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| Ricardo Espinosa «Juan Recaredo»
El Siglo de Durango (México)
Jueves, 4 de enero del 2007

LAS PALABRAS TIENEN LA PALABRA: LO INÚTIL DE LA SOLEMNIDAD

El humor es buen vehículo


para crítica perenne.


Casi todo lo solemne


resulta cursi o ridículo.


Por ejemplo,


un buen artículo


lleno de solemnidad


da impresión de vaciedad


y para mí es un misterio


pero cuando escribo en serio


sólo causo hilaridad.


Tal vez usted conozca o haya oído hablar de don Francisco Licguori, uno de los personajes más conocedores del uso del idioma en México. Don Panchito aparecía en aquel inolvidable programa de televisión Sopa de Letras el cual estuvo al aire algo así como 16 años. Ahí mismo, en cada programa, don Panchito Licguori improvisaba sus versos, haciendo gala de ser un excelente humorista y rimador. Y a propósito de saber reírse de sí mismo don Panchito solía decir esta décima en la que se burla solemnemente de la gente solemne.

A mí me sucede algo parecido: por más que le busco utilidad práctica a la solemnidad no se la encuentro. Me refiero, por supuesto, a la solemnidad práctica, principalmente a lo que se refiere a la gente que se toma demasiado en serio.

Andando en esto de los comentarios acerca del uso del lenguaje, no falta quién se acerque ocasionalmente y le haga a uno la observación de que comentamos las cosas del idioma con demasiada ligereza y que el idioma es cosa seria… pero ¿por qué? ¿por qué, por qué, por qué, por quééé?

Mire… de veras. Le juro que yo sería muy solemne si no fuera porque me gana la risa, como diría mi admirado Germán Dehesa.

En primera, ¿qué es lo solemne? Pues es lo formal, lo que sigue estrictamente las normas establecidas por el uso y la costumbre.

El ejemplo más patético es una boda y empieza desde que los papás de Pancho van a «pedir» a Lupita, van a pedir su mano y sigue interminable la lista de cosas hasta los rituales de lanzada de ramo y aventada de liga en la fiesta, para propósitos que nunca se cumplen o para deseos que frustrados estaban y siguen en la frustración por los siglos de los siglos.

La gente solemne suele ser, además de formal, muy pomposa en todo lo que hace… todo lo celebra con mucha pompa y circunstancia… Es vital saber reírse y más vital aún saber reírse de sí mismo. Ésa es toda una filosofía, una actitud ante la vida que nos ayuda a sobrellevar la carga… Pero ¿ya ve usted? Me estoy poniendo solemne y al hacerlo me contradigo. No es el caso ni el propósito.

Yo creo que el buen uso de la lengua, digo, el manejo adecuado de nuestro idioma, es un tema interesante que puede ser ameno y divertido aún para aquéllos que tienen «linguofobia», palabra que acabo de inventar para designar el horror enfermizo que algunos le tienen a la lingüística.

Por eso, cuando un amigo me acusó de violar la seriedad que tiene el estudio del bien hablar y de querer imitar a Eugenio Derbez, yo nada más le contesté: ¡Pregúúúúntame caón…!

Por si las dudas…

  • Libros.- Tengo publicados cinco libros y un CD. Si usted quiere conseguir algunos de ellos envíeme un mensaje a libros@comodijo.net y con todo gusto le diré cómo pedirlos. Se los enviaremos hasta donde usted nos diga, en cualquier ciudad del país.
  • Pregunta.- Raúl Tovar Hernández entre otras cosas comenta que muchos sustantivos que principian con «a» tónica tienen género masculino en singular y femenino en plural: El agua, las aguas, el ala, las alas, el arpa, las arpas, el águila, las águilas, el alma, las almas, etc.
  • Respuesta.- La única observación que le haría a esa parte de su mensaje, es que estos sustantivos en singular no cambian de género. Se les pone el artículo masculino para que no haya cacofonía al decir por ejemplo la-agua. Se les cambia el artículo pero siguen perteneciendo al mismo género.
  • Frase loca… de remate.- Diplomacia es saber decir en tono dulce ¡qué bonito perrito! Mientras encuentras una piedra… ¿Cómo dijo?
  • ¡Hasta la próxima!

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