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| Lourdes Durán (diariodemallorca.es)

Juan José Millás: «Las palabras van al revés que la inversión en valores seguros, hay que gastarlas»

El verbo a galope. Juan José Millás leyó quince relatos, a partir de palabras del diccionario que prepara. Entre el numeroso auditorio, Francesc Antich, presidente de la comunidad autónoma balear. Pilar Costa presentó al escritor.

 

Si a un escritor le presenta toda una consellera de Interior, es probable que éste agradezca el gesto con una fórmula de protocolo habitual. Si el que está en escena es Juan José Millás, es comprensible escucharle decir: «¡Ni en mis mejores sueños me había presentado una consellera de Interior!». Primeras risas entre el público, incluidas las de la aludida, Pilar Costa, y de «la eficaz» Mercè Marrero, a decir de Millás, que abarrotó el Auditorio del Conservatori Professional de Música i Dansa.

El tercer invitado del ciclo Les persones primer, bajo el patrocinio del Govern Balear —entre el público, el presidente Francesc Antich, el conseller de Salud, Vicenç Thomàs y la ex titular de Cultura, Bárbara Galmés— y organizado por el Club de Opinión DIARIO de MALLORCA, representado por el gerente, Sebastián J. Oliver, Juan José Millás leyó «Mi relación conflictiva con las palabras».

El mal de Millás empezó —con «ese gran olfato» que advirtió Costa en su introducción— cuando, «siendo niño, no entendía porqué no se podía decir garbanzas, aspirinos o sillos, si le daban tanta importancia a la división de sexos». Aquel crío, nacido en Valencia y educado por la madre, quien «decidió poner remedio a mi angustia por la imperfección de mi lengua materna», decidió «construir un mundo imaginario», por supuesto, lleno de palabras.

El «palabrero» de Millás no tuvo mejor comienzo que el sucedido en el colegio, cuando a los seis años, en su primer día de clase, «los niños se levantaban y gritaban “¡Presente!”, pero yo entendía “¡Vicente!” que además así se llamaba el director. Me tocó el turno y ellos entendieron “¡Presente!” cuando yo gritaba “¡Vicente!” Cambiaron al director. El nuevo se llamaba “Federico”. Cuando escuché cómo todos en el aula gritaban “¡Vicente!”, yo empecé a enfermar de los nervios. Para rehabilitarme, pensando que así me pondrían en el cuadro de honor, cuando sonó Juan José Millás, yo grité a todo pulmón: “¡Federico!”… Parecía que me miraban como a un niño loco. Me encerré en un mutismo que alertó a mi madre, que ya sabía de mis sillos, garbanzas, colegias… Intuí que el lenguaje era un territorio minado».

Entramos de lleno en el combate, no sin antes haber pasado por la perplejidad que al niño Millás ya le causaron las palabras monegasco y colutorio. «Decidí hacer gárgaras con la palabra monegasco».

De la corte a la familia del escritor, donde la madre siempre decía: «En esta casa somos muy cafeteros», a lo que él apuntó: «¡No podíamos ser otra cosa!»; y el padre repetía: «Los negros llevan la música en el cuerpo». Ahí se forjó un atribulado funambulista del verbo.

Saltó de las frases hechas, de cómo se puede aprender de ellas si las pones patas arriba, a describir un encuentro con su hijo: «Un día me preguntó qué significaba la palabra efímero como quien pregunta por un insecto. No ves la palabra hasta ese instante en que tu hijo te interroga. “¿De dónde la has sacado?”. “De un libro”. “¿De cuál?”. Porque algunos transmiten infecciones, frases oportunistas, y no es lo mismo encontrar la palabra efímero en un poema que en una esquela. “¡Ah, tiene que ver con la vida!”, dijo después. Recordando a Borges, le dije: “La vida es corta, aunque las horas son tan largas!…”»

No con Millás, con quien el cronometrado tiempo se hizo carcajada, silencio, escucha y una ristra de quince cuentos hechos a partir del «diccionario histórico de las palabras que están en mi cabeza».

El relato se inició con aborto, el olfato, que decía la consellera de Interior, con la que articuló el cuento de «aquello sobrenatural que había tenido mi tía Maruja». Continuó con abotargar, que le sirvió para contar del hermano de su padre que «era obeso y abotargado», y que, por el pánico causado en el niño Millás, le convirtió «en un crío hiperactivo, al que recetaron ansiolíticos que me abotargaban y me volvían obeso». Se le cayeron los hombrajos del abortagamiento cuando una muchacha de la que estaba enamorado le dijo en el autobús, mirándole las piernas: «¡las tienes abotargadas!».

Desfilaron abúlico, acuario, ahilarse, albinismo, amoral, amorfo, amputar, anestesia, antropófago, aplique, aureola. Con ellas, cuentos, y de ellos, citas con el Espasa que provocan libres asociaciones. «¡Para libre escritura, las del diccionario. Los surrealistas eran unos flojos!».

Un consejo para el adiós: «Si invierten en valores seguros, no funcionan con las palabras. Van al revés. Hay que gastarlas».

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