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| María Fabra (El País.com, España)

Las lechugas no van en lecheras

La Fundación Patim edita un diccionario de argot recopilado tras 25 años de trabajo contra las adicciones.

Un peluco, el talego, dar un palo o coger una melopea son vocablos y expresiones que se han extendido y popularizado a la largo de los años. Incluso la Real Academia Española admite que un peluco es «un reloj ostentoso», que el talego es «la cárcel», que palo, acompañado de los verbos dar o recibir, es «daño o perjuicio» y que una melopea es una «borrachera». Son palabras que han acabado legitimándose por su uso y que forman parte de un lenguaje que el cine ha ayudado a popularizar. Sin embargo, muchos de ellos, admitidos o no gramaticalmente, son referentes de una jerga que se asocia con un sector social muy determinado y vinculado, a menudo, con las drogas o la prisión.

La Fundación Patim de Castellón ha recogido cerca de un millar de estas palabras en un documento que acaba de publicarse bajo el título Diccionario de argot de las adicciones. El trabajo se inició hace 25 años y la cárcel fue la principal fuente de obtención de estos términos, aunque hoy, tal como asegura su principal autor, Francisco López, «este lenguaje está estandarizado quizás más socializado y ya no podemos hablar de un lenguaje de drogatas o del talego».

En cualquier caso, existen expresiones cuyo uso todavía se limita a unos círculos muy determinados que, en ocasiones, lo emplean para dificultar su comprensión a personas ajenas al colectivo al que pertenecen. Y que nunca oirán decir a sus colegas que «los lechugas van en lecheras», porque la Guardia Civil no circula en los coches de la policía. Precisamente los agentes de las fuerzas de seguridad del Estado, al margen de las diversas dosis y modos de consumo de todo tipo de estupefacientes, son quienes abarcan una mayor variedad de «definiciones». Así, según el diccionario de argot, la referencia a un agente del instituto armado puede llegar no sólo bajo la palabra «lechuga», sino también como «aceituno» o «heineken», mientras que para hablar de un policía se utilizan los términos «madero», «pasma», «piojo», «pestaña», «jundo», «saltarín», «gurí» o «espeta», en el caso de que se trate de un inspector. Éstos son los que conducen al «tubo» (comisaría de policía), con o sin pulseras (esposas) y que, finalmente, te pueden conducir a la universidad (cárcel).

En la presentación del diccionario, Anaïs Gómez mantiene que las «expresiones utilizadas por estos grupos específicos son temporales». «Su uso desaparece con el tiempo», explica, «por esa razón nos parece tan interesante la idea de conservar algunas de esas expresiones en un diccionario». Los términos «argot» y «jerga» son utilizados actualmente como sinónimos, «pero debido al matiz peyorativo que ha adquirido esta última y a su menor difusión, es preferible usar la palabra argot». Gómez sostiene que «el argot o jerga tiene su origen en la necesidad del hablante de diferenciarse de las personas que no pertenecen a su grupo social, laboral o cultural y que, por tanto, no comparten con él una serie de valores morales o de intereses profesionales».

Ahora, hasta los niños llaman «lorenzo» al sol aunque para la mayoría de ellos no exista más chocolate que el fabricado con cacao, pero López recuerda aquellos años 80 en Carabanchel, con «pabellones ocres, descascarillados, con su chirrirar de rejas manejadas por uniformes negros y blancos, testigos de aquella novedosa reforma penitenciaria».

«La intención de este diccionario, además de solucionar cuantas dudas sean posibles, es la de, simplemente, entretener, pues hemos de reconocer que a todos nos resulta atractivo este secretismo que hemos mencionado con anterioridad y que conocer qué significa esa palabra que una vez oímos por la calle», dice el libro. De momento, la posibilidad está en los 2.000 ejemplares editados que Patim distribuirá de forma gratuita.

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