Noticias del español

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| Vanesa Vilches
Claridad (Puerto Rico)
Jueves, 26 de abril del 2006

LAS PALABRAS Y SUS COSAS

Alféizar es una palabra que prefiero. Me fascina el sonido contrastante de la última sílaba, zar, tan suave, tan lento que se antepone a la primera sílaba maromera, al, que obliga a mi lengua tocar los alvéolos. Alféizar. Mis labios tiemblan con la vibración de la f, y el sonido de las vocales ei, susurran su sonido. De tan hermosa, no hay que saber que es la parte inferior de una puerta o ventana, su corte, para escuchar su música. Ni tampoco hace falta sospechar su ascendencia árabe para quererla.


Apenas la uso, muy pocas veces invento oraciones que la contenga. Me gusta pensarme recostada en el alféizar de una ventana mirando hacía la lejanía; invento que me acodo en el alféizar de una ventana mientras leo. Es hermosa, mucho, pero escogerla, señalarla como la palabra más hermosa del idioma español me sería imposible porque entonces en tropel se abalanzan sobre mí otro, diez, cientos de vocablos que me recuerdan la belleza del sonido del lenguaje. Pienso en la palabra nostalgia y su tristeza. Y un puente se tiende entre ellas, pues el alféizar me lleva a la mirada que contiene la nostalgia, mi nostalgia, y también a la inmensidad del mar o del paisaje. Tanto mar, tanta palabra y a veces tan poca.

No hay palabra única, no existe. ¿Por qué intentar encontrarla? La maravilla del lenguaje es que nos coloca todos los días en el abismo de la expresión. ¿No les parece? Fuera del lenguaje no tengo más que materia sin nombrar que no existe para mí. Sólo a través de él puedo asirlo todo, mejor decir, sólo a través del lenguaje intento aprehenderlo todo, y me doy cuenta, todos los días y todas las noches, de la imposibilidad de ese viaje nominal. Las quiero todas, las existentes, las comunes y las desconocidas, las del porvenir. Así que no puedo, no quiero entender el interés de la Escuela de Escritores de Madrid de convocar a los usuarios del español a elegir la palabra más bonita del castellano. Serían muchas, muchísimas hoy, mañana de seguro, serían otras. Además, por qué una palabra solitaria, si ella sólo puede funcionar por su relación con otras: sus antónimos, sus sinónimos, sus familiares, sus opuestos. Y sólo porque hay otras palabras con las que se establecen relaciones metonímicas, simbólicas, metafóricas es que la palabra significa y resignifica, toma y pierde sentido, es decir, es palabra.

Las palabras me asoman a las cosas, las refieren, las señalan, las sustituyen, de ahí su maravilla. El vocablo chocolate no es el dulce mismo, pero me acerca instantáneamente, desde su primera sílaba, a su aroma, a su sabor, y ya en la palabra están para mí todas las experiencias que asocio con esa pasta dulcemente amarga de color carmelita que se ha alojado significativamente en mi memoria olfativa y gustativa.

¿Y qué de los nombres, esas palabras que nos refieren a seres? En ellos, la palabra adquiere una dimensión afectiva inusitada. El sonido de algunos nos llenan de alegría, nos predisponen a un encuentro; el de otros, los innombrables, nos secuestran la tranquilidad y el sueño. Son felices para mí Antonio, Andrea, Mariana, Sofía, Mercedes, Rafael. Los infelices, no los nombro, ya han ocupado muchas noches.

Las palabras inventadas están entre mis favoritas. Más que incomodarme por la incorrección del vocablo, me fascina la frescura y el ingenio del hablante que la construye. Aceptar los neologismos puede ser molesto para algunos, sin embargo, confieso que es de los aspectos que más me gustan del lenguaje, sobre todo, del idioma infantil. El desparpajo de algunos niños al inventar palabras me avisa su genialidad. «¿Por qué no hay verbo para felicidad, mamá?», me preguntó mi Mariana a los seis años. Y así, sin encomendarse a nadie, se inventó feliciar. Ella, por su parte, feliciaba a todo el mundo con su presencia. Nosotros, por la nuestra, nos feliciábamos con su capacidad de hacer de la ley que es el lenguaje materia flexible, invención, juego. Hoy acuño la palabra como uno de los más hermosos neologismos jamás inventados, y saco fuerzas para usarla.

Fútil empeño es escoger una palabra, una sola. Sobre todo, si reconocemos las no dichas. Intuyo que hay montones, miles de palabras desconocidas, las del porvenir, que amaré y odiaré profundamente. Reconozco, además, que siempre me acecha y me acompaña esa otra palabra, la no-palabra, la impronunciable, la que da cuenta de la imposibilidad de nombrar mi deseo. ¿Acaso silencio? Silencio, hermosa palabra que nombra lo no dicho, que marca lo que no puede o quiere decirse. Por lo menos tendría que decir que el silencio dice no diciendo.

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