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| Julio G. Pesquera
Información - Alicante (España)
Sábado, 17 de enero del 2009

LENGUA DISTINGUIDA

Aparte de los significados que las palabras tienen en los diccionarios, como la lengua es una realidad viva, a través del tiempo van adquiriendo o perdiendo otras acepciones. Pero, además, muchas de ellas están rodeadas de un halo elogioso que las ennoblece mientras otras se recubren de una maloliente capa que evoca desagradables sensaciones o ideas.


Estos matices semánticos son las connotaciones o significados expresivos que tienen que ver con motivos históricos, culturales, religiosos o, simplemente, de moda. Ahora mismo que a algo se le adjudique la cualidad de «natural» lo rodea de notas positivas por más que existan plantas y animales tan perniciosos que son capaces de matar si se ingieren los venenos que segregan o se padecen sus picaduras. Ahí están algunas setas o la nuez vómica que produce estricnina, por no hablar de muchos reptiles, escorpiones o arañas.

También son naturales los terremotos, los tsunamis, las erupciones volcánicas o los huracanes. Y sin embargo, el desarrollo de ciencias como la química que ha permitido la fabricación de aditivos para conservar, edulcorar, espesar e incluso sustituir por completo a algunos alimentos, ha venido acompañada de una leyenda de «mala prensa» hacía lo fabricado en un laboratorio sin reparar en que si no fuera por la producción de compuestos sintéticos la esperanza de vida no sería de más de cuarenta años, no podríamos calmar el dolor ni curar las infecciones ni ser operados por falta de anestésicos eficaces o afrontar con éxito gravísimas enfermedades degenerativas o invasivas.

Pero, como en el dicho popular «cría buena fama y échate a dormir», lo «natural» y su sinónimo lo «ecológico» han triunfado y no hay más que hablar. Por el contrario, «gitano», «bicho», «judío» (al margen del conflicto actual y de la actitud del gobierno israelí), «perro» o algunos sufijos como «-aco» -pajarraco-, «-ero» -en pepero o pamplinero- o «-ucho» -carucha, perrucho- están cargados de significados añadidos de carácter peyorativo.

Y es que la lengua posee tal riqueza y complejidad expresivas que permite esconder o revelar sentidos ocultos —lo que no se dice pero se quiere decir y que a veces constituye la auténtica intención del mensaje—, además de descubrir la cultura del que habla o escribe no por el tema tratado sino por la manera en que la usa, y puede mostrar, como el mejor test sicológico, el carácter de cada hablante.

Ya sabemos que uno de los rasgos que distinguen a los grupos sociales es la forma en que se expresan. Desde los grupos marginales —presos, delincuentes, drogadictos— que crean su propio argot para entenderse entre ellos y poner en evidencia a los que no forman parte del clan, hasta los jóvenes o los pertenecientes a algunas profesiones o especialidades que toman la lengua como signo de distinción, empleando un vocabulario particular e, incluso, infringen las normas para encontrar una forma de expresión original que los diferencie del vulgar montón.

Ya se ha comentado en otras ocasiones que los ópticos dicen «gafa», los artificieros «explosionar» y los pilotos «acrobacía» donde el resto de los mortales decimos «gafas», «explotar» y «acrobacia», y cómo, desde hace algún tiempo, los diseñadores de moda han creado una jerga redicha que pretende ser tan exclusiva y chocante como sus modelos. Pero han llegado los enólogos, sumelliers y demás familia en torno al vino y han dejado a los modistos y cronistas de moda a la altura del betún.

Para catar un vino consideran tres fases una visual, otra «observar cómo se comporta en nariz» y una tercera para percibir sus cualidades «en boca». Por lo mismo cualquiera podría decir «me he dado un golpe en pierna» o «le han dado cuatro puntos en ceja», pero correría el riesgo de que le tacharan de majadero. Ellos no, porque además se permiten componer textos de la siguiente guisa y quedarse tan frescos: «Este es un vino que te sale al encuentro con un complejo buqué de frutillos silvestres maduros bañados en especias. Y la noble madera armando su elegante fragancia. Para culminar en un paladar redondo y amplio con intensos retronasales donde vuelve el perfil aromático de la madera perfumada y la fruta en compota». Aparte de que los signos de puntuación parece que han caído donde les ha dado la gana (a los propios signos), el vocabulario tan especial y elegante con alusiones a las especias, los frutos silvestres, la madera perfumada, la fruta, etcétera, nos coloca ante un manjar de unas características organolépticas y gastronómicas excepcionales.

Demasiado encumbrado como para ser real. Y lo peor de todo es que una reseña como la citada puede ocasionar graves complejos, porque si usted lleva casi cincuenta años bebiendo vino, ha dejado de fumar y por tanto posee el olfato y el gusto en plenitud, y, después de que le hayan atizado treinta euros por una botella, no logra distinguir en la intensa retronasalidad el perfil aromático de la madera perfumada, llega a la conclusión de que es muy vulgar y muy burro.

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