, los celulares son usados para enviar y recibir mensajes de texto SMS (siglas de la expresión inglesa short message system). El lenguaje de las misivas que viajan a través de los teléfonos móviles se ha convertido en un fenómeno.

Según la consultora «Prince and Cook», cada día se envían en el país 18 millones de mensajes. Los usuarios recurren a las misivas porque son más baratas que las llamadas telefónicas y, además, porque ya se acostumbraron a hablar más con el pulgar que con sus cuerdas vocales. Los mensajes en las pantallitas generaron una nueva forma de comunicarse que fue adoptada especialmente por los jóvenes.

Es que la literatura no hace otra cosa que reflejar lo que ocurre en la vida real. Rápido. Informal. Y confuso hasta para quienes lo usan. Así es el nuevo código lingüístico.

Puristas, abstenerse

Es licenciado en Historia y Antropología Social y Cultural. También dirige el Observatorio para la Cibersociedad. Y, además, escribió “Género Chat“, el libro que se convirtió en una suerte de Biblia sobre la cibercultura. Desde el otro lado del atlántico, Joan Mayans i Planells dialogó con LA GACETA. El investigador español esboza una explicación para estas dejadeces gramaticales.

«Cientos de personas tecleándose palabras las unas a las otras. ¿Se imaginan lo que pueden ser esas frases? Más de un sesudo filólogo o lingüista se mesaría las barbas con nerviosismo al observarlo», describe.

Mayans i Planells abre aún más el zoom de su enfoque y explica que prima la velocidad de expresión. «Por eso los usuarios están obligados a reducir la cantidad de teclas a pulsar», concluye.

Búsqueda de mayor expresividad. Penetración de la oralidad en la lengua escrita. Y negociados publicitarios son algunas de las consecuencias, entre apocalípticas y prometedoras, de esta nueva tendencia.

Del celular al aula

El problema es que las expresiones en las que vale todo, los acentos y las mayúsculas no existen, la letra k eliminó a la c del abecedario, los números reemplazan palabras y las vocales se eliminan en medio de las consonantes, ya han trascendido el marco de la pantalla del móvil y de los chats. Los jóvenes empezaron a usar el mismo código en sus exámenes.

En Tucumán, los adolescentes comenzaron a utilizar el lenguaje del chat en los exámenes escolares. «Apostrofan con regularidad. En lugar de qué, para qué y por qué, escriben q, pq y xq. Los códigos de la oralidad han entrado en la lengua escrita», cuenta Ana María Pazos, profesora de Teatro y de Castellano y Literatura.

Según Pazos, el problema es que los jóvenes no seleccionan en qué momentos pueden emplear, o no, las jergas aprendidas del chat. «Utilizan muchas abreviaturas», explica. La profesora cuenta que recibe pruebas que parecen sacadas de la ventana de un mensajero instantáneo.

«A los jóvenes les cuesta adaptarse a la lengua formal, justamente porque la mayoría de las horas diarias utilizan otro lenguaje. A ellos, por ejemplo, les resulta dificultoso ingresar al mundo de la literatura porque hay una disociación entre lo literario y el lenguaje del chat, Pero, desde ya, hay que considerar que la lengua es dinámica. Yo, debido a mi trabajo docente, trato de decodificar; intento aprender los nuevos términos», revela.

Hermano taquígrafo

Con el celular en mano, el chico no usa acentos. Suprime las vocales y aprovecha entero el sonido de las consonantes t (te). Abrevia las frases frecuentes como te quiero cariño (tkk). También usa juegos fonéticos como «wenas», que significa buenas. Por supuesto, no se olvida de la ración de anglicismos como «estoy away».

Sentado frente al cuadernillo de apuntes, el taquífrafo escribe con signos. Dibuja palitos y círculos. La p la transforma en una recta inclinada y la l en una redondela. Usa los sistemas Pitman o Ternavasio, que son los más populares.

El lenguaje de los mensajes y el del sistema taquigráfico comparten un aspecto en común: ambos (usuarios del teléfono y taquígrafos) se esmeran por escribir más rápido.

«La taquigrafía, a diferencia de los MSM, rescata la mayor cantidad posible de palabras. De todos modos, los dos códigos tienen la particularidad de que se puede escribir a la misma velocidad a la que se habla». A esa conclusión llega Domingo Valenzuela, uno de los 18 taquígrafos que trabajan para las sesiones de la Legislatur. Y este profesional no sólo usa su oficio para el ámbito laboral, sino que también le sirve en otros aspectos. «Escribir en códigos otorga privacidad y permite usar menos espacio», dice.

En definitiva, el fenómeno confronta a detractores y partidarios. Los primeros alzan sus voces airadas contra el lenguaje que prospera en las pantallas de los teléfonos porque —aseguran— es un azote al idioma. Los segundos reconocen que organizar una reunión a través de un mensaje de texto no es material literario pero —opinan— al menos la tecnología hace escribir a los jóvenes. Y, así, con la escritura dentro de sus vidas, el idioma sobrevive. Talúe (hasta luego).

Los nuevos jeroglíficos. Los especialistas coinciden en que un código tecnológico podría coexistir con la forma de escritura tradicional; el problema es que los chicos en la escuela no diferencian uno de otro. Los jóvenes, en cambio, no están tan de acuerdo con las posturas apocalípticas. «No creo que se degenere la lengua a causa de los mensajes de celular. Reconozco que, cuando escribo un trabajo escolar con la computadora, me confundo y uso abreviaturas; pero trato de hacer que eso no suceda. En clase, en cambio, no ocurre porque escribo a mano», cuenta Santiago Dip (16 años).

«Ja guar shu», saluda Pablo Anglillantte, de 16 años, a sus compañeras apostadas en la puerta del colegio. La frase (traducida primero al inglés y luego al castellano) quiere decir «How are you?» o «¿Cómo estás»? Es que los códigos juveniles no sólo viajan en el mundo cibernético de las pantallas de los celulares, sino que también se cuelan a la dimensión de la oralidad. «Día a día, utilizamos nuevas formas de expresión. Por eso, los adultos deberían intentar comprendernos», apunta el joven.

«Todas las generaciones cambian el lenguaje y añaden palabras. Se trata simplemente de un dialecto». (León Celnik, 15 años).

«Tanto en el celular como en el chat, intento escribir bien». (Lourdes Fernández, 16 años).

«Los códigos del celular no cambian la esencia del lenguaje, pero sí el modo de escribirlo». (Natalia Pino, 16 años).

«Los adultos están cerrados, no comprenden a los jóvenes. Sucede que ellos están acostumbrados a otro tipo de lenguaje». (Georgina Salas e Ivana Alfaro, 16 años).

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