Noticias del español

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| Juan Recaredo
El Siglo Durango (México)
Jueves, 1 de Febrero del 2007

LAS PALABRAS TIENEN LA PALABRA: LO ULTRACORRECTO NO ES CORRECTO

Cuando se introduce uno en estos vericuetos del idioma, tiende a hacerse más papista que el Sumo Pontífice y entonces no es raro que haga difícil lo que de por sí era fácil.


De hecho el principal motivo que nos lleva (¿o nos trae?) a hacer estos comentarios, es precisamente demostrar que el buen uso del idioma no es tan complicado como a simple vista pudiera parecer.

Por eso, perdóneme que insista tanto en que hablar bien no es hablar rebuscadamente ni quiere decir que el tema tenga que ser expresado de una manera solemne.

El idioma es patrimonio del pueblo, es para que el pueblo lo use y en ese pueblo estamos incluidos usted, yo y aquél, nosotros, vosotros y ellos.

La función principal del idioma es estar disponible para que lo usemos con sentido práctico, tomando en cuenta que para hablar correctamente no es necesario saber lingüística.

Al estudio del idioma, no es pecado ponerle un poquito de humor. Al contrario, es bueno hacerlo así en lugar de pretender demostrar que «yo sé muchas cosas que tú no sabes»* no se trata de eso.

¿Quién le puso al idioma la etiqueta de solemne? ¿Quién dice que para hablar de estas cosas es necesario adoptar una pose doctoral y hablar de una manera tan rebuscada que nadie me entienda?

¿Para qué decirle óbolo a una limosna si sé que por lo menos la mitad de los que me escuchan no van a saber que óbolo y limosna son la misma cosa? No estoy diciendo que se hable con lenguaje vulgar, solamente que hay qué medir muy bien la capacidad de la audiencia para entender lo que les estoy diciendo.

Si un cardiólogo dicta una conferencia sobre su especialidad ante sus colegas, empleará un lenguaje muy diferente que el que use cuando diserte ante un grupo de amas de casa, y si no lo hace así, está mal de la cabeza.

Lo mejor es lo más sano y lo más claro también. Para que exista la comunicación tiene qué haber necesariamente un emisor del mensaje y también alguien que lo reciba* y que además lo entienda, ¡por supuesto!

Vuelvo al ejemplo aquel del muchacho que le pide a su novia un beso y ella con todo gusto se lo da. Pero si le pide un ósculo ¡quién sabe cómo le vaya! ¡Con un poco de suerte hasta le va mejor!

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