Noticias del español

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| Juan Recaredo
El Siglo de Torreón, México
Martes, 20 de enero del 2009

LAS PALABRAS TIENEN LA PALABRA: LAZARILLO

¿Por qué al que guía a un ciego le llamamos lazarillo?


Lázaro de Tormes era un chamaco que apareció allá por los años mil quinientos y tantos y a quien le pasaban muchas cosas, malas y buenas, aunque ciertamente eran más las adversidades que las cosas afortunadas.

Me estoy refiriendo —ya lo habrá entendido usted— a El Lazarillo de Tormes, una novela española aparecida en esa época cuyo personaje principal era este muchacho quien narra en primera persona (yo esto y yo aquello) todo lo que pasa en su vida miserable y ruin.

La novela nunca se supo con seguridad quien la escribió y es que detrás de las aventuras y desventuras del chavo protagonista hay un esbozo irónico y despiadado de la sociedad del momento, de la que se muestran sus vicios y actitudes hipócritas, sobre todo las de los clérigos y religiosos y quiero decirle que en esos tiempos, escribir y publicar una novela así, era como querer ponerse una soga al cuello con la intención de suicidarse.

La obra está escrita en forma de una larga carta dirigida «a vuestra merced» y en ella como no queriendo, no queriendo, se narra la historia de Lázaro González Pérez, un niño de origen muy humilde; aunque sin el don de la honradez, que nació a la orilla del río Tormes, quedó huérfano de su padre, un molinero ladrón llamado Tomé González, y luego fue puesto al servicio de un ciego por su madre, Antona Pérez, mujer que vivía amancebada con un negro llamado Zaide.

De ahí podemos deducir, tal como sucedió, que el oficio de lazarillo como guía de ciegos se llama así por causa de la novela, aunque sinceramente yo creía que había sido al revés, que al lazarillo de Tormes se le llamaba así porque se dedicaba a guiar al invidente.

Ahora si usted me lo permite y me perdona la brusquedad le voy a «cambiar el disco» porque le quiero hablar de las manolas. En las corridas de toros se acostumbraba (y creo que todavía se acostumbra, lo que pasa es que yo ya nunca voy a corridas de toros) que hubiera un desfile impresionante de «manolas».

Las manolas eran chamacas guapas que se vestían con un clásico y muy elegante atuendo español y luego desfilaban por todo el pueblo en coches especiales que después se llamaron también manolas (los coches) para promover la asistencia a una corrida, animando a la gente a ir a disfrutar la llamada «fiesta brava».

Se dice que esta costumbre inició en Madrid y que el nombre de Manuela era muy común entre las chicas de esa generación, y como a las Manuelas se les aplica el hipocorístico (apodo cariñoso) de Manola, pues se les quedó el nombrecito ¿Por qué?

Es que llegó un momento en que el uso popular convirtió a «Manola» en nombre genérico que se les aplicaba (o aplica) a todas las chicas que se adherían al festejo.

Así llegó la costumbre también a México y se arraiga (echa raíces) como una herencia de las tradiciones que forman parte de la vida cotidiana en nuestra llamada Madre Patria.

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