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Luis Magrinyà 

eldiario.es

Jueves, 22de noviembre del 2012

LENGUA Y SEXISMO: UNA HUMILDE (Y PEREZOSA) PROPUESTA


Todo empezó con aquel loco de la Antigüedad al que un día se le ocurrió decir «El hombre es la medida de todas las cosas» o alguna otra frase parecida. No solo instauró las bases de la cultura occidental, sino que además le puso género. ¿No podía el buen hombre —porque fue un hombre, sin duda— haber dicho «el ser humano» o «la persona» o cualquier otro recurso que su pensamiento y su lengua le permitieran? Tal vez sí podía, pero el caso es que no lo hizo. 


Desde entonces y a lo largo de siglos y más siglos la tradición ha aceptado que los universales se formulen en masculino. Hasta que un día se alzó una voz y preguntó si «el hombre» era una sinécdoque de «especie humana» e incluía, por tanto, a la mujer. Algunos no se lo creyeron, porque para ellos la mujer no pertenecía a la especie humana, pero otros dijeron que sí, que bienvenida la mujer, a ver si así se conformaba.

En la segunda mitad del siglo XX la voz dejó de conformarse y poco a poco fue apuntando cuán interesada era la apropiación de los universales por parte del «hombre», cuántos estropicios discriminatorios causaba y cómo modelaba la mentalidad de las personas. Le respondieron que el masculino, en la lengua, era el género «no marcado», el que valía para todo. Y la voz se rebeló contra lo «no marcado».

Resulta un tanto curioso ver cómo a los detractores de esta voz de alarma, que en una de sus modulaciones es la que ahora pide que digamos «los psicólogos y las psicólogas» en vez de solo «los psicólogos», les cuesta tanto reconocer el hecho decididamente obvio de que la posición del masculino como género no marcado (precisamente el masculino) indica un sesgo machista en la estructura de una lengua. Pero no menos curioso es ver cómo la voz de alarma rechaza la posibilidad igualmente obvia de que, con el uso y la debida concienciación, este sesgo quede desarticulado (si no lo está ya de hecho) y reducido a un estado fósil convenientemente inoperativo; en su protesta, la voz no admite fosilizaciones, exige «visibilidad», se pone ciertamente pesada, y de ahí lo de «los psicólogos y las psicólogas». Con lo que uno se pregunta a veces —por desgracia— por qué hablan de visibilidad cuando quieren decir demagogia.

[…]

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